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El Editorial | La covid persistente exige atención

La covid-19 es una patología multisistémica que amenaza la vida de los pacientes, incluso tras haberla superado. Hacerle frente a sus secuelas requiere un abordaje integral multidisciplinario permanente que demanda atención en salud mental y rehabilitación.

Mayo se convirtió en el mes más letal desde la irrupción de la covid-19 en Colombia, con 15 mil fallecidos, por el extendido tercer brote que sigue sin tocar techo en el centro y suroccidente del país. No obstante, también marcó el ansiado despegue de la vacunación con un promedio de 238 mil dosis diarias durante la última semana, lo que fue definitivo para superar los 10 millones de dosis aplicadas al cierre del quinto mes del año. Estos datos a todas luces opuestos, por ser sinónimos de muerte y esperanza, reflejan los desafíos pendientes en la contención del virus, luego de 452 días de pandemia y 105 de inmunización en el territorio nacional.

Uno de los retos más urgentes es asegurar la atención de los pacientes con secuelas. En Barranquilla y municipios del Atlántico – donde el momento epidemiológico por el descenso de las hospitalizaciones e ingresos en unidades de cuidados intensivos confirma el control del tercer pico, tanto que las autoridades levantaron las alertas en la red hospitalaria del Distrito y el departamento normalizando la prestación de los servicios de salud–, se deben abordar las necesidades de un considerable sector de población que, luego de sobreponerse a la enfermedad, todavía se encuentra en grave riesgo, inclusive de muerte.

Estudios indican que un año después de superar el virus más de la mitad de los pacientes con síntomas leves o moderados, además de los más graves, continúa padeciendo secuelas, que van desde las afecciones respiratorias hasta las cardiovasculares, pasando por las neurológicas. Además, afrontan deterioro de su salud mental con recurrentes trastornos del sueño, depresión y ansiedad, lo que se traduce en peor calidad de vida y serias dificultades para relacionarse con los demás. Investigadores asocian la condición de covid persistente a factores vinculados con la edad, sobre todo en las mujeres, y con la aparición de entre cinco y siete síntomas de la enfermedad. Estos hallazgos confirmarían que el virus no desaparece, como se creyó inicialmente, al terminar la fase aguda de la infección. Sin embargo, aún se necesitan análisis más profundos para obtener evidencia científica y determinar qué produce estas consecuencias en el organismo: si el virus se queda ‘dormido’ o latente en el cuerpo, o si las secuelas constituyen efectos directos o indirectos de la infección.

Evitar que la fatiga, los mareos, el insomnio, los dolores articulares, musculares o en el pecho, entre otros padecimientos, se cronifiquen tornándose en patologías incapacitantes a largo plazo para sus portadores, al margen de su edad o género, exige la rápida adaptación de los sistemas de salud público y privado, convocados a realizar un seguimiento permanente de los afectados. Reivindicar la condición de estos pacientes mediante un diagnóstico oportuno de sus constantes síntomas para ofrecerles atención adecuada es fundamental en su proceso de acompañamiento hasta vencer el virus. Si nuestros profesionales sanitarios no conocen el alcance de la covid persistente ni cuentan con una guía para gestionar, abordar y tratar a los enfermos con esta diversidad de síntomas, no podrán diagnosticarla y tendremos centros de salud, clínicas y hospitales repletos de personas quejándose de dolencias físicas, y sobre todo de una desatención en su salud mental y malestares emocionales que los mantendrán, con toda seguridad, alejados de sus habituales actividades familiares, sociales y laborales.

En sus diferentes contextos, las secuelas son complejas e incluso inesperadas. Alcanzan a pacientes sin distingo. Los que salen de ucis tras dar largas batallas son los más expuestos, pero también los asintomáticos corren riesgos. Tomarse un tiempo prudente para recuperarse acudiendo a rehabilitación si se requiere o a terapias de salud mental es lo más conveniente para prevenir desenlaces desafortunados. Ante la falta de tratamientos específicos para la covid persistente, acompañar a los pacientes con un equipo interdisciplinario atento a su evolución tendría que establecerse como la hoja de ruta a seguir para minimizar futuros impactos.

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