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Los pro-independentistas catalanes volvieron a tomarse las calles de Barcelona, a dos días del referendo. AFP
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Alta tensión en Cataluña

Un fallo del Tribunal Constitucional agravó los desencuentros con el gobierno del P.P. Hace más de 10 años los independentistas eran el 20% de los votantes, hoy son casi la mitad. 

Cuando en 1978 se expidió la Constitución que, una vez muerto Franco, dio lugar a la formidable transición política de España, el anteproyecto que  se discutió no mencionaba  la nación española.

De hecho, en 1931, casi en vísperas de la instauración de ese oscurantismo arcaico que presidió Franco, el texto aprobado renunció a unir los dos vocablos, nación y España, por considerar que este último estaba implicado en la naturaleza de la nación. Para decirlo en los  términos de aquellas discusiones, esa omisión “no negaba ni refutaba” aquel hecho palpable.

El concepto de nación  siempre ha sido problemático. Esencialmente  problemático. Comenzando con que no siempre ha significado lo mismo. Esa complejidad es mayor en  España, donde el fantasma de lo plurinacional  ha creado toda  suerte de tensiones.

Para muestra, el referendo que las  autoridades políticas de la Comunidad Autónoma de Cataluña  convocaron para mañana domingo en torno a la secesión de esa región de 7,5  millones de habitantes.

 Aunque hace apenas una década los independentistas en Cataluña eran algo más que el 20%, hoy son casi la mitad. Y el 82% de los consultados en una encuesta reciente cree que ese es un asunto que  deben decidir los catalanes mediante sufragio.

Enfrentamientos

La convocatoria del referendo independentista ha  creado serios enfrentamientos entre el Gobierno central, que preside el muy conservador Mariano Rajoy, y el Parlamento y el Gobierno catalanes. Para los primeros, el referendo es un acto sedicioso digno  de tratamientos judiciales, mientras que los catalanes acusan al gobierno de Madrid de arrasar con el régimen  autonómico constitucional de Cataluña.

Los antecedentes históricos de este delicado  conflicto institucional  pueden rastrearse en la Constitución, en las jurisprudencias de los tribunales Supremo y  el  Constitucional, y en la doctrina, que, con enfoques muy diversos,  ha  recogido el acontecer de  estas tensiones.

El artículo 2 de la actual  Constitución Española es  un ejemplo fácil de cómo  la sombra de las “naciones” que aspiran a matizar o limitar la nación Española y su soberanía sobrevive a los esfuerzos por  atenuar  o contener ese conflicto siempre latente.

Dice así el artículo segundo: “La Constitución se  fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación  española,  patria común e indivisible de todos los  españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la  autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad  entre todas ellas”

Por un lado, los autores del texto constitucional  saltan de la no nominación  de la nación española en el  anteproyecto original al  énfasis categórico de una  nación que, aunque no describe y precisa, adorna sin embargo con adjetivos de lo indisoluble e indivisible. Es como si el énfasis estableciera que esa nación es la que da lugar a la Constitución y no al revés. Una especie de entidad protoconstitucional, fundante y constituyente.

Pero unos pocos caracteres más abajo, ese mismo artículo segundo pareciera  querer mitigar aquel  énfasis, evocando la “autonomía de la nacionalidades  y regiones que la integran”.   Un texto un poco difuso,   como atendiendo las tensiones que desde mucho  antes subyacen la discusión de estos temas.

Un recurso contra el estatuto

Un fallo del Tribunal Constitucional en 2010 agudizó los conflictos con Cataluña. El recurso contra un Estatuto que había sido instituido mediante votación, fue recurrido  por el Partido Popular, el mismo que gobierna en España con Rajoy como presidente del Ejecutivo.

El Tribunal  Constitucional se deshizo, con un solo y despectivo golpe, de las referencias del preámbulo de la Carta a las nacionalidades: “…la nación que  aquí importa es única y  exclusivamente jurídico-constitucional. Y en ese específico sentido no conoce otra que la nación española” Roma Locuta.

Más allá de esa contundente interpretación del  Tribunal,  este decidió  que   no se puede “desconocer ni inducir el equívoco en  punto a la indisoluble unidad de la Nación española (…) pues en ningún caso pueden reclamar para sí  otra legitimidad que la   que resulta de la Constitución proclamada para la  voluntad de esa nación”. ¿Entendido? Más o menos. 

Las esclarecedoras y contundentes decisiones del  Tribunal golpearon seriamente no ya las relaciones del Gobierno español con los independentistas, sino con las de toda Cataluña.  Dos factores agravaban la situación: que el fallo fuese el resultado de una demanda del PP y que el   Tribunal cercenara lo que  había sido política y democráticamente decidido por los catalanes.

Es muy fácil concluir que la consecuencia más importante de aquella decisión del Tribunal y de la demanda del PP fue deteriorar aún más las relaciones con Cataluña, crear  climas de conflicto poco  propicios e incrementar el número de secesionistas.

Al margen de todo lo anterior hay que aceptar que el referendo convocado por el Gobierno y el Parlamento de Cataluña es ilegal. También inconstitucional. Es un poco   improbable que algún día  se consagre una estipulación constitucional que  contemple que las naciones puedan desagregarse,  desgranarse, salirse de un estado nación cualquiera. Es de la esencia de los   procesos secesionistas un cierto carácter sedicioso.

El verdadero asunto es  que, cada vez que una comunidad que aspira a ser   una personalidad diferenciada propone la escisión, las cosas se complican demasiado. ¿De que   serviría anclar una estipulación Constitucional sobre la unidad nacional cuando, por ejemplo, la comunidad secesionista fuera una amplia e inobjetable mayoría?

Interpretaciones jurídicas

Tienen razón los españoles –catalanes o no– cuando creen que el problema de  Cataluña requería mucho más que decisiones Constitucionales. O de interpretaciones jurisprudenciales. O de actos administrativos que,  aunque nítidamente amparados en la ley, sean  percibidos  como un golpe a las autonomías de otros pueblos nacionales. O, como en los últimos días, del uso del artículo 155 de la Constitución española para tomar medidas extremas contra la comunidad autónoma por incumplimiento de las obligaciones impuestas por la Constitución. También la esclavitud era sacramental, constitucional y legítima. Y sin embargo…

Hay que destacar que las formas y los contendidos utilizados por el Gobierno y el Parlamento catalán son improvisados, arbitrarios, caprichosos y poco o nada estratégicos.  La causa de Cataluña merece planteamientos más serios, debates mejor sustentados, políticas  públicas más sensatas. Es por eso que miles de catalanes  repiten cada vez en estos  días, que “un referéndum sí, pero así no” 

Tomo de El País de Madrid las palabras de la exconsejera del partido Socialista Montserrat Tura,  por ser una buena síntesis  de las delicadas y confusas   situaciones que viven los  catalanes: “A mí esos tipos, los independentistas, no me engañan, a veces son muy ignorantes y no soy  nacionalista(….). Las   cosas se están haciendo muy mal. Se vulnera la ley. Pero los que nos rompimos los  cuernos por el Estatuto de 2006 y vimos cómo se   dinamitaba nuestro trabajo, ahora vemos cómo los  pirómanos de entonces aparecen por aquí  y quieren que la  fiscalía, la policía, actúen de bomberos en un incendio que causaron  ellos. Hablo del PP (….). Se llegó a decir que se legalizaba la poligamia. Que lo había redactado la mano larga de la ETA (…).  Malditos serán los  que  impidieron en su día una  solución cuando estábamos   a punto de arreglar esto para 25 años”.

Nietzsche decía que los  entes culturales no tienen  esencia sino historia. Se mira con desdén el vocablo nacionalidades, como  si lo de España no fuera, en los  tiempos protoconstitucionales, un ente cultural con una historia preponderante y prolongada que dio origen a esa nación y a su soberanía. Igual cosa pretenden las autonomías y las naciones  periféricas.

El pensador español José Antonio Marías nos recuerda que la  cultura es el  despliegue y la constitución de la esencia humana.  Es el ser haciéndose. Lo cultural es el origen de las creaciones del hombre y el resultado de esas mismas creaciones. “Una especie muda creó el lenguaje y el lenguaje recreó la especie. (….) hemos creado lenguaje, arte, religiones y ciencias y así nos hemos inventado a nosotros mismos”.  No hay nada de banalidad  ni de insignificante en las naciones culturales de la  periferia.

Las autonomías no son  un riesgo para el estado-nación español. A lo contrario, son, y pudiesen  serlo más, certera y definitivamente, su fortaleza, la   verdadera garantía de su  indisoluble permanencia.

De acuerdo, habría sido  deseable que el Gobierno  y el Parlamento catalán hubiesen diseñado una hoja  de ruta más inteligente. Al menos una que no pretendiese una rampante, intempestiva e improbable  decisión independentista.    Pero tampoco debemos olvidar que cierta  arrogancia de la derecha  española suele despreciar  las identidades culturales  que las comunidades autonómicas, especialmente Cataluña, País Vasco, y  Galicia, creen y quieren  ser.

Lamentablemente, el referéndum que mañana se celebra o se frustra será una nueva y más honda herida en el  corazón de  Cataluña. Y algo tal vez   peor: el tema ha fracturado gravemente la unidad

catalana. El Gobierno de Madrid, temiendo un contagio en el País Vasco, aplazó las inaplazables conversaciones sobre los presupuestos de la nación, tal vez temiendo un cambio brusco de Euskadi. Pero, tal vez respetando la introspección de los ciudadanos autonómicos sobre sí mismos, haya todavía posibilidades de un diálogo inteligente, desprovisto de prejuicios altaneros y dogmas premodernos.

Tal vez, solo tal vez, los  delicados y tensos  episodios del referendo de mañana no logren empeorar la situación. Soy  de quienes creen que una renovación de los regímenes autonómicos podría abrirse camino sin independentismos extremos. Para eso hará falta mucho más que el Tribunal Constitucional reiterando decisiones demasiado previsibles, pero incapaces de mitigar los conflictos reales  que se viven en Cataluña. Y  menos judicializaciones, menos mossos de escuadra y menos prejuicios inalterables.

Y sí, “¡malditos sean los  que impidieron un día la  solución!”.

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