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Sociedad

La pandemia desde mi ventana

Siete personas comparten sus miradas que por las rendijas perciben de la nueva realidad.

Todos contamos, así sea con una rendija, para ver el milagro de la vida en su diario devenir. Incluso, el oído colorea a través de los sonidos a esos protagonistas detrás de una paredilla. El virus, fruto indeseado de la naturaleza, llegó para trasformar las vidas humanas, las sonrisas ahora son con la mirada y los abrazos mutaron a codazos de afecto. Siete personas en Barranquilla narran la pandemia que perciben desde sus ventanas.

El joven de las verduras y las frutas

Por Loraine Obregón Donado

El confinamiento me ha acercado a la realidad de muchos vendedores ambulantes. Mientras frente a mi ventana —que tiene barrotes gruesos que se confunden con algunas plantas y el enrejado de mi terraza— tecleo y llevo a cabo mi jornada laboral, los audios que escucho a través de mis audífonos para redactar mis notas periodísticas por momentos no son suficientes para aislar el sonido ambiente de la calle y mi propio hogar.

A lo lejos empiezo a escuchar el pregón: “Veciiiina, patroooona, lleeeeeguéééé. Llevo la verdura y las frutas, a la orden”. “Mami, ya viene el mono”, grita mi hermana. El mono, como le dicen por su color de cabello amarillo oxigenado, es un joven de 24 años. Se llama Eliander González.

A diario se detiene en el frente de mi casa, bate su mano derecha, sonríe detrás de un tapabocas negro y saluda a mi mamá. A una distancia prudente la atiende. 

En él veo las esperanzas vivas y el espíritu laborioso de un joven que, como muchos, en chancletas y bajo las altas temperaturas de Barranquilla arrastra una carretilla de la que cuelgan paquetes pequeños con verduras, tubérculos y frutas que vende para conseguir el sustento diario de su familia que, en su caso, está conformada por dos personas. Así se la “rebusca”. Dice que su labor no es sencilla, después de todo, “hay días buenos y malos”.

Los gritos que interrumpen el silencio de la cuarentena

Por Sharon Kalil

Aguacate”, a veces “aguaaa” y un segundo después “cate”. El llamado, que me despierta algunas mañanas, varía de acuerdo con el personaje que lleve la deliciosa baya comestible. Mi casa tiene un diseño inusual, pues no tiene vista a la calle. Mi cuarto, por ejemplo, colinda con una paredilla amarilla. Desde la ventana, en un segundo piso, se aprecian varios techos de la cuadra y el patio del vecino.

Esa ha sido mi vista por casi cuatro meses. Mi barrio silencioso parece que cobra vida cuando pasan los vendedores de aguacate, que, en mi casa, por tener esa ubicación, se diferencian no por cómo lucen, sino por el tono de voz y la insistencia al timbrar. Uno de esos vendedores es Alfredo Escorcia, barranquillero de 23 años. Hace seis años vende sus aguacates “gigantes” en Ciudad Jardín. Vive en Las Malvinas, en el suroccidente de la ciudad.

Los vende a 5.000 pesos. Su rutina comienza a las 4:00 de la madrugada. Media hora después llega al mercado a comprar la fruta, luego se devuelve a su casa a pasar tiempo con su esposa y su bebé de un año, y más tarde toma un bus que lo deja en Ciudad Jardín, donde con gritos eufóricos se gana la vida. Los únicos cambios que la pandemia le ha generado es que más “aguacateros” se le han pegado a su ruta y que ahora camina con un tarrito de alcohol en la mochila. El tapabocas lo obliga a gritar más fuerte
 

A través de los ojos del cristal

Por Billie Madera García

La ventana juega a ser un cuadro inerte, desolado por la soledad constante que la ha abrumado por meses, con pocos cambios en su interior, que reflejan un mundo que es ajeno a nosotros y que ya lo es a ella.

Claro que tiene entre sus rejas vida, pero poca. Los transeúntes llaman hacia adentro, suplicando compasión, entendimiento y un pan. Ya no recuerda qué es una sonrisa mientras ve caminantes que cubren sus labios. Le hacen falta los colegiales que como aventura tocaban los timbres y se disponían a la huida. Siente cómo el silencio se ha vuelto la sinfonía constante de los días, que a veces se rompe por la voz distorsionada de los vendedores de aguacate, o de los escasos buses que pasan en esta vía que era principal.

¿Dónde se habrá ido la gente? Se pregunta mientras el hálito frío de miedo la atraviesa y llega hasta los que habitan en esas cuatros paredes donde ella se encaja. Ve sus caras, ve el terror, y entiende que el cuadro inerte no es sólo fuera de la casa, sino dentro de ella.

El virus en casa

Por Kirvin Larios

Al comienzo la cuarentena estuvo llena de cambios: los primeros cumpleaños, eventos culturales y compras en medio del confinamiento. Las modificaciones sutiles que exigían –llevar tapabocas, desinfectar todo lo que entrara o todo lo que saliera en la casa, permanecer conectado al pc o al celular por más tiempo– eran drásticos en su conjunto. Después vinieron los problemas económicos, extrañar a personas a quienes antes veíamos cara a cara y abrazábamos. O quizás no fue en ese orden y todo vino junto. Porque, en medio de todo, estaba el miedo y a veces la negación del miedo a contagiarnos.

Un día llegó el virus a la casa. Entonces la cuarentena que decían que había homogeneizado los días (todos eran domingos o lunes) pasó a ser una sola noche larga llena de luces y sombras infecciosas. Por fortuna, hoy parece que estamos recuperándonos. Los síntomas persisten en algunos casos, y eso aterra. Pero sabemos que estaremos así, encerrados, hasta que el virus lo desee y no nosotros. 

Una turista confinada en Barranquilla

Por Daniela Violi 

Vivo en Barcelona y por motivos laborales quedé confinada en mi ciudad natal, Barranquilla, que no habitaba desde mis 4 años de vida. Teníamos una deuda mutua.

La habitación que los amorosos tíos me asignaron tiene dos ventanas. Una me pone en contacto con lo divino, a través de un patio cuadrado decorado con crotos, orquídeas, cachos de venado y cayenas. La otra ventana da para la calle y entonces me muestra el otro lado, el mundano: por múltiples factores, sobre todo sociales y económicos, ha sido complicado lograr que la totalidad de la población se quede confinada en sus casas, así que —aún bajo la estricta prohibición de salir— veo un continuo desfile de arquetipos que me recuerdan las múltiples dimensiones de las que estamos hechos los seres humanos. Ante mis atónitos ojos pasan vendedores con una bolsita en la mano y palenqueras con sus poncheras sobre la cabeza. Como si fueran mantras, todos alargan hasta el infinito los productos que ofrecen: “¡Aguacateeee!”. “¡Bollooooo!”.

Mi transeúnte favorito es Miller, que muy temprano llega en su bicicleta a la que acopló de manera magistral una barra para vender café. Viene de lejos y tiene que pedalear mucho para llegar donde sus habituales clientes —los vigilantes de los edificios— que, con o sin pandemia, cada día del año lo esperan para que los espabile con la dosis perfecta de cafeína. “Miller, ¿vendes menos con el confinamiento?”, le pregunté desde mi ventana. “¡No, porque la gente confía en mí!”, respondió. Yo descubro sobre su mascarilla dos ojos desbordados de bondad.

Y así, entre lo divino y lo mundano, me voy reenamorando cada día más de Barranquilla. 

El parque que se quema

Por Alejandro Rosales

Cerca de las 5 de la mañana escucho una sinfonía. No es de Beethoven, no necesita electricidad para sonar, la entonan pájaros que vienen y van. Una familia de ardillas se comunica entre dos árboles de almendra a través de cables de alta tensión. Debajo de ellas circulan pocos carros en esa calle que hace las veces de triple frontera, ya que allí limitan los barrios Bellavista, La Concepción y San Pachito.

Debajo de esas ardillas, pájaros y por temporadas cotorritas, también pasan personas, muchas, creyendo que pasean a sus mascotas cuando en realidad es al revés. Obreros de construcciones y domiciliarios de las tiendas de esquina alimentan el paisaje desde mi ventana, en el quinto piso de un edificio viejo de pocos apartamentos.

Uno de los domiciliarios es Luis Miguel Meza Díaz, o Lucho. Tiene 26 años, es de Chimichagua, Cesar, y el grosor de sus lentes aumenta visualmente el tamaño de sus ojos. Hace ocho años llegó a Barranquilla y trabaja en la tienda Los Cristales hace casi cuatro. En el día se hace unos 80 domicilios. “Con esta pandemia tiro más pedal”, dice.

Desde mi ventana la vista es privilegiada. Se aprecia el río Magdalena y después de este el Parque Isla Salamanca. Ver ese templo natural alegra y entristece, sobre todo cuando se le ve arder por más de 15 días seguidos sin que nadie haga nada, a la espera de una milagrosa lluvia que lo salve. 

El humo es insoportable, aleja los pájaros, las cotorras y las ardillas. El parque se quema y mi ventana lo sabe.
 

Tres sentidos y tres colores desde mi ventana

Por Carlos Polo

Oído. Naranja

La fiesta de los pájaros inicia temprano, un piar, un graznar, un cloquear, un cantar que se hace sentir despacio, quedo, casi tímido, como quien se acerca con tacto y sutileza, pero poco a poco se va tomando confianza, luego ese primer susurro toma una fuerte bocanada para ir in crescendo, lento y parsimonioso, apoderándose poco a poco de los rincones de mi habitación y la danza silenciosa de las sombras, que esperan pacientes al alba engalanada con su vestido naranja, empiezan a estirar sus huesos entre espaciados bostezos. Los sonidos que se fi ltran por la ventana hablan un lenguaje propio, uno vivo, altanero e impetuoso. Los pavos gritan su extraño cloqueo, como reclamando a voz en cuello la presencia del sol, un poco histéricos, los mirlos abren sus debates mañaneros entre agudos y particulares sonajeros que no repiten tonada, mientras los cotorros y loros les replican desde una vieja ceiba todavía enfurruñada con los vestigios de la noche. 

Cuando el naranja empieza a pintar el cielo oscuro y el alba asoma su pollera, el rey se hace sentir y sus guturales y profundos gruñidos arañan el sueño de justos y pecadores… Primero es un temblor largo y sostenido que se acalla de súbito para darle paso a otro telúrico gruñido aún más intenso… En esta aldea, en este barrio, en esta calle, en esta cuadra, es el rey el que dictamina con autoridad la llegada de un nuevo día reemplazando a los emplumados heraldos y su tradicional kikirikí, kokorikocorá. Afuera el cielo es un incendio naranja que se filtra por la ventana y le da paso a una luz arrolladora que llega para apropiarse entera de cada espacio, de cada resquicio de la casa. Esta fiesta de sonidos siempre ha estado ahí, no obstante, ahora, en medio del confinamiento, se ha potenciado, se ha robustecido y le ha ganado terreno al ronroneo melancólico de los autobuses y vehículos que ya no marcan la pauta de la improvisada sinfónica mañanera.

Ojos. Verde

Una cría de iguana, de un verde vital y fosforescente, realiza un temerario acto de funambulismo sobre un cable de alta tensión. La veo andar dueña de sí y desprevenida entre los cables, realiza su proeza atravesando el vacío de pretil a pretil, para ir a perderse entre el verde follaje de un enorme roble que está al otro lado de la paredilla. Un pavo real enseña su iridiscente plumaje de colores intensos sobre el tejado. Parece ser consciente de los ojos que lo observan de este lado de la calle, se pavonea, saca pecho, muestra el majestuoso plumaje mientras cuatro cotorras sostienen una algarabía desde la copa del almendro, pareciera que le reclaman a su majestad emplumada, por su atildado narcisismo. Desde la intimidad de mi habitación juego al ojo panóptico que registra el gris oxidado de los tejados, las cajas encendidas de los aires acondicionados, a un perezoso gato pardo que retoza apacible sobre el balcón. Al frente una pared larga y silenciosa se ufana de su grumoso color ladrillo. Por mi ventana la luz entra a borbotones y el mundo de afuera se configura atendiendo a sus formas, yo existo desde adentro, afuera hace ya varios meses que es un paisaje, un sonido, un calor que entra a matar y me acuchilla la piel haciendo que emerja el transparente líquido que la baña como en un rito sagrado que convoca la lluvia. Afuera está la misma pared, los mismos zancudos, los árboles y su verde follaje, los cables, el poste, el canto de los pájaros, las iguanas, los sonidos que producen los monocotudos, las marimondas y el rey que espera y desespera y hace temblar la tarde con un nuevo rugido. Peny, esa perra criolla color chocolate, que es en exceso consentida, levanta las orejas y sus ojos se abren como lunas, se acomoda en la ventana con sus dos patas delanteras y escruta el horizonte tratando de identifi car de dónde es que proviene el amenazante sonido. Antes del confi namiento afuera era simplemente eso, afuera, su signifi cación era simple y rayana, ahora es un nuevo universo rico y vital, pero ajeno, solo para contemplar, el verde follaje de los árboles, el prístino azul del cielo, las gaseosas formas de las nubes, el vuelo de los pájaros y el intenso rojo carmesí de unas flores que coronan la copa del único árbol engalanado que alcanza mi mirada, me hablan del peso contundente de ese afuera que ya no me pertenece, pero que  más que nunca hace notar el peso de su respiración.

Gusto. Gris

Resulta increíble las dimensiones que puede tomar una ventana, en ella cabe el cielo, las estrellas, los árboles, las nubes, una pared, los animales, miles de sonidos vivos y despiertos. Una ventana, mi ventana, es un Aleph, un caleidoscopio del tiempo y el espacio. Desde aquí puedo asomarme a un microcosmos infinito de ideas, objetos, cosas, moluscos, crustáceos, animales y todo tipo de cosas que contienen al mundo, o tal vez el mundo las contiene a ellas. Mi ventana por las noches es un atrapa sueños, una cazadora de claros de luna, de luceros titilantes, de nubes con forma de sirena, de ballenas jorobadas que nadan y hacen cabriolas en el espacio infinito mientras se pasean orondas frente a ella. Mi ventana de noche es cantar de grillos, el extraño chillido de los murciélagos, grito de salamanquesa enamorada, la sonata inmanejable de los sapos. Mi ventana de noche es un sabor amargo de insomnios prolongados, un olor a monte quemado, un gusto a humo que se filtra entre las claraboyas y que nos llega desde el otro lado del río. Mi ventana de noche es una luna gorda y anaranjada, es la imagen de un viejo árbol frondoso y barbado que por las noches insomnes parece cobrar vida y podría jurar que me habla, que me escucha, entonces suelo contarle mis cuitas, mientras él deja que el viento le despeine la barba y sus ojos se hacen más profundos y oscuros mientras recita una salmodia inentendible dictada por la brisa. A veces veo como levanta las cejas o como frunce el ceño y estornuda cuando se pone intenso el clima. Sé que algún un científico defensor a ultranza de la praxis hablará de la Pareidolia para explicar las sirenas, las ballenas en las nubes, y al viejo sabio barbado al otro lado de mi ventana, pero eso, a mí, que estoy de este lado del mundo, resguardado detrás de mi ventana, me tiene sin cuidado, porque mi ventana de noche es un gusto a chocolate espeso, a gatos enmarañados en pugna, a blues ralentizado y melancólico.

Por mi ventana de noche no solo se trepan las arañas alcoholizadas, los grillos parranderos, las distraídas gotas de lluvia… Desde mi ventana veo como vuelve a ocurrir el mundo, como vuelve a dar vueltas, una y otra vez, cíclico, lento y pesado. Desde mi ventana escuché el crujido que emitió el mundo el día en que se le cayó de los hombros al agotado Atlas y desde entonces nos quedamos acá dentro, resguardados, escuchando su latido, el latido de la pared de enfrente donde se estrella la mirada… Claro que sí, mi ventana es muy rara y particular, tanto como tener en vez de gallo mañanero a un león refunfuñón, tanto como esta confabulación del mundo en la que me designó por vecinos a unos animales confinados, igual como lo estamos nosotros detrás de esta ventana que colinda con la pared de un zoológico. 

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