Editorial

El Editorial | Respetar el sufrimiento

Resulta inconcebible que, en medio de tan desafiante crisis de salud pública por la proliferación del contagio, el ELN decida que es momento de volver a la guerra

A los señores del Ejército de Liberación Nacional (ELN) la declaratoria de cese el fuego unilateral activo, anunciada el 30 de marzo, apenas les duró un mes. Como si la emergencia sanitaria generada por la COVID-19 ya estuviera superada, el COCE, el comando central de esta guerrilla, anticipó que su “gesto humanitario al país” terminará hoy y que “reanudarán sus operaciones militares”.

Además, calificó de “desafortunado que el Gobierno de Duque no hubiese respondido de manera recíproca ni escuchado las propuestas que se hicieron para avanzar en la búsqueda de la paz”. ¿El gesto, acaso, no era con el país y por la pandemia?

Resulta inconcebible que, en medio de tan desafiante crisis de salud pública por la proliferación del contagio, el ELN decida que es momento de volver a la guerra, ignorando los padecimientos que, por cuenta de una oportuna atención sanitaria y abastecimiento de ayudas alimentarias, están afrontando las comunidades del Chocó, Arauca, Catatumbo, Cauca, nordeste antioqueño, Nariño, sur de Bolívar y sur del Cesar, entre otras regiones donde hace presencia.

La eliminación de la violencia armada siempre resultará un alivio para el sufrimiento de quienes la padecen, y este cese ha resultado bastante bien. De acuerdo con los reportes del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (CERAC), que está documentándolo, en los últimos 40 días no se han registrado acciones ofensivas atribuidas al ELN ni operaciones militares ofensivas en su contra. Excepto esporádicos combates en Chocó y Cauca, entre el ELN y otros grupos armados ilegales, que causaron afectación a la población civil.

Sin embargo, en un momento en el que el país está intentando ganarle tiempo al virus para proteger la vida de los ciudadanos, fortalecer el sistema de salud y generar las condiciones para una reapertura sectorizada de la economía, el ELN reaparece para acusar al Gobierno nacional de ser “sordo y ciego ante la tragedia humanitaria que está padeciendo el pueblo colombiano”. Recrimina, pero desoye los llamados que le formularon Naciones Unidas, la Campaña Colombiana Contra Minas, la Conferencia Episcopal y la Comisión de la Verdad, entre otras entidades, para que prolongaran su cese el fuego y lo hiciera indefinido, suspendiendo el uso de minas antipersonal y artefactos explosivos, que están volviendo a sembrar en distintas zonas rurales del país, tal y como lo denunció a EL HERALDO, el Defensor del Pueblo, Carlos Negret.

El propio Negret se sumó a los llamados de distintos sectores para que el ELN y otros actores armados no estatales pongan fin a la arremetida violenta que mantienen en territorios de la Colombia profunda, donde siguen librando una lucha a muerte por el control de las economías ilegales, que se traduce en amenazas, restricciones a la movilidad, atentados y homicidios selectivos contra la población civil, especialmente líderes sociales y defensores de derechos humanos.

En un desprecio infinito por la vida de los habitantes de las comunidades más vulnerables, que dicen defender, estas organizaciones criminales siguen infringiéndoles un daño enorme, mucho mayor ahora que están confinadas en la ruralidad y sin posibilidad de acceder a servicios de salud o suministro de alimentos y medicinas en centros urbanos. En algunos casos, no están pudiendo recibir ningún tipo de asistencia humanitaria que mitigue su sufrimiento porque a los ‘todopoderosos’ señores de la guerra no les da la gana de dejar pasar estas ayudas.

En tiempos de la pandemia, el conflicto armado no se ha detenido en la Colombia invisible, en esos territorios distantes e ignorados desde siempre por el resto del país, en los que los criminales irrespetan los mínimos principios de humanidad y deciden atacar una misión médica, como ocurrió en zona rural de Tumaco, Nariño.

Mientras millones de personas se concentran en intensos debates políticos y económicos, sobre cómo preservar la vida y la salud, garantizar la reapertura gradual de la economía, enfrentar las consecuencias de la pospandemia o simplemente imaginan cómo se van a reencontrar con todo lo que dejaron atrás cuando esto acabe; habrá otros millones de personas que seguirán tratando de hacer lo que siempre han hecho: sobrevivir a la guerra, al hambre, a las enfermedades, a la indolencia y al abandono. Comunidades a las que el ELN debería tener en cuenta para extender su cese el fuego y darle, una vez más, una oportunidad a la paz. Grandeza humana.

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