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El titulo es:EL HERALDO como laboratorio de una obra inmortal

EL HERALDO como laboratorio de una obra inmortal

El 30 de mayo de 1967, hace hoy 50 años, se terminó de imprimir en los talleres de Impresora Argentina, en Buenos Aires, la novela cumbre de Gabriel García Márquez.

García Márquez hizo uso de su columna en EL HERALDO para publicar borradores de ‘Cien años de soledad’.

El 30 de mayo de 1967, hace hoy 50 años, se terminó de imprimir en los talleres de Impresora Argentina, en Buenos Aires, la novela cumbre de Gabriel García Márquez.

A los 21 años, Gabriel García Márquez tenía ya tanta ambición literaria que se lanzó a escribir una novela cuyo propósito era derrotar al mismísimo Quijote, pero tenía también la prudencia suficiente para buscar un laboratorio que le permitiera ensayar su gran proyecto. Para él, que entonces estaba recién instalado de nuevo en la Costa Caribe después que el Bogotazo lo forzara a abandonar la capital de la República, ese laboratorio providencial fue la prensa.

Luego de un año y medio largo en El Universal, de Cartagena, donde hizo sus primeras armas, se vinculó en enero de 1950 a EL HERALDO, y fue este diario el que fundamentalmente le sirvió para someter a experimentación “el novelón de setecientas páginas”, como él mismo lo llamaría en marzo de 1952, y que, para esta última fecha, aspiraba a terminar en cuestión de dos años.

De modo que durante un período de tres años, los lectores de EL HERALDO disfrutaron por entregas irregulares de los bosquejos iniciales o borradores más germinales de Cien años de soledad, y tuvieron así el privilegio de ser los primeros en el mundo entero en entrar en contacto con la familia Buendía, con algunos de sus principales miembros (como el coronel Aureliano Buendía) y con la mítica casa que ellos habitaban en un pueblo ardiente que al principio ni siquiera se llamaba todavía Macondo.

En efecto, en la columna “La jirafa”, que publicó con una frecuencia más o menos diaria en la tercera página de EL HERALDO entre enero de 1950 y diciembre de 1952 (con una interrupción de siete meses, de agosto de 1951 a febrero de 1952), García Márquez dio a conocer, desde sus comienzos, numerosos fragmentos de aquella voluminosa novela que había empezado a escribir a finales de 1948 o comienzos de 1949, bajo el título de La casa. Dicha novela es, como bien se sabe, gracias al testimonio comprobado, y además fácilmente comprobable, tanto de él mismo como de sus más cercanos amigos de aquella época, la versión inicial e inconclusa de Cien años de soledad. 

García Márquez (segundo a la derecha) en la sala de redacción de EL HERALDO, periódico barranquillero, en 1951.
García Márquez (segundo a la derecha) en la sala de redacción de EL HERALDO, periódico barranquillero, en 1951.

Apenas en junio de 1950, García Márquez publicó en “La jirafa”, en forma consecutiva, los textos “La hija del coronel” (el martes 13) y “El hijo del coronel” (el miércoles 28), subtitulados ambos “Apuntes para una novela”. En el primero de ellos, se habla del coronel Aureliano Buendía y de su pequeña hija Remedios, de su asistencia a la iglesia para oír misa, de su relación silenciosa, del pueblo; en el segundo, de la conducta disoluta de Tobías, hijo del coronel, y del fuerte castigo que éste le propina.

Ya unos días antes, en aquel mismo mes de junio, pero en la revista semanal Crónica (que dirigía Alfonso Fuenmayor, por entonces también subdirector de EL HERALDO, y de la que García Márquez era jefe de redacción), había aparecido el texto “La casa de los Buendía”, con el mismo subtítulo de “Apuntes para una novela”. Allí se habla igualmente del coronel Aureliano Buendía, del regreso al pueblo del derrotado militar que viene de la guerra civil, de la casa que construye en el mismo lugar donde estuvo la de sus mayores, la cual fue destruida durante el desastre bélico, y de su deseo de reposar en una vivienda “tranquila, apacible, sin guerra”. Aparte del hecho del retorno del coronel Aureliano Buendía al pueblo con el ánimo de entregarse a un imperturbable sedentarismo, otros detalles de aquel esbozo que reaparecerían casi iguales en Cien años de soledad son la presencia de un almendro, del “cuartito de madera del excusado” en el patio y de un San Rafael de yeso encontrado por casualidad, sólo que esta efigie cambiaría su advocación en 1967 por la de San José. García Márquez publicaría también (es decir, ensayaría de nuevo) “La casa de los Buendía” en EL HERALDO, en diciembre de 1952.

En 1951, el joven narrador y periodista de Aracataca seguiría dando a conocer en “La jirafa” otros trozos de La casa, obra a la que sus amigos del Grupo de Barranquilla se referían coloquialmente como el “mamotreto”. Para presentarlos, siguió recurriendo tautológicamente al término “apuntes”, ya sin el complemento “para una novela”: el 9, 10 y 29 de enero del mencionado año, aparecieron “Apuntes”, “Otros apuntes” y “Apuntes”, respectivamente. Estos tres textos se refieren a dos momentos en la larga vida de una familia cuyo apellido no se menciona, uno de los cuales corresponde al episodio en que clausuran la casa con un candado y la abandonan, dejando a un niño olvidado en un ropero. Hay motivos y rasgos estilísticos que después serían característicos no sólo de Cien años de soledad, sino de sus libros anteriores: la casa vetusta, en pleno declive, cubierta por un polvo de siglos; las bolitas de naftalina; “la modorra de la siesta”; la “sofocante tarde de junio”; la manera de precisar que “Se habían necesitado cincuenta y dos domingos para saberlo”… A ellos hay que sumar los elementos fantásticos: la mujer que “no había nacido nunca”, sino que había amanecido un día en el mundo ya con 59 años, y el hombre que “se borró, se deshizo en el mecedor asimilado por la siesta infinita”.

Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Alfredo Delgado, Rafael Escalona y Alfonso Fuenmayor.
Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Alfredo Delgado, Rafael Escalona y Alfonso Fuenmayor.

Otros dos magníficos hallazgos creativos de Cien años de soledad que García Márquez ya había bosquejado en La casa y que fueron anticipados a los afortunados lectores barranquilleros a través de “La jirafa” fueron el sueño de los cuartos infinitos de José Arcadio Buendía, el líder fundador de Macondo, y el tejido de su propia mortaja por parte de Amaranta mientras espera la hora de su muerte. La primera de estas dos invenciones fue formulada en dos entregas de la hoy célebre columna, las del 11 y el 13 de octubre de 1950, y la segunda fue contada en otra que se publicó en marzo de 1951.

En fin, tal como lo señala su hermano Eligio García Márquez en el libro Tras la claves de Melquíades (2001), no sólo los investigadores y críticos, sino el propio novelista establecieron que unas treinta o más “jirafas” fueron utilizadas para poner a prueba diversos apartes de La casa. Más aún, en ese mismo libro, Eligio García Márquez cuenta que el crítico colombiano Conrado Zuluaga, gabólogo y gabófilo donde los haya, se dio a la tarea de “armar y comparar en secuencias paralelas las correspondencias de los textos de estas ‘jirafas’ con los de Cien años de soledad ”.

EL HERALDO, en suma, no sólo fue el laboratorio que le permitió a García Márquez, con 17 años de  antelación, ensayar la compleja alquimia de personajes, ambientes y situaciones de su obra magna, sino que de paso le permitió renovar en Colombia el arte del columnismo. Incluso en el libro Gabo periodista (2012), una antología de su obra como tal realizada por reconocidas figuras americanas y europeas de este oficio, un poco más del 34% del total del material seleccionado corresponde a “La jirafa”, lo que es un gran logro si se tiene en cuenta que esta colaboración suya con el matutino barranquillero constituyó apenas su noviciado en el periodismo y que, luego de ella, su trayectoria en esta actividad habría de prolongarse por el resto de su muy larga vida. 

Encuentre todas las noticias relacionadas con los cincuenta años de Cien Años de Soledad aquí. 

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