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El Editorial | Por un futuro verde

Colombia estrena un nuevo código de colores para gestionar de mejor manera los residuos sólidos, reciclando y aprovechando las materias primas. Una decisión acertada para generar conciencia frente a la contaminación y el cambio climático.

Comenzó a regir en todo el país el nuevo código de colores para la separación de residuos sólidos con el que se busca simplificar el proceso de reciclaje mediante el uso de bolsas o recipientes de tres colores para depositar el material, según su tipo: blanco para residuos aprovechables limpios y secos; negro para los no aprovechables como papel higiénico, servilletas o cartones contaminados con comida y los residuos covid; y verde para los residuos orgánicos aprovechables.

Un paso más en el camino de construir, a nivel individual y colectivo, mayor conciencia ambiental con compromiso ciudadano y voluntad política, mientras se fortalece la responsabilidad de los prestadores de servicios de recolección, aprovechamiento y tratamiento de residuos. Hay que trabajar entre todos para incrementar la separación de material en la fuente con el fin de que éste pueda ser reincorporado a los ciclos productivos, uno de los grandes objetivos de la economía circular apuntando a una verdadera sociedad del reciclado donde se reduzca la producción de residuos y el desperdicio de materias primas.

El actual modelo de la economía lineal de comprar, usar y tirar es insostenible y al paso que vamos los recursos naturales se agotarán cada vez más rápido, así que aprender a gestionar los residuos sólidos es fundamental. En Colombia, donde se producen más de 12 millones de toneladas de residuos al año, se recicla solo un 17% en promedio y apenas se aprovecha un millón de toneladas. En otras palabras, el 78% de los hogares del país no recicla ni reutiliza elementos que podrían ser aprovechables, incluso en sus propios entornos.

Garantizar un futuro más sostenible y verde consiguiendo un adecuado equilibrio entre el crecimiento económico, el cuidado del medio ambiente y el bienestar social constituye una prueba moral en la que la humanidad sigue haciéndolo muy mal porque no cumple los compromisos adquiridos para disminuir el calentamiento global. Por el contrario, la contaminación causada por los elevados niveles de dióxido de carbono marcó un nuevo récord en 2019, y, a pesar del confinamiento por la pandemia, en 2020 la reducción sería de solo un 7%, lo que no representa una contribución decisiva para el objetivo de bajar las emisiones de CO2 en 2030.

No hay vacuna para un planeta al que dañamos a diario, y si no se alcanza la neutralidad de las emisiones de carbono la temperatura continuará subiendo, lo que desencadenará efectos incluso más catastróficos que los del coronavirus. Resulta desalentador que hoy los países más poderosos del planeta, en vez de invertir miles de millones de dólares en programas de recuperación económica para estimular a los sectores ligados a la producción y consumo de energía baja en emisiones de carbono lo hagan en aquellos vinculados a los combustibles fósiles.

Se está perdiendo una oportunidad invaluable para “transformar la relación de la humanidad con la naturaleza y entre los mismos seres humanos”, como advierte Naciones Unidas, que pide apostar por las energías renovables y una acción climática decidida que sea catalizadora de millones de nuevos empleos, mejor salud y una infraestructura resistente.

Frente a tantos asuntos urgentes por la emergencia sanitaria, ningún gobierno, entidad pública o privada, instituciones financieras, sectores del transporte marítimo, la aviación o la industria, y, por supuesto, los ciudadanos deben relegar a un segundo plano la trascendental lucha contra el cambio climático. Los recursos destinados a la recuperación de la pandemia deben ser dirigidos a financiar proyectos e iniciativas verdes para avanzar en una transición justa que disminuya las emisiones mundiales de dióxido de carbono en un 45% para 2030 en relación con los niveles de 2010.

Colombia ha reiterado su compromiso en cumplimiento del Acuerdo de París a través de una estrategia de largo plazo para alcanzar carbono-neutralidad en 2050. Una meta ambiciosa que exige actuar inmediatamente y tomar decisiones hoy mismo. Así que, ¿por qué no empezar cambiando la forma en la que se gestionan los residuos sólidos en casa con el nuevo código de colores?

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