Editoriales |

Universidad o botín

Todos los sectores están llamados a cerrar filas en torno a Uniatlántico y contribuir a consolidarla como alternativa de formación de calidad para los jóvenes del Departamento, para que supere las amenazas de convertirse en fortín político y económico.

La Universidad el Atlántico fue fundada con el propósito de ofrecer una alternativa de educación pública a los jóvenes bachilleres de la región, que hacia los años 40 del siglo pasado tenían que migrar a otras ciudades, principalmente Bogotá y Tunja, para obtener un título profesional.

Ese sueño, que en principio ideó el filósofo y escritor Julio Enrique Blanco,  se consolidó finalmente en 1946, luego de unas primeras aproximaciones formativas que prepararon los contingentes de técnicos y operativos que en ese momento estaba necesitando la industria regional.

Desde entonces han transcurrido 69 años, en el marco de las tensiones y conflictos propios del país que, sin embargo, no apocaron los aportes que no tardaría mucho en hacer la naciente institución.

Con las facultades de Comercio y Finanzas, Química y Farmacia, Ingeniería química y la Escuela de Bellas Artes, la Universidad empezó a figurar en el universo académico nacional.

Los artistas e ingenieros químicos que por entonces tenían el reconocimiento del país, eran los de La Atlántico, para solo citar dos de sus fortalezas, que por lo demás estaban amparadas en un sello humanístico sobre el que los fundadores mantuvieron un celo constante.

De repente todo cambió. Y mientras la Universidad se fue convirtiendo en un fortín político de los caciques de turno, la calidad académica entró en un proceso de deterioro. Para los grupos partidistas que se peleaban el dominio de la institución resultaba un gran atractivo los más de 23 mil estudiantes que indican los registros oficiales y un copioso presupuesto que no más este año supera los 290 mil millones de pesos; pero poco o nada les importó la proyección académica.

Hoy, la Universidad ofrece las mismas carreras de hace 30 años y la oferta de postgrado es la más pobre de la región, por decir lo menos.

Mientras en aras de la excelencia formativa las instituciones de educación superior buscan cualificar su planta de profesores para agregarle gestión de conocimiento a las clases, al menos un 30 por ciento de los docentes de planta de la alma mater apenas detenta título profesional o de especialista.

Y en materia de investigación, otro elemento referente de la calidad, solo uno de sus 50 grupos se encuentra escalafonado en la máxima categoría del sistema nacional de ciencia y tecnología.

La Universidad, por tanto, parece ubicada en un cruce de caminos: o escoge el académico que pondrá la formación en los estadios que su comunidad y la sociedad misma están demandando, o insiste en los intereses politiqueros que de alguna forma la estuvieron gobernando.

La gestión de la exrectora Ana Sofía Mesa dio pasos notables en el primer sentido, pues saneó financieramente la institución y acabó con una serie de costos laborales que pesaban sobre la inversión y el desarrollo profesoral y estudiantil.

Pero la escogencia del nuevo rector ha encendido las señales de alarma, especialmente por las argucias politiqueras que, según denuncias de distintos sectores, han intervenido en la confrontación entre los candidatos. En una primera instancia parecía interesante que los aspirantes representaran a todos los sectores protagonistas, vale decir, profesores y estudiantes, exrectores, gobierno departamental, gremios económicos. Recientemente la representante del sector productivo renunció, aduciendo falta de garantías.

A su vez, seis miembros  del Consejo Superior pidieron la dimisión del actual rector encargado, Rafael Castillo, porque entienden que está jugando con ventajas al ocupar el cargo y aspirar a ser nombrado en propiedad.

Luego de la orden del Tribunal Administrativo que de momento mantiene paralizado el proceso de elección, el temor por manejos mezquinos ha surgido nuevamente en la Universidad. Cuando todos deberían contribuir a fortalecer la alma mater para que pueda corresponderle a las dinámicas de la región y el departamento y generarles oportunidades a los 26 mil bachilleres que todos los años frustran su intención de ingresar a la institución, hay quienes la siguen viendo simplemente como un botín.

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