Editorial

Duque, una salida por la puerta de atrás

Termina el mandato del presidente Iván Duque en medio de cuestionamientos por los alcances de su gestión en distintas áreas. En el balance final de su relación con Barranquilla, el Atlántico y el Caribe son evidentes las promesas y anuncios sin cumplir que exigen actuar con celeridad para conjurar fracasos.

Nada más cierto que cada quien habla cómo le va en el baile. Las melodías interpretadas por la orquesta que hoy se despide, bajo la batuta de Iván Duque, habrán gustado más o menos. Pero, buena parte de ellas ratificaron las habituales y no por eso menos antipáticas disparidades en la entrega de recursos que han causado enormes sinsabores en el Caribe colombiano. La exultante imagen de la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, condecorando al saliente jefe de Estado, durante la firma del convenio de cofinanciación que aseguró casi 41 billones de pesos para proyectos de movilidad en la capital del país, contrasta con la inocultable preocupación de autoridades, representantes de gremios y congresistas de Barranquilla, Atlántico y el resto de la Costa. Una vez más nos quedamos con las manos vacías, cuando tanto se esperó hasta el último minuto. Situación extremadamente frustrante. Así de simple. ¿De verdad nos extraña?

No se precisan de lúcidas reflexiones para entender que la gestión política, independientemente de su origen o destino e incluso de las sobradas capacidades, severas falencias o actitudes erráticas de sus protagonistas dista mucho de ser justa o equilibrada. Quizás por ello, la desafección de las personas con la clase política, tanto la nacional como la local, va en aumento. Nuestra dirigencia, lo ha demostrado de distintas maneras, no ha sido capaz de hacer más de lo que le toca, mucho menos cuando se le demanda un esfuerzo titánico para superar la absoluta desconexión que en ocasiones mantiene con sus gobernados. Cada vez son más las personas de a pie que, mientras deben lidiar con la descomunal carga de sus dificultades diarias, se estrellan de frente con el impúdico triunfalismo de quienes exhiben niveles de confianza tan contraproducentes que hasta terminan por nublarles la razón.

Iván Duque, el presidente más joven de la historia reciente del país, termina el mandato que inició el 7 de agosto de 2018 con uno de los niveles de aprobación más bajos de los que se tenga memoria. “Hemos cumplido con la meta de transformar positivamente a Colombia”, una de las frases pronunciadas en su discurso ante el Congreso de la República el pasado 20 de julio, desató controversia. No es para menos. Sin la menor autocrítica frente a asuntos sensibles como el aumento de la violencia rural o la inseguridad urbana, la profunda división política o los escasos resultados en la lucha contra la corrupción, el hasta hoy jefe de Estado –en sus últimas intervenciones– se dedicó a poner el acento solo en los hechos que le resultaron convenientes, lo cual no es exótico. Es el clásico devenir político. La pandemia, y sería injustificado no reconocerlo así, disparó muchos factores, algunos tangibles, otros inducidos, relacionados con la pobreza, la desigualdad, la polarización o el pesimismo, en especial entre los jóvenes, que lo pusieron contra las cuerdas. El estallido social sin precedentes en el país deterioró aún más su relación con grupos que siempre le cuestionaron su tardía e indolente reacción frente a los acontecimientos.

En el no siempre equilibrado ejercicio del haber y del debe, que en este caso resulta mucho más abultado en el imaginario popular, también se tienen que incluir pasos hacia adelante como la inmunización contra el covid, la matrícula cero en universidades públicas, el Estatuto Temporal de Protección para los migrantes o el Sistema Nacional de Áreas Protegidas. Duque gobernó no solo de espaldas a la ciudadanía, uno de los muchos reclamos desde la Colombia profunda. También lo hizo lejos de sus otrora aliados políticos que nunca se lo perdonaron, al punto de dejarlo solo en momentos críticos. Sometido a un escrutinio implacable y hasta grosero, instalado en el debate público, en particular en el digital, el presidente en su laberinto se fue distanciando hasta perder cercanía con su entorno. Hoy cuesta reconocer cuál es la impronta por la que será recordado a nivel nacional, porque en la Costa lo tenemos claro: Duque le falló a la región Caribe frente a proyectos clave en términos de infraestructura, de transporte y conectividad, imprescindibles para asegurar competitividad, empleo e ingresos dignos.

Señor Duque, en su visión de país transformado, ¿dónde quedó la equidad que defendía para la Costa? Sus incumplimientos podrían ahondar las insondables brechas que nos separan de la Colombia más desarrollada, lo que tendría devastadores efectos para sus habitantes más vulnerables. Frente a este temor, justicia social. Reclamarla al unísono al nuevo Gobierno, liderado por Gustavo Petro, un costeño que ha reconocido su deuda con la región que impulsó su histórico triunfo, es prioridad para conjurar más fracasos y frustraciones. Para mañana es tarde. Duque ya es pasado. Mirar al futuro es lo que toca.

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