Se reinician los diálogos de La Habana con el tema agrario, el primero de la agenda, y estimado el más complicado de los cinco acordados.
Pero a diferencia del buen clima de aceptación que tienen estos diálogos en el exterior, en Colombia tropiezan con la dura dificultad política del rechazo que genera en las huestes que lidera el expresidente Uribe, que están apostándole al fracaso del proceso para arruinar las ambiciones reeleccionistas del presidente Juan Manuel Santos. Esta circunstancia está marcando este proceso.
El presidente Santos tiene claro que sus posibilidades dependerán de que las conversaciones avancen de verdad este semestre, y sus opositores aguardan con la esperanza de que un estancamiento o frenazo ambiente mejor sus propósitos políticos.
También la opinión pública, siempre tan ondulante, se inclinará de un lado u otro dependiendo de los resultados de la negociación. Y quien depende más de la velocidad del cronograma de La Habana es el Presidente porque, aunque él quisiera, el país, con los antecedentes frustrantes de anteriores experiencias e influido por el discurso de la oposición uribista, está a la espera de cosas tangibles en materia de paz.
No cabe duda de que para las expectativas de reelección de Santos conviene más que haya concreciones con las Farc, porque podría presentarse como el Presidente que logró lo aparentemente imposible, pero si no logra ese propósito, para salvar sus aspiraciones, no le quedaría otra opción que recrudecer las operaciones militares del Estado contra la subversión, y de todos modos habría pasado por el desgaste de otro experimento malogrado.
Las Farc la tienen también difícil. Si bien su estrategia de guerra infinita ha sido su apuesta, y por eso los tiempos no han sido nunca su preocupación, al punto que desde que nacieron se han enfrentado a los gobiernos de varios presidentes, hoy afrontan un contexto internacional de pérdida total de vigencia de la lucha armada como vía para la toma del poder, y en lo interno, no obstante la base social en que se apoyan, no gozan del respeto de las mayorías que rechazan sus métodos y sus fuentes de financiamiento.
De manera que solo el escenario de la dejación de las armas y de ingreso a la política legal y democrática podría darles un aire a los jefes y militantes de las Farc. A favor de esta decisión contribuye también, y de manera influyente, el hecho de que varios mandatarios de América Latina, encabezados por Hugo Chávez, han jugado un papel importante en persuadir a las Farc para que abandonen las armas.
Este será un año definitivo para la suerte de los diálogos de La Habana. Hay que mantener la esperanza de que los equipos negociadores del Gobierno y las Farc avancen en los acuerdos alrededor de la agenda convenida. Por ahora hay razones para creer que esta vez el país va a recibir buenas noticias, no obstante que la confrontación armada haya proseguido en razón de que los diálogos se convinieron sin cese bilateral del fuego. Transitar de la incertidumbre a la certeza de la paz es lo que el país espera.





