El 2025 fácilmente podría pasar a la historia como el año más complejo para la diplomacia y las relaciones internacionales de Colombia, sobre todo con su principal aliado político y socio comercial, Estados Unidos. Y es que no han sido pocos los agrios desencuentros entre los mandatarios Gustavo Petro y Donald Trump, ubicados en espectros ideológicos completamente opuestos, pero con grandes similitudes en su manera de gobernar y de comunicar: marcado personalismo, el uso excesivo e indiscriminado de las redes sociales, desenfreno en el lenguaje, casi que una ‘diarrea’ verbal que los lleva a cometer muchas imprudencias y encender fuegos y conflictos por doquier con sus palabras, escritas o pronunciadas.

Solo bastaron seis días de la posesión del mandatario estadounidense en enero de 2025 cuando desde la Casa de Nariño su homólogo colombiano le dio la bienvenida con la negativa de recibir el avión con migrantes deportados esposados y de inmediato desde Washington la respuesta fue un incremento del 25 % en aranceles a los productos colombianos y revocó visas a varios funcionarios del Gobierno nacional. Afortunadamente la crisis se resolvió rápidamente en cuestión de horas, pero anticipó lo que sería el resto de un año agitado para las cancillerías y los equipos diplomáticos de las dos naciones con una relación de más de 200 años de historia.

A partir de allí no paró la lluvia de insultos y toda clase de epítetos de lado y lado, desde criminal, narcotraficante, hampón, matón, monstruo, senil, loco, fascista, de todo se han dicho los hombres llamados a proteger los intereses de los ciudadanos y territorios que gobiernan.

Mucha agua ha pasado debajo del puente en la relación entre Bogotá y Washington. Pero lo cierto es que en esa batalla, desigual por naturaleza propia, Colombia por supuesto siempre llevará la peor parte por la dependencia comercial y las ayudas que ha perdido para programas sociales, de desarrollo, pero sobre todo para la lucha contra las drogas, el mayor dolor de cabeza del país y lo que mantiene en jaque la seguridad nacional por la multiplicación de los grupos criminales que se disputan las rentas ilegales.

Llamados a consultas, incrementos de aranceles que han quedado, por suerte, en amenazas, retiro de visas, descertificación del país en la lucha antidrogas, recorte de ayudas y por último la inclusión en la Lista Clinton del presidente colombiano –además de su esposa, de su hijo mayor y de su ministro del Interior– son las consecuencias de una larga lista de diatribas y conflictos diplomáticos que se agravaron el día que Gustavo Petro decidió sumarse a una protesta en las calles de Nueva York en favor de Palestina y allí llamó a los soldados estadounidenses a desobedecer a su comandante en jefe, Donald Trump.

En fin, la cereza del postre llegó con el 2026 y la captura de Nicolás Maduro, cabeza del régimen en Venezuela. Los cuestionamientos del presidente Petro resonaron en Trump, quien le advirtió que debía “cuidar su trasero” y que no descartaba que el siguiente fuera él.

Por la divina gracia, por temor, por estrategia electoral o por un un repentino ataque de serenidad y sabiduría que ojalá se mantenga hasta el fin de su mandato el 7 de agosto, el mandatario colombiano sostuvo oportunamente un diálogo directo por primera vez con su partner, quien también, cualquiera que sea la razón que en el fondo lo ha movido, se dispuso a escuchar y los dos concertaron verse pronto en la Casa Blanca.

Finalmente parece haber un poco de sosiego y de calma en las aguas diplomáticas de Colombia y Estados Unidos. Ahora más que nunca se necesita, con la incertidumbre del camino que comienza a recorrer Venezuela, este diálogo directo que aunque tarde se torna muy valioso para Colombia y para la región, y debe ser respaldado y aplaudido por todos los sectores políticos del país.

Ya era hora de dejar de apagar incendios con fuego. Bienvenida la diplomacia tradicional –el embajador García Peña abonó el terreno por 4 meses y encontró eco en el senador republicano Rand Paul–. Que tanto Trump como Petro dejen sus celulares, su espíritu beligerante y de contienda de lado, para comenzar a dialogar y encontrar puntos de convergencia e intereses comunes. No puede ser flor de un día.