La catarsis de Enrique Carriazo

Entrevista con el exitoso actor bogotano de raíces costeñas.
Cortesía Canal RCN
Enrique Carriazo en la rueda de prensa. Cortesía Canal RCN

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Entrevista con el exitoso actor bogotano de raíces costeñas.

Enrique Carriazo habla en voz baja, con un tono suave que contrasta con su voluminosa figura y su mirada gélida, huérfana de ternura paternal, debajo de sus párpados caídos que delatan tristezas antiguas.

No se le nota tedio ninguno pese a que lleva más de una hora y 20 minutos atendiendo –uno a uno-  a los numerosos periodistas de distintos medios de comunicación del país que, en muchos casos, le formulan los mismos interrogantes: ¿cómo construyó el personaje?, ¿qué significa interpretar ese papel?, ¿por qué llevaba tanto tiempo alejado de la televisión?, etcétera, etcétera.

Es la 1:30 de la tarde de este viernes ahogado en un repentino aguacero acompañado de relámpagos que por momentos llenan el recinto con furioso estrépito. En la mesa está esperándolo el suculento almuerzo que, servido hace más de media hora, debe de estar frío, como el clima mismo.

Sonia Isabel Rojas, coordinadora del departamento de comunicaciones del Canal RCN, organizador de la rueda de prensa concluida hace largo rato, les pide a los reporteros que por favor le den un espacio para que el hombre vaya a almorzar, pero este responde de inmediato, con una leve sonrisa, que primero quiere atender las entrevistas.

“Después de que coma no hablo con más nadie”, advirtió Enrique, frotándose sus regordetes dedos en los que resaltan unas uñas cortas y pulidas. El asedio continúa.

En el papel de un falso abogado

Buenaventura Nepomuceno Matallana, un astuto, cínico, ambicioso y falso abogado, sospechoso del asesinato de 7 personas y condenado en Bogotá en 1949 a 24 años de prisión por matar a un comerciante, es el personaje que encarna Enrique Carriazo, en esta, su reaparición en la ‘pantalla chica’, tras nueve años de ausencia.

‘Doctor Mata’ es una producción de 60 capítulos, bajo la dirección del reconocido cineasta Sergio Cabrera, que pone de nuevo en los hogares colombianos a Carriazo, una de las figuras más sobresalientes de la actuación masculina del país, en el último cuarto de siglo, ganador de importantes premios y reconocimientos nacionales como  el India Catalina y TV y Novelas.

Tanto en la vida real como en la trama, el Doctor Mata embaucaba a sus solventes clientes, presumiendo ser un abogado, y proponiéndoles tentativos negocios con generosos ingresos, al mejor estilo de una ‘pirámide’ postmoderna. Tan pronto lograba que le confirieran poder absoluto sobre sus inmuebles, los representados desaparecían de manera misteriosa o eran encontrados muertos.

Nacido hace 46 años en la capital de la República, con raíces costeñas, a Carriazo se le vio por última vez en televisión en 2005, en la exitosa comedia ‘Los Reyes’, de Mario Ribero. Después no se supo más de él. ¿Qué se hizo? ¿Dónde fue? ¿A qué se dedicó? Las preguntas quedaron en el aire, sin respuestas, hasta ahora.

En cine se recuerda su participación estelar en los filmes ‘Amores ilícitos’ (1995), dirigido por Heriberto Fiorillo; ‘La mujer del Piso Alto’ (1997),  ‘Es mejor ser rico que pobre’ (1999) y ‘Te busco’ (2002), de Ricardo Coral; ‘La Pena Máxima’ (2001), de Jorge Echeverry; ‘La primera noche’ (2003), Ópera Prima de Luis Alberto Restrepo, y ‘La esquina’  (2004), de Raúl García.

De sus actuaciones en series y telenovelas se cuentan ‘Prisioneros de amor’ (1997), de Julio César Romero; La guerra de las rosas (1999), de Mario González; ‘Pedro el escamoso’ (2001), de Luis Felipe Salamanca; ‘Ángel de la guardia, mi dulce compañía’ (2003), de Diego Mejía, y la mencionada ‘Los Reyes’, entre otras.

De su vida privada se sabe que estuvo unido en matrimonio con la actriz Alina Lozano en su época de intensa actividad en el teatro, antes de empezar su carrera en firme en la televisión.

El diálogo

El Museo el Chicó Mercedes de Pérez, la acogedora mansión de una elegante arquitectura colonial ubicada en la carrera Séptima con la 93, en Bogotá, es el epicentro de nuestra entrevista con Enrique Carriazo. El canal RCN, que produjo la serie, decidió convocar el encuentro con los periodistas en ese lugar cargado de recuerdos para recrear la época en la que transcurrió la historia del apócrifo abogado. Y Enrique Carriazo también contribuyó a la ambientación del evento: acudió a la rueda de prensa vestido como el Dr. Mata: con saco, corbata, pantalón, calcetines, zapatos y sombrero semiesférico de fieltro con el ala redonda. Todo de negro.

Soy el último de los periodistas a quien el actor atiende antes de ‘caerle con todo al almuerzo’.

-Ya casi terminamos con esta maratón de interrogantes. Usted es el último que queda –me dice Carriazo, y esboza la misma leve sonrisa del comienzo-. Como quien dice: ¡le dejaron la sobra!

-Nooo, más bien me guardaron la mejor presa. Es más, quise ser el último para que hablemos a gusto, le aclaro, mientras salimos del salón y nos detenemos a dialogar en el patio, tras haber cesado la lluvia.

-¿¡Ah, sí!?, exclama el actor acariciando sutilmente su incipiente bigote. Enseguida lo bombardeo con preguntas. Él escucha con oídos atentos, esos oídos que no conocieron en su infancia un susurro de cariño paternal y ni maternal.

-Muchos dicen que usted es una persona difícil, de pocas palabras y un tanto huraño…

-Bueno, la gente es dueña de sus propias impresiones, y frente a eso no puedo hacer nada. Reconozco que soy tímido, y eso puede confundirse con antipatía, pero no puedo salir gritando que yo no soy así.

-Su última aparición en la pantalla chica fue en la serie ‘Los Reyes’, estrenada en 2005. ¿Por qué ese alejamiento de casi diez años?

-Me di esa licencia para reflexionar y trabajar en varios proyectos que tenía en el tintero.

-¿Cuáles fueron esos proyectos?

-Elaboré tres guiones inspirados en mi infancia: ‘Lejos de Harry’, que tiene que ver con la lucha por la obtención de la identidad; ‘No soy un ratón’, que no es otra cosa que la búsqueda de la independencia, y ‘Poca cosa’, una apología a las personas de autoestima pisoteada. También escribí mi primera película, titulada ‘El lunar’, cuyos actores son mi mujer, Jacqueline Arenal; Kathy Sáenz y Sebastián Martínez.

Fausto Pérez entrevista a Enrique Carriazo.

Antes de que hablemos de su infancia quiero que me anticipe algo de ‘El lunar’…

-Aborda el dolor que les genera a los personajes sus propias tragedias. Es una historia compleja.

-¿De qué vivió en todo este tiempo en que no lo vimos actuar?

-No fue boyante mi situación, pero el trabajo nunca faltó. Les presté asesoría a jóvenes actores y también dicté clases de actuación a domicilio.

-¿Qué sabía del Doctor Mata antes de encarnarlo?

-Le soy sincero: no sabía nada de su existencia. Nunca había oído hablar de él.

¿Qué lo motivó a personificarlo?

-La pluralidad de ese personaje contradictorio y la trama misma que conocí cuando leí el libreto. A eso se sumó la dirección de un sabio como Sergio Cabrera.

-¿Cómo fue su experiencia con Sergio Cabrera?

-Fue una delicia porque él es un director apasionado, muy inteligente. Logra husmear cuáles son las debilidades y las fortalezas de uno.

-¿Qué de particular le aportó usted al personaje?

-Un poco de humor, porque la clave de todo está en el libreto. En ese sentido el trabajo de Nubia Torres y Verner Duarte De la Torre, los libretistas, fue fundamental. El actor simplemente ejecuta lo que está escrito.

-¿Qué tienen en común Beto Reyes, su personaje de ‘Los Reyes’, y Buenaventura Matallana?

-La ignorancia. Beto Reyes es un ignorante que se cree genio, y Buenaventura Nepomuceno Matallana es un abogado destructivo que se cree un salvador espiritual.

-Al momento de encarnar a sus personajes, ¿cuál es su mayor preocupación?

-Más que una preocupación, el principal objetivo que me impongo es que la gente perciba lo que uno quiere transmitir en la serie, la telenovela o la película.

Una marca imborrable

La charla con Enrique Carriazo fluye sin tropiezos hasta que le pregunto cómo transcurrió su infancia. Hace la primera pausa durante nuestra conversación, se quita el sombrero, introduce el índice derecho en la copa y lo mueve en círculos. Con voz serena y la mirada puesta en lo más alto de un tupido árbol que está en frente de él, convierte el diálogo en un monólogo en el que dice poco y al mismo tiempo revela mucho sin entrar en detalles.

Me dice, por ejemplo, que los recuerdos que tiene de sus padres y de su infancia no son gratos.

A los 8 años, atosigado por el maltrato de sus progenitores; cautivo del miedo al que era objeto debido a los continuos “usted no sirve para nada… usted es un estorbo… usted es un bruto… ¡tenga para que aprenda (con latigazo incluido y luego, ya papi, le juro que no lo hago más…. Ay, ay, ay ay!), Enrique llegó a pensar en el suicidio como una válvula de escape para apaciguar su tormento.

“Eso es traumático, sobretodo en una edad de ocho años, en que todo debe de ser maravilloso, en que los niños solo piensan en jugar”, dice Enrique con voz pausada, pero serena, con los ojos enrojecidos y sin ningún asomo de lágrimas.

Enseguida le pregunto en qué consistió el maltrato y su respuesta, textual, es la siguiente:

“Le contesto con una historia que sintetiza mi vivencia infantil: tenía yo 8 años cuando experimenté la sensación de que la vida no tenía sentido para mí. Harto del maltrato físico y psicológico de mis padres, vi el suicidio como una opción de tranquilidad. En esas estaba cuando un perro pastor alemán, de manera misteriosa, llegó a mi casa y me conquistó con su docilidad. Llevaba un collar metálico. Como no tenía dueño, decidí quedarme con él y lo ‘bauticé’ con el nombre de ‘Labrador’. En esos momentos vivíamos en una casa de dos plantas, en el barrio ‘La Esmeralda’, de Bogotá. Mi habitación estaba en el segundo piso. Durante varias semanas mi relación con ‘Labrador’ fue amorosa. Un día no vi más al perro y nadie me aclaró qué había sucedido. Tampoco me atreví a preguntar porque les tenía pavor a mis padres, pues me pegaban con frecuencia. Eso sí, busqué al perro de manera desesperada por los alrededores del barrio. Una tarde, en un lugar desolado, encontré su cadáver, en estado de descomposición. La idea del suicidio cruzó de nuevo por mi mente, pero ya mi ‘Labrador’ me había ayudado a superarlo”.

¿Y al perro quién lo desapareció de la casa?

Pasaron tres décadas para que mi padre me dijera el porqué me había separado de ‘Labrador’. Su respuesta fue cínica, al mejor estilo de Buenaventura Nepomuceno Matallana: me dijo que desapareció al perro por consideración a mí. Le pregunté de inmediato que si no pensó en el daño profundo que me hizo, y su respuesta fue otra contundente muestra de prepotencia e insensibilidad: me dijo que yo no tenía criterio para saber lo que es grave o no.

¿Quiénes son sus padres?

Mi padre es de Ayapel (Córdoba) y mi madre de Corozal (Sucre), pero yo nací en Bogotá. Nunca viví en la Costa.

¿Cómo es la relación con sus padres?

Como no ha habido nunca sinceridad de parte de ellos, como no hablan con honestidad de los hechos, es una relación distante. Creo que la nuestra es una relación deteriorada. Claro, siempre quise tener el afecto de mi mamá, quise ganarme su amor; intenté decirle lo mucho que la quería y la necesitaba, pero en respuesta recibí desamor, medicina eficaz para destruir la autoestima.

¿Guarda rencor por sus padres?

No soy un hombre de odios. En mi corazón no hay cabida para ese sentimiento, simplemente no olvido, y ya. Así de simple. Por favor, cambiemos de tema ¿sí?

¡Cómo no! ¿Qué proyectos tiene en mente?

Más que proyectos, tengo la meta de escribir libretos y guiones. Ese ha sido uno de los grandes sueños que he perseguido desde que me introduje en el mundo de la actuación. Tengo ‘engavetados’ varios libretos, cuya fuente de inspiración surge a partir de experiencias vividas. Uno de mis guiones se titula ‘No soy un ratón’. Espero que la próxima vez que hablemos sea en un evento de presentación de la historia, bien sea en teatro, cine o televisión.

Enrique Carriazo en la rueda de prensa.

Planes personales

La capacidad de Carriazo para sobreponerse a períodos de dolor emocional y situaciones indeseables, y luego llevar una vida normal, es un testimonio claro de su capacidad adecuada de resilencia, pues no solo controló la adversidad, sino que  resultó favorecido en esa lucha. Sus planes y su visión del futuro lo confirman.

Asegura que es un actor empírico, forjado a punta de tropezones, errores y constante aprendizaje. “No tengo ninguna formación académica sólida. Lo que sé lo aprendí con Álvaro Rodríguez, César Badillo, Fernando Peñuela y Santiago García, en el Teatro La Candelaria. Fueron ellos mis mentores, y las tablas mi pista de despegue en la actuación, aquí en Bogotá”, asevera el actor.

-¿Cuál fue el primer papel que encarnó?

-Eso hace ya bastante rato. Fue en una obra llamada ‘En la raya’.

-¿Cómo marcha su vida sentimental?

-Muy bien. Mantengo una sólida relación con la actriz cubana Jacqueline Arenal, quien fue mi pareja en ‘Los Reyes’. Ahí surgió una bella relación que se ha ido fortaleciendo con el tiempo. Jacque es una mujer súper importante en mi vida.

-¿A qué le teme?

-Varios temores me invaden: uno de ellos es procrear un hijo y, de manera inconsciente, repetir los mismos comportamientos inapropiados que mis padres tuvieron conmigo. También le tengo pavor a irme de este mundo sin cumplir un ‘pocotón’ de tareas que me he impuesto. Le tengo miedo al rechazo. Claro, esto es fruto de mi autoestima lastimada en mi niñez.

-Por último, qué les recomienda a los jóvenes que, como mi hijo, sueñan con ser actor.

-¡Uy, me la pone difícil! Pero les tengo dos respuestas: la primera, que se dediquen a otra cosa, porque esto de la actuación en Colombia es muy duro. La competencia es muy grande y además de talento se requiere una alta dosis de suerte. En este país, por lo general, el actor es invadido por la angustia cada vez que termina la grabación de una serie o telenovela, pues no sabe cuánto tiempo durará desempleado. Esta no es una profesión segura. La segunda recomendación que les doy es que no me hagan caso, que luchen y persigan su sueño con ahínco, con dignidad; que estudien, que lean, que hagan castin, que hagan teatro, porque el teatro es la mejor escuela.

-¿Es así de dura la profesión de actor?

-Es nuestra realidad. Uno estudia medicina cinco años y al finalizar tiene la certeza de que conseguirá trabajo de inmediato, por lo menos montando su propio consultorio. En cambio el actor estudia cuatro años y puede, perfectamente, durar otros cuatro años varado, subsistiendo solo de marañas.

¿Algo más?

-No. Todo está dicho.

-¡Bueno, entonces caminemos a ver si nos dejaron almuerzo!

 

Por: Fausto Pérez Villarreal

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