Hace unas semanas, Humberto de la Calle, como jefe de la delegación negociadora en representación del gobierno, dio unas declaraciones sobre el tema. Por primera vez un vocero autorizado se dirigía a los colombianos en palabras claras, informando, con aceptables niveles de credibilidad, lo que había pasado, bueno o malo, en La Habana, y lo que podía pasar si se daban o no algunas circunstancias trascendentales.

Hasta ese entonces, el país no había podido descifrar qué estaba pasando en Cuba y, lo que es peor, para dónde iba Santos con sus negociaciones. Las múltiples dudas momentáneas se convirtieron en metódicas y hoy son incredulidades tomasinas, que se traducen en ver para creer. El colombiano corriente no cree en el proceso, las encuestas con margen de error del 3,4% son mi elemento de juicio y eso lleva a conclusiones complicadas para el proceso.

El que unas conversaciones deban ser restringidas en algunos aspectos, no debería implicar que sean absolutamente secretas, desorientando a la opinión, cada día más incrédula, y motivando a la oposición que –con toda la razón– controvierte y ataca la metodología del proceso. No sabíamos realmente de qué se estaba hablando, y las consecuencias en el propio pellejo son al final la única razón de ser de nuestras preocupaciones.

De allí que el mensaje de De la Calle cayó como tanqueta blindanda, aplastando mina quiebrapatas y no activada por el pie indefenso de un niño campesino. La claridad del funcionario, la certeza de su conocimiento vivencial del tema, amén de la necesidad que tenemos todos de oír lo que dijo, inició un cambio en la opinión pública que siente que lo que se había convertido en un cuento del gallo capón finalmente se expone como algo que podría ser realidad.

Después de esas importantes declaraciones y de los niveles de aceptación que generaron, Santos inicia una ofensiva, esta vez, contra la opinión desfavorable, explicando sus cuestionadas actuaciones y, en recientes declaraciones anuncia con inusitada energía que responderá de acuerdo a la ley en el caso de intransigencias y radicalismos de la contraparte.

Por su parte, el director del CD y jefe de la oposición manifiesta “asomos de tranquilidad” que son señal indicativa de que –a pesar de la lucha por el poder– el ejercicio de la política está por encima de ser el protagonista que logró firmar la Paz. En contraste con las ácidas, ofensivas e innecesarias réplicas de los interesados escuderos políticos del presidente que continúan lanzando pedradas a la oposición, aparecen caras pacíficas y conciliadoras del gobierno –la mintransporte, las directora de la DPS y del ICBF– quienes con sus declaraciones y trinos ordenados y respetuosos se encargan de resaltar las obras de gobierno a su cargo.

Nace la esperanza al ver a Santos con su equipo recorriendo el país, dando la cara, respondiendo como ha debido hacerlo desde el principio, las viejas preguntas simples de la gente en busca de mejorar la pésima imagen del proceso y del gobierno.

Nunca es demasiado tarde para rectificar, para explicar por qué se hizo o se dejó de hacer; esperemos que esa posición se mantenga y que la coherencia perdure a pesar de la impopularidad de algunas decisiones. Necesitamos que, con la paciencia de profesores de primaria, el gobierno y sus voceros nos convenzan lo antes posible de que tenemos que sacrificarnos, mucho o poco, para conservar lo bueno que tenemos y al tiempo llegar a donde queremos. Entendamos que el tigre está suelto y como decía el otro, no corran que es peor!

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