Tan grave es la amenaza del mandatario de Estados Unidos, Donald Trump, quien aseguró que no descarta ordenar una operación militar contra el presidente Gustavo Petro, como la respuesta que le dio el jefe de Estado colombiano, quien considera volver a tomar las armas —si es necesario, como en su etapa de guerrillero— para defender la soberanía de la nación.
En semejante choque de egos con riesgos tan evidentes, cabe preguntarse: ¿a dónde nos conducirá esta desbocada confrontación verbal que sobrepasó la línea del sentido común?
Lo primero es que la política exterior no se edifica a la brava ni a punta de trinos. Las crisis entre países, que en ocasiones son inevitables, se tramitan a través de canales diplomáticos, con diálogo, firmeza institucional y prudencia estratégica. Defender la soberanía nacional no significa teatralizarla. Los mesías del populismo político, los de izquierda y de derecha, suelen hacerlo con pasmosa frecuencia, como parte de su libreto de totalitarios perfectos.
Exponer a millones de personas a una crisis inédita a causa de reflejos populistas —desde Washington o desde Bogotá— es, por decir lo menos, irresponsable. Lo de las últimas horas no solo es un cruce de declaraciones destempladas, que sin duda lo es; también retrata una inquina mutua que, si no se contiene por los cauces oficiales, puede erosionar la estabilidad institucional, deteriorar relaciones estratégicas, normalizar las amenazas y, todavía peor, las agresiones, como herramienta de las relaciones internacionales. Sabemos que cuando el lenguaje se radicaliza, la diplomacia acaba por encogerse y el margen de error se amplía.
La narrativa de Trump es delirante. Insiste en acusar a Petro de ser el señor de “los molinos o de las fábricas de cocaína” en Colombia, sin aportar pruebas, degrada el lenguaje político hasta el insulto cuando le pide que “se cuide el trasero” y deja abierta la posibilidad de una operación similar a la ejecutada contra el dictador Maduro en Venezuela.
Ese discurso viola los principios básicos del derecho internacional e instala la lógica de intimidación del matón o el más fuerte que debilita normas del sistema global. Convertir sospechas en sentencias públicas y amenazas en opción política nos lanza a un abismo donde la fuerza suple a la ley.
Lejos de desescalar el ambiente, Petro responde con su usual lenguaje provocador, asume la bravata de su homólogo como una afrenta personal y acude a desafortunadas referencias sobre el conflicto armado para justificarse, lo que al final enrarece aún más la situación.
Al poner a Colombia como el escudo de su defensa o cruzada individual, confunde la legítima protección de la soberanía con un vacuo ejercicio de personalismo. Su alarde de valiente no contribuye en nada a calmar las aguas cuando lo que se necesita es cabeza fría y diplomacia.
En esta espiral retórica se hace indispensable subrayar que Colombia es un país soberano y democrático. No es Venezuela. Aquí no hubo un fraude electoral que vaciara de legalidad las urnas ni gobierna un presidente ilegítimo que se negó a mostrar las actas. Petro ganó en unas elecciones libres y, nos guste o no su gestión, su mandato —que termina el 7 de agosto— está amparado por la Constitución.
En consecuencia, amenazar a un presidente electo con una intervención de fuerza se convierte en un atropello que ningún demócrata debería cohonestar. Las palabras crean expectativas y justificaciones.
En un contexto de tensiones internas, basta una inadecuada interpretación o un gesto simbólico mal leído para desencadenar una crisis mayor. La experiencia venezolana demuestra cuán rápido se pasa del discurso a los hechos cuando se degrada el lenguaje y se cierran todas las vías políticas.
El caos del vecino ofrece una lección que, a día de hoy, no admite frivolidades. Colombia no puede aceptar que la defensa de sus intereses se instrumentalice con tintes electorales.
Somos una democracia con serios problemas: seguridad, narcotráfico, gobernabilidad, que debe encararse con políticas públicas eficaces y cooperación internacional, no con desafíos públicos que debilitan alianzas clave. Por tanto, el llamado es a la política, no a la improvisación armada que reclama Petro y su entorno para fortalecer su apuesta electoral.
Estados Unidos desafía al mundo e intenta imponer un orden internacional arbitrario, sin reglas ni límites, con intervenciones legitimadas por conveniencia. Cordura. Si se cruza ese umbral, todos perdemos. La democracia, primero.
Ni el insulto de Trump ni la arrogancia de Petro son tolerables. Contenerlos no es una señal de debilidad, sino de responsabilidad. La única respuesta sensata es bajar el tono, activar la diplomacia y proteger lo esencial en un Estado de Derecho, como el nuestro: cuidar la soberanía, la institucionalidad y la paz. Porque cuando la política abandona la razón, la gehena de la tiranía queda demasiado cerca.







