Los domingos de Charito o la preparación de la novela

Mientras jugaba a ser estudiante de «lettres moderne» y asistía al seminario de Roland Barthes y leía a Flauber y descubría a Novalis. El autor de este texto recuerda las lecciones aprendidas durante la creación de su primera novela, reeditada 30 años después.

El Dominical

Mientras jugaba a ser estudiante de «lettres moderne» y asistía al seminario de Roland Barthes y leía a Flauber y descubría a Novalis. El autor de este texto recuerda las lecciones aprendidas durante la creación de su primera novela, reeditada 30 años después.

En la primavera de 1978, en un hotelucho de París, comencé a escribir Los domingos de Charito después de leer La desgracia impeorable, del austríaco Peter Handke, un libro dedicado a su madre, casada con un soldado nazi, cuyo único gesto de rebeldía tras la guerra fue suicidarse. Handke demuestra que una señora de vida común y corriente puede ser la heroína de una novela. 

No se me había ocurrido que uno podía inventar una ficción a partir de la historia de su propia madre. La mía me anunció esa Navidad que le habían detectado una enfermedad incurable.

En ese entonces Peter Handke, ganador este año del Premio Nobel de Literatura, vivía en Francia y era conocido sobre todo por su novela El miedo del arquero al tiro penal. En la Universidad de la Sorbonne Nouvelle yo había estudiado la novela Wilhem Meister, de Goethe, adaptada por Handke y filmada por su amigo Wim Wenders, bajo el título Falso movimiento. La relación de trabajo entre ellos incluiría La mujer zurda y el inolvidable film El cielo sobre Berlín.  Era estimulante pensar en esos amigos y en los lazos entre la escritura y el cine. Pocos días antes de dejar París, en septiembre de 2015, me encontré a Handke en el metro. Le di un abrazo y le hablé de un amigo común, el poeta salvadoreño Roberto Armijo. 

El otro escritor que me inspiró para lanzarme en la redacción de Charito fue el filósofo de la literatura Roland Barthes, quien dictaba en ese entonces unas charlas sobre «la preparación de la novela» en el College de France. El deseo de escribir una novela puede ser un tema literario, explicaba, citando el ejemplo de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. «Mientras exista la muerte existirá el mito», afirmó alguna vez. 

 La muerte de la madre de Proust, en 1901, va a desencadenar, cuatro años después, la escritura de ese novelón sobre el deseo de escribirlo. Al final de los siete tomos, en el Tiempo recobrado, el narrador se dispone a comenzar su novela, ya escrita.  

Barthes, etiquetado como «semiólogo estructuralista», tenía 62 años en ese entonces y había ido revelando su deseo de escribir una novela.  Para hacerlo, decía, debía abandonar «el espíritu de seriedad» académico. 

«Se trata de evocar, de pintar a la gente que amamos para erigirles una suerte de monumento de la memoria».  Así definía él su proyecto novelesco. «Bajo el efecto de ciertas devastaciones (la muerte de la madre) el querer-escribir podía imponerse como un recurso, una práctica cuya fuerza fantasmática permitía despegar hacia una Vita Nova», dijo uno de esos sábados. Barthes tomaba notas en su diario, pero sabía que esas anotaciones no necesariamente lo conducirían a escribir una novela. 

Comencé a escribir mi propia novela sin saber para dónde iba. Trataba de contar la historia de una mujer del barrio San José, una ama de casa que decide irse a vivir su propia vida, cansada de las infidelidades de su marido. Aunque estaba a 10.000 kilómetros trataba de recrear el ambiente de la carrera 21, con sus monstruosos arroyos, la Calle de las Vacas, el Paseo Bolívar, el Terminal Marítimo, las verbenas de los barrios, el apretuje erótico en los buses de María Modelo, los patios con sus matarratones y limoneros, la manera de hablar de la gente. Y al mismo tiempo analizaba mis intenciones, mis deseos de narrar. A lo mejor era una hiperconciencia, me veía en el acto de escribir por momentos. De ahí lo fragmentario de la trama. Me burlaba además de los argumentos de las telenovelas.

«Tomar notas no es escribir», me advirtió el escritor santandereano Gabriel Uribe Carreño. Barthes dice que hay sin duda novelas en fragmentos. No cita ninguna, pero podemos recordar Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, de Rilke, Henri de Ofterdinguen, de Novalis, o Escenas de la vida de un fauno, de Arno Schmidt. 

El primer sábado de enero de 1979 Barthes habló del encanto que le producía leer haikus, esos tres versos japoneses, como pinceladas, que captan un presente. Siente que son anotaciones sutiles ligadas sobre todo a las estaciones, a los estados de ánimo que pueden provocar el verano, el otoño, la primavera o el invierno. Citó ese día un poema de Yaha: 

Acostado 
veo pasar las nubes 
alcoba de verano 

 
Y este otro de Basho : 
 
Sopla el viento del invierno 
los ojos de los gatos 
destellan 

 

El haikú va hacia una individuación intensa

«El haikú va hacia una individuación intensa», dijo Barthes. Su problema era cómo pasar de esa pincelada, de esa nota sobre el presente, al flujo continuo de la novela, a ese chorro de escenas y personajes. 

Ese día repartió unas fotocopias con los haikus que más estimulaban sus poéticas reflexiones. Leer ahora las transcripciones de esos cursos me hace recordar una frase de Bachelard : «¿una hoja que cae en la noche es un recuerdo que desea el olvido?».

Durante todo ese año Barthes estuvo pensando en voz alta en su amor por la literatura  y hablando sobre sus fantasmas de novelar.  

Autor de Mitologías, El placer del texto, Fragmentos de un discurso enamorado, El grado cero de la escritura, Barthes iba dando en el clavo… en su lección inaugural en el Colegio de Francia dijo que no tenía poder alguno, que algo sabía de literatura, pero lo que en verdad le interesaba era «tener mucho sabor».  Quizás su amistad con el cubano Severo Sarduy había influido en esta aspiración. 

El lunes 25 de febrero de 1980, dos días después de haber acabado La Preparación de la Novela fue atropellado por una camioneta al salir del Colegio. Murió un mes más tarde. 
 
La novela de un estudiante de literatura
 
En el otoño del 81 comencé a estudiar «lettres modernes» en la Universidad de Censier-París III con jóvenes franceses que acababan de terminar el bachillerato. Situada cerca de la Mezquita de París y del Jardín de Plantas clasificadas esta universidad fue creada después de la revuelta estudiantil de Mayo-68. 
A los 27 años me era aún necesaria la vida estudiantil, aunque fuera ya «el marido» de una señora francesa y no tuviese chance de salir los sábados por la noche con mis compañeras de clase.  Me consolaba leyendo Fausto, de Goethe, en la traducción de Gerard de Nerval. Blandine, una rubia de gruesos anteojos y mucho garbo erótico, me preguntó si yo vivía con «una chula» a la cual debía sumisión. 

En esa época deseaba serle fiel a mi compañera y por eso huía de las muchachas. No quería ser mujeriego y parrandero como el marido de Charito, quien al llegar los carnavales se disfrazaba de mujer y se perdía hasta el miércoles de ceniza. Me dediqué a leer y escribir, a redactar tareas. Me gustaba ir a la facultad y encontrarme en la cafetería con Blandine, Cécile y Monique, a comer croissants y tomar tinto. Un año antes de que yo comenzara a estudiar allí un japonés, también estudiante de letras y futuro escritor, había descuartizado a una estudiante holandesa y había comenzado a comérsela.  Las estudiantes dudaban entonces en aceptar invitaciones de extranjeros. 

Fue en esos días cuando conocí a Luis Gerardo Otero, el cineasta caleño, ligado con los duros de Caliwood, Carlos Mayolo y Luis Ospina.  Con él iniciaría una carrera de guionista y actor en sus películas, filmadas con las recién inventadas cámaras digitales, y aprendería lo que es el cine menor, el cine «hecho a mano», «artesanal» en contraste con el cine industrial de las «mayors», los estudios hollywoodenses. 

Tuve mucha suerte pues fuí alumno de grandes profesores como el uruguayo Gabriel Saad, poeta, ensayista y narrador, traductor de Felisberto Hernández al francés, amigo y «personaje» de Juan Carlos Onetti.  Jorge Luis Borges lo cita en su comentario sobre la traducción que hizo del Diable amoureux, de Jacques Cazotte.  

Saad aceptó ser mi director de tesis en la redacción de una maestría en literatura comparada sobre La mansión de Araucaíma, de Álvaro Mutis. 

También recibí clases de civilización latina de Jean-Pierre Neraudau y me inicié al estudio de la obra de Michel de Montaigne con Geralde Nakam. 

Descubrir la vida y obra de Flaubert, apodado «el idiota de la familia», me impresionó y estimuló mucho, Flaubert era un loco de la escritura y la lectura. Recuerdo una frase de su correspondencia: «Con mi mano quemada tengo derecho a escribir ahora sobre la naturaleza del fuego». 

Antes, en mi infancia, hubo esas lecturas de Las mil y una noche, y de Salgari y Julio Verne, y la enciclopedia El Tesoro de la Juventud. Disfruté mucho el teatro callejero del Carnaval, las letras de las canciones, las novelitas de amor que leía mi mamá, las novelitas de vaqueros y del FBI, las radionovelas, los paquitos, el cine en matiné, vespertina y noche… 

Después en la Universidad de Antioquia me dediqué al teatro, y a leer a Cepeda Samudio, García Márquez, Zapata Olivella, Álvaro Mutis, Cortázar, Manuel Puig, Vargas Llosa, Onetti, Cabrera Infante, Carlos Fuentes…

En esos primeros años de vocación vacilante, no muy definida, cuentan mucho los encuentros, los profesores, los amigos: Ramón Molinares Sarmiento y Roberto Burgos Cantor, entre otros.

En Los domingos de Charito hay huellas de todo esto y sobre todo de mis estudios de letras y el aprendizaje de las cuatro estaciones. También figuran mi deseo de hacer teatro y de andar de gira por Colombia. 

Lo que más destacaría ahora es esa disposición anunciada y reiterada de estar preparando y escribiendo una novela sobre una mujer llamada Rosario, a quien sus íntimos le dicen Charito. Ella crea todo un mundo a su alrededor y como toda diosa descansará al séptimo día.

La novela, publicada en 1986, fue reeditada gracias al empresario artista Antonio Celia y la Fundación Promigas y será presentada por el profesor de filosofía Numas Armando Gil a la nueva generación de lectores el 14 de diciembre en la Librería Nacional, sede Prado.

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