La historia de don Martín Mestre Yúnez resulta tan sobrecogedora que merece la pena ser contada todas las veces que sea posible. Primero, porque es la mejor forma de rendir tributo a la memoria de su amada niña, Nancy Mariana, torturada, violada y asesinada por Jaime Saade Cormane y su manada de depredadores sexuales en la madrugada del 1 de enero de 1994, en Barranquilla, cuando la estudiante de último grado de bachillerato tenía 18 años.

Y segundo, porque la admirable gesta heroica de este padre coraje que decidió aferrarse a su autopromesa de justicia, en vez de a un malsano deseo de cobrar venganza por derecho, que lo seducía en sus noches de desvelo para que se convirtiera en una especie de Rambo del trópico, nos alecciona sobre el talante moral de un ser humano intachable, único e irrepetible que supo conjugar el extravío de su inenarrable dolor con una fe inquebrantable.

Solo así, bebiendo a grandes sorbos el elíxir de esperanza por la verdad que el inextinguible amor hacia Nancy, y no el descomunal odio hacia Jaime, le proporcionaba, Martín fue capaz de soportar más de dos décadas de desvaríos de nuestro sistema judicial, convenciéndose a diario de que el abismo de impunidad que lo acechaba no tendría la última palabra. Tanto consiguió con su brillante estrategia de inteligencia naval este ‘astronauta de tierra firme’, como Gabo lo bautizó 23 años antes del crimen, que el ímpetu de su fortaleza debería condensarse en un manual de resistencia contra la vorágine del olvido que todo lo devora.

De momento, un libro, revelador e intenso, que en 15 capítulos y un epílogo sublime, como el inconmensurable amor de una madre, retrata —como nunca antes— la historia no contada de los Mestre: Martín, Nancy, Martín Eduardo y Nancy Mariana. ‘Una lucha contra el olvido’, de Editorial Planeta, es de principio a fin una oda a la búsqueda de justicia, de verdad, de humanidad, que en un comienzo les fueron tan esquivas a esta familia, víctima de una cadena de injusticias imposibles de entender. Salvo si se extrapolan al ponzoñoso entramado de complicidades maquiavélicas que ha sostenido, desde el mismo instante del asesinato de Nancy Mariana, una cadena de mentiras, bellaquerías e infamias para comprar impunidad, tanto en Barranquilla como en Brasil, a donde el criminal huyó para esconderse.

Narrado en primera persona por Martín, el padre al que mataron no una, sino dos e incluso más veces, cuando la Justicia con sus fallos adversos le asestaba una nueva estocada a su noble corazón de guerrero, y magistralmente escrito por el periodista sincelejano Juan Guillermo Mercado, la obra —a manera de documento histórico— profundiza en verdades ocultas e incómodas que confirman lo que siempre ha sido un secreto a voces en la ciudad: Jaime no actúo solo. Su manada de delincuentes sexuales, que también estaría vinculada con el narcotráfico, es perfilada en el libro que revela el relato de una testigo de excepción, a la sazón pensionada en la casa de los Saade Cormane que 30 años después lo cuenta todo.

Pese a la aflicción de cada nuevo revés y sin espacio para dejar reposar los dolores del alma, Martín, Nancy y Martín Eduardo seguían adelante. Admirable. ¿Cómo lo hacían? No cabe duda de que Nancy Mariana orientaba sus pasos, guiándolos hacia las personas adecuadas: desde el escuadrón de amigos que rodeó a su padre para ubicar a Saade en Belo Horizonte hasta el grupo de trabajadoras domésticas comandado por la inefable Celmira que recopiló los datos para ubicar al asesino, pasando por el coronel Jorge Serna, director de Interpol Colombia en 2019, quien dignificó el contenido de la vieja carpeta de Martín que guardaba recortes, documentos, retratos y cartas. Empatía, dirán algunos; respeto por el dolor humano que clama justicia, dirán otros. Sin su crucial gestión, la prescripción habría llegado.

En el imbatible ejército de corazones solidarios que la bondad de Martín Mestre reclutó, sin apenas saberlo, destacan —aparte de Juan Guillermo, el escritor del libro— dos abogados notables. En Barranquilla, Raúl Romero del Río, oficial de la reserva de la Armada, como Martín, y en Washington, Margarita Sánchez, quien abrió una ventanita cuando parecía que la extradición era inviable. Por el misticismo indescifrable de esta historia, asumieron como propia la causa para convertir a la niña de Martín en una víctima universal de feminicidio, atroz delito que no debe prescribir, como se busca —vía ley— en el Congreso de Colombia.

Como buen marino, Martín ató cabos durante años para poner tras las rejas al asesino de su hija del alma, de su consentida. Y nos enseñó cómo hacerlo. Sigamos, pues, escarbando hasta hallar la totalidad de la verdad histórica que derive, al menos, en un castigo moral para el resto de responsables. Imaginemos un futuro distinto en el que se reescriba el final de esta historia de valentía y coraje que EL HERALDO acompañó desde el día uno. Este no es el fin, si acaso el inicio de nuevas luchas contra los asesinos, agresores y abusadores de mujeres, en las que confiamos en que surjan más héroes como don Martín Mestre y más ángeles que entiendan que el vacío que provoca la impunidad equivale a condenar el alma.