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La soledad y el silencio con el que juegan los 22 jugadores en cancha puede llegar a sorprender.
Foto: Johnny Olivares.
Rincón Juniorista

Así es un partido de Junior sin hinchas

La soledad que abraza las estadios en tiempos de pandemia se vivió en el juego ante Unión La Calera. El fútbol sin gente es fiesta sin música.

Todo, absolutamente todo, es extraño. Desde que uno se baja del carro que lo lleva al estadio Metropolitano, empieza a encontrarse con una realidad totalmente opuesta a la que se suele vivir cuando Junior juega en su casa.

No existe tráfico ni abundantes policías vigilando. No hay música a alto volumen en las tiendas, billares y bares en las cuales algunos fieles rojiblancos empuñan una cerveza, pronostican el marcador, discuten sobre la mejor alineación, ‘arreglan el mundo’ y se sumergen en el ‘mamagallismo’ antes de ingresar al escenario.

Las calles contiguas al ‘Metro’ no están inundadas de camisetas rojiblancas. La caminata hasta la puerta de ingreso no va acompañada de los incesantes estribillos de los revendedores: “Compro boleta que sobre”, “Tengo sur y occidental”. No choca el cuchillo contra la ponchera de butifarra, nadie ofrece un pan de yuca o un mango verde.

Es jueves. Juegan Junior y Unión La Calera por los octavos de final de la Copa Sudamericana. La novedad es que por primera vez desde que se reanudó el fútbol en medio de la pandemia, los periodistas de medios diferentes a los dueños de los derechos de televisión, podrán acceder.

El estadio en un silencio sepulcral. Cortesía.

El parqueadero es un desierto con escasos carros estacionados en cercanías a la única puerta habilitada para ingresar (en el segundo puente de occidental). El reloj marca las 5:15 de la tarde.

Restan 15 minutos para que finalice la hora de plazo que tienen los periodistas para entrar. Solo pueden hacerlo entre 4:30 p.m. y 5:30 p.m., después de entregar un formulario con información personal y relacionada con la pandemia de Covid-19, y recibir una escarapela de parte del jefe de comunicaciones del club, Omar Barros.

La soledad abraza desde la misma entrada. Es una cita con el cemento, con la nostalgia de lo que pasaba tradicionalmente hasta hace ocho meses, antes de la llegada del virus ‘made in’ China. Resulta inevitable llenar con la imaginación y los recuerdos cada espacio vacío del inmenso escenario al que tantas veces se ha ido.     

Ya adentro, después de los saludos distantes o con el codo, reprimiendo los abrazos al reencontrarse con los viejos amigos, el ambiente es gris e irremediablemente triste. No es lo mismo.

Se escucha todo

Mientras los periodistas, guardando las respectivas medidas de distanciamiento, ejercían sus labores o remataban sus charlas sobre Maradona y otros temas, se oyeron unos gritos.

“¡Vamos con todo nojoda!”, exclaman con nítido acento costeño. No se ve quiénes gritan, pero es claro que se trata de los jugadores de Junior que ya se encuentran reunidos en el pasillo que conduce a la cancha, listos para la salida protocolaria.

“¡Dale! ¡Dale! ¡Dale!”, grita Sebastián Viera todavía sin asomarse en la cancha. “¡Es ahora! ¡Es ahora!”, expresa a todo pulmón Fabián Viáfara ya camino al campo.

Ese momento, en el que los futbolistas se esmeran por darse ánimo, debe ser de alguna forma el más desalentador al ingresar y ver las tribunas desoladas y a blanco y negro, sin alma, sin espíritu, sin vida. Bien lo dijo el escritor uruguayo Mario Benedetti (1920-2009): “Un estadio vacío es un esqueleto de una multitud”.

La luna es de los pocos acompañantes cuando en los partidos durante la pandemia.

Sin el color y el bullicio de los hinchas, el fútbol en medio de la pandemia es más velorio que Carnaval.

Antes de que ruede el balón, un verdadero minuto de silencio por la muerte de Diego Maradona. Eso sí se cumple correctamente en estos tiempos. El mutismo reina hasta que los aplausos y las últimas palabras de aliento retumban en todo el estadio.

Nada más que esperar. Suena más que nunca el pitazo inicial y a jugar y a escuchar se dijo. Todo lo que se gritan los jugadores, los entrenadores y los árbitros en la cancha, regaños, alientos, felicitaciones, recomendaciones, instrucciones, reclamos, todo, llega clarito a los poquísimos asistentes (camarógrafos, fotógrafos, productores, periodistas, personal de logística, personal de Conmebol, de Cruz Roja). Acá no existe el falso sonido ambiente de las transmisiones de televisión.  

 “¡Posesión, muchachos! ¡Posesión!”, recordaba a cada rato a Juan Pablo Vojvoda, técnico argentino del Unión La Calera. “¡Vamos que lo ganamos! ¡Buscando llega el gol!”, decía emocionado después de que sus dirigidos consiguieron igualar 1-1.

Perea gritaba menos, pero se hacía entender con señas y diálogos más cercanos con sus pupilos. Y seguro que escuchó a un hombre de la logística que no pudo controlar sus emociones de hincha y en un momento de apremio le gritó: “¡Ajá, Perea, mueve el banco!”. Carmelo Valencia y otros emergentes que calentaban abajo voltearon hacia arriba de inmediato a ver quién había quebrado la quietud. El DT no se desconcentró de su papel.  

Uno de los momentos de más algarabía se dio en las jugadas en las que intervenía el VAR. “¡Revisala! ¡Revisala! ¡Revisala!”, se desgañitaba Viera alertando al árbitro por la jugada en la que Miguel Borja pidió penal.

Interesante al principio escuchar claramente lo que se dicen los protagonistas del rectángulo de juego, pero después es imposible dejar de extrañar la esencia del fútbol, las emociones y el rugido del monstruo de miles de cabezas.    

En cada jugada ofensiva de Junior, que hubiese hecho estallar de entusiasmo o lamento a la afición rojiblanca, era cuando más se echaba de menos. Por más que los suplentes de cada equipo se levanten y hagan eco con sus festejos y reclamos al unísono, no es lo mismo. Nunca será igual. El fútbol sin público es como una fiesta sin música.

La noche llegó entre la calma que invade el escenario deportivo. Johnny Olivares
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