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Jairo Parada, PhD en economía de la universidad de Missouri-Kansas.
Jairo Parada, PhD en economía de la universidad de Missouri-Kansas.

Entrevista con Jairo Parada

“El capitalismo moderno solo funciona para el 5% más rico”: Jairo Parada

El titulo es:“El capitalismo moderno solo funciona para el 5% más rico”: Jairo Parada

Temas tratados

El economista barranquillero Jairo Parada diserta sobre las tensiones actuales de la democracia y el capitalismo, como el régimen “menos malo que hemos inventado”.

No son los mejores días de la democracia. Ni los del capitalismo. La gran recesión la sufrieron, la sufren ambos. Propusimos a Jairo Parada Corrales, economista con estudios de maestría en la Universidad Nacional de aquí y la de Illinois, allá, y además PhD en economía de la Universidad de Missouri-Kansas, un diálogo sobre las incertidumbres políticas y los peligros  económicos del Occidente contemporáneo. De alguna   manera, de todo el planeta.  “De nada sirve que votes y elijas si tu situación no mejora”, dijo Parada durante el interrogatorio. Y agregó: la  historia “progresa a tientas, ensaya, se equivoca, se devuelve” (…) Y algo más rotundo: “el capitalismo moderno solo funciona para el  5% más rico.” Esta fue la  conversación.

P. El formidable tamaño de la crisis financiera de 2008 no provocó interpretaciones imaginativas sobre lo que había ocurrido. A lo sumo descubrimos que Keynes no había muerto a pesar de todo. Y que sus fórmulas de ajuste a la economía seguían siendo la receta para sobrevivir al delirio neoliberal. ¿Qué nos pasó?

R.

Sin duda, la crisis de 2008 no fue solo una recesión más, pues se calificó como la Gran Recesión, ya que el mundo estuvo al borde de repetir la crisis de 1929, calificada como la Gran Depresión. Afortunadamente, ya John M. Keynes había dejado su legado y los economistas sabían cómo enfrentar esta crisis, a pesar de la ortodoxia dominante desde los años 80. Este evento no fue causado simplemente por un error de Greenspan en la Reserva Federal de los Estados Unidos, al no subir anticipadamente la tasa de interés de intervención, sino fue la manifestación clara de que vivíamos en la era de los “money managers”, señalada por Hyman Minsky, referida a esta fase del capitalismo donde el sector financiero controla como nunca las cumbres de la economía mundial. En esta fase de acumulación, el capitalismo se vuelve especulativo en grado extremo y con sus innovaciones financieras va perdiendo el nexo con la economía real, hasta que una suerte de efecto Ponzi se tomó la economía norteamericana con las hipotecas “subprime”. Se fueron desmontando las regulaciones establecidas desde la época de Roosevelt abriendo boquetes peligrosos entre el capital especulativo y el capital bancario. Fue el fracaso pleno de la teoría de la autoregulación de los mercados, predicada desde los 80 por el neoliberalismo, lo cual lamentablemente no se ha reflejado en los programas de enseñanza de la Economía, pues se sigue enseñando lo mismo (teoría neoclásica), y se ignora la vigencia del pensamiento keynesiano. Sin embargo, los paradigmas no cambian fácilmente, y seguimos bajo las mismas recetas ortodoxas, a pesar de las novedades de Donald Trump. El Neoliberalismo ha sobrevivido a la crisis, como lo explica muy bien Philip Mirowsky en su libro  ‘Nunca desperdicies una buena crisis’, pues sigue siendo el programa económico de las élites financieras, al favorecerlas.

P. Esa misma crisis demostró que el Estado, convertido en un leviatán capaz de estropear la vida de las naciones, tampoco había muerto. Hoy ya sabemos lo que sabíamos de siempre: que no hay mercado sin estado, sin instituciones y sin instrumentos. ¿Podemos pensar en un olvido intencional de saberes elementales?

R.

No creo que se trate de un olvido intencional de saberes elementales, sino más bien de una profunda convicción de que los males del capitalismo moderno provenían de la excesiva regulación del estado, discurso que se repite hoy con Trump. Hoy sabemos, después del fracaso de las recetas neoliberales en los 90, que no solo se necesita más mercado sino también más estado. Tal vez reconocemos los problemas de la excesiva estatización, como lo ha sido el caso de Cuba y el desastre venezolano, pero la salida práctica a este problema parece ser que el estado es necesario en muchas esferas, no solo en el asistencialismo en salud y educación como se practica en Colombia, sino como actor fuerte del desarrollo económico. Los chinos lo han entendido bien con su famosa formula “socialismo en la política” y “capitalismo en la economía”, pero aún el 55% de la economía china es estatal. Como dice Foucault, el neoliberalismo vuelve al individuo “empresario de sí mismo”, y si es pobre es porque ha tomado malas decisiones, no por razones estructurales de poder y capital. Si se es informal, es porque se decide ser informal, etc. No hay duda que en Colombia, en el posconflicto, lo que necesitamos es más estado. Sin embargo, este estado debe ser liberado de las tenazas del clientelismo y la corrupción, a través de procesos políticos. De lo contrario, eleva las cargas para los ciudadanos y estos no ven reflejados sus impuestos en la inversión del estado y en los programas públicos.

P. La caída del muro de Berlín era solo la caída del muro de Berlín. Un acontecimiento, sin duda, que, sin embargo, no servía para inferir el fin de la historia, el triunfo definitivo del capitalismo ni la ilusión de un mercado perfecto. Era el fracaso del comunismo Stalinista, no el advenimiento de paraísos y nirvanas. ¿Qué estimuló esa desmesura peligrosa?

R.

La caída del muro de Berlín generó la ilusión de Fukuyama de “El fin de la Historia”: el capitalismo, combinado con el estado democrático universal, resolvía por fin las necesidades del hombre. Ya no necesitábamos inventar más formulas. Sin embargo, desde los 90, hemos asistido a una realidad mundial muy compleja, donde lo que se observa en el mundo es una combinación creativa de modelos, tradiciones y experiencias, dentro del mismo capitalismo incluso, que distan de estos esquemas simplistas. La historia humana no es teleológica, no avanzamos hacia la felicidad, sino que la sociedad humana progresa a tientas, ensaya, se equivoca, se devuelve, toma senderos inexplorados y reinventa lo existente. El marxismo stalinista hizo mucho daño al suponer que el mundo avanzaba por “las leyes de la historia” hacia el socialismo y el nirvana del comunismo. Hoy sabemos que no es así, que hay caminos diferentes, que el “socialismo real” fracasó, que todavía debemos usar el capitalismo pues nadie ha inventado algo mejor, pero el ser humano sigue explorando. No hay leyes en la historia. Solo tendencias. El capitalismo no es el fin de la historia, y ya hemos entrado en lo que Paul Mason llama el “Post Capitalismo”, con base en los retos que plantea la actual revolución científico tecnológica, con software libre, plataformas gratis, los fenómenos de Uber y otros similares. No sabemos que nos depara el futuro, y en esto me atengo al criterio del Pragmatismo Americano de Dewey, simplemente no sabemos y vamos probando.  El mismo capitalismo opera hoy bajo diferentes modelos tal como lo observamos en los países nórdicos, Canadá, UK, Francia y la interesante simbiosis de China. En fin, creo que la desmesura conceptual peligrosa, causada por la caída del muro de Berlín, fue el producto del peso excesivo de los meta discursos de la Guerra Fría. Nadie hubiese pensado que hoy la confrontación más dura en el mundo actual sería frente al extremismo musulmán, que nos combina un uso de las técnicas modernas con la sociedad feudal de la ley islámica mal interpretada, con su negación de logros de la humanidad como la educación moderna, los derechos humanos y de la mujer, y la pluralidad religiosa y política. Tampoco nadie habría pensado en el nuevo surgimiento populista de los nacionalismos, que se creían superados en la fase de la globalización acelerada que hemos vivido. En fin, la caída del muro de Berlín fue el fracaso del socialismo de planificación centralizada y burocratizada, bien explicado por Stiglitz en su obra ‘Whither Socialism’? (¿Se desvanece el socialismo?). 

P. Le leí hace poco a Stiglitz que el Chief Economist del Fondo Monetario Internacional demoró 3 años en admitir que había subestimado los efectos depresivos de las medidas de austeridad. Le leí también que utilizaron multiplicadores equivocados, y que los patrones paradigmáticos (niveles del déficit, de la deuda y de la inflación) fueron caprichosos y sin fundamento. Habida cuenta de que el resultado generó pobreza, migraciones desesperadas, desempleo, populismos peligrosos, etcétera, ¿no hay una manera de trabajar por una no repetición de estupideces ostensibles?

R.

Teóricamente es posible trabajar por el diseño y la implementación de políticas económicas que aprendan de los errores del pasado. El problema es que ello supone cambios paradigmáticos en una disciplina, y estos no ocurren fácilmente si no vienen acompañados por cambios políticos. Alguna vez Paul Samuelson, retomando una frase de Max Plank en las ciencias físicas, decía que la ciencia avanza de funeral en funeral, dando a entender que toman generaciones los cambios en la forma de pensar y concebir una disciplina. La teoría neoclásica, con su enfoque dogmático sobre la deuda y el déficit, se ha apoderado de la mente de los economistas de estas generaciones, olvidando las tesis de Keynes sobre la naturaleza institucional del dinero, el cual no es una mercancía, sino una creación del estado. En rigor, en una economía moderna con dinero soberano, el pleno empleo debería existir y coexistir con una baja inflación. Los estados que emiten dinero soberano, siempre pueden pagar sus deudas, y por tanto, el campo para la acción del gasto público es intenso. Obama sacó de la nada $700,000 millones de dólares para rescatar el sector financiero, y nada sucedió. La ortodoxia ha construido estos mitos absurdos sobre la deuda pública y los equilibrios fiscales, para mantener disciplinados a los trabajadores con la espada del desempleo. Por ello, debe retomarse la idea central de Keynes que los estados hacen déficits en las crisis y ahorran en las bonanzas, por lo que el déficit fiscal no es algo de principio, ni un porcentaje máximo de la deuda sobre el PIB, aunque esto solo es válido para países desarrollados con dinero soberano. Para no repetir estos errores se necesita educar a los policy makers en pensamiento económico e historia económica, para no repetir los errores, y entender que la visión de la economía no se puede reducir a la teoría neoclásica. No todo se reduce a mercados, individuos, equilibrios  y competencia. Las estructuras de poder existen y la Economía debe volver ser la Economía Política. Pero ello dependerá de los cambios políticos progresivos y no regresivos como los que vemos hoy en el mundo.

Jairo Parada, quien se desempeña como profesor de la Universidad del Norte, es además columnista del diario EL HERALDO.
Jairo Parada, quien se desempeña como profesor de la Universidad del Norte, es además columnista del diario EL HERALDO.

P. Es un hecho que los temas que impactan a la gente en su propia subsistencia ya no hacen parte de la política. Es decir, no hacen parte de la democracia. Hoy la política es un menester de tercera clase de unas maquinarias partidistas vacías que compiten sin diferenciarse. Ante ese panorama no solo la social democracia perdió el rumbo. También los grandes partidos conservadores de Europa parecen cercados por un populismo extravagante y con mal de rabia. ¿Ya no es necesaria la democracia para el capitalismo?

R.

Debemos comprender que democracia y capitalismo no son lo mismo, aunque se acompañan. El capitalismo puede convivir con regímenes autoritarios y militares. La democracia es un diseño institucional que empezamos a construir con los griegos en plena época esclavista. La revolución inglesa y francesa abrieron el camino de la democracia en el desarrollo del capitalismo, y en verdad, este diseño se ha impuesto en la mayoría de los países del mundo. Dewey decía que la democracia es una tecnología institucional para aprender a vivir en sociedad, sin recurrir a la violencia para resolver nuestras discrepancias. El desgaste de los partidos ha sido intenso en las últimas décadas por las políticas regresivas económicas que se han aplicado y que han afectado los niveles de vida de las personas en los países desarrollados, aunado a una gigantesca concentración del ingreso demostrada por los trabajos de Piketty. El capitalismo moderno, de los managers financieros, solo le funciona al 5% más rico de las sociedades, pero deja al resto por fuera. El desencanto de la gente común y corriente es total en Europa y Estados Unidos, las supuestas ventajas de la globalización no se sienten, y los malos salarios atrapan a millones de personas. Apenas Canadá puede mostrar hoy algo del sueño americano, ya imposible en Estados Unidos. La democracia se ha desgastado por que no se ha acompañado de democracia económica. De nada sirve que votes y elijas, si tu situación personal no mejora.  El escenario ha quedado abierto a los nacionalismos furiosos y populistas, que solo empeorarán las cosas.  La democracia es necesaria no solo para el capitalismo sino para la humanidad, pero debe estar acompañada de democracia económica. De no ser así, se convierte en terreno fértil para las frustraciones colectivas y los populismos emergentes, de izquierda o derecha.

P. Vivimos una fractura democrática de gran alcance. En países de Europa se hacen elecciones en que la gente vota unas políticas públicas que los organismos europeos desconocen. Pero desde mucho antes y en los cinco continentes, los que deciden no son elegidos y los que sí no deciden. Incluso no deciden asuntos de empleo. ¿Hay todavía una posibilidad de soñar que las opciones de la democracia no son ya funerarias?

R.

Alguien decía que si uno pierde la esperanza, ya está muerto por anticipado. No creo en la muerte de la democracia. Más bien pienso que se está reinventando y buscando nuevos escenarios y formas de manifestarse. La democracia es muy imperfecta, pero es el régimen menos malo que hemos inventado. Las alternativas han terminado en la dictadura y oscurantismos de todo tipo. Las fracturas democráticas que vivimos son el signo de profundos cambios, pero creo que la recomposición de fuerzas se está dando en Europa y no pienso que los nacionalismos conservadores vayan a triunfar fácilmente. La gente está aprendiendo del Brexit y Trump, y espero que reaccionen. Lo que pasa en el mundo ya lo previó Karl Polanyi en su obra ‘La Gran Transformación’, la cual ocurrió a comienzos del siglo XX como reacción al fanatismo ortodoxo del patrón oro. Se necesitaron dos guerras mundiales para derrotar el nacionalismo fascista. Hoy enfrentamos peligros similares que espero se resuelvan democráticamente sin necesidad de guerras devastadoras. El ciudadano de a pie tiene que apropiarse de lo político y entender que no puede seguir en su mezquina vida privada para resolver sus problemas, pues ello depende de la acción colectiva. La participación política es por tanto un deber ético y moral en la sociedad moderna, a, través de partidos serios, con programas y que no sean unipersonales. Dejar que otros decidan es una posición inaceptable que solo se traduce en lágrimas después. Para evitar que otros, no elegidos, decidan, hay que moverse e incidir en los procesos. De nada sirve sentarse a lloriquear después, como nos pasó en el plebiscito el año pasado en nuestro país. Hay posibilidad de soñar en opciones democráticas de futuro, que son de esperanza y no funerarias.  En pequeños países hemos visto experiencias progresivas de democracia como Túnez y Nepal. En América Latina tenemos los casos de Chile y Uruguay. Hay razones para la esperanza. Tal vez Francia nos lo demuestre en los próximos meses. 

El ciudadano de a pie tiene que apropiarse de lo político y entender que no puede seguir en su mezquina vida privada para resolver sus problemas, pues ello depende de la acción colectiva.  La participación política es un deber ético y moral en la sociedad moderna.

P. Permítame, para concluir, ir un poco más allá de lo puramente económico. Desde hace años, la filosofía, la política y la teología, parecen conmovidos por un pequeño fragmento de Walter Benjamín titulado ‘El Capitalismo Como Religión’. Una religión “que no expía la culpa sino la engendra”. Según el autor, el “cristianismo de la Reforma no propició el ascenso del capitalismo sino que se transformó en el capitalismo”. La deuda económica como la gran culpa mítica de esa religión del dinero. Una culpa que no se puede expiar con reformas ni revoluciones. Muy precisamente, la crisis de 2008 fue una crisis provocada por la “culpa” de unos préstamos otorgados a quienes no podrían pagarlos. ¿Está familiarizando con estas reflexiones? ¿Es el capitalismo una religión?

R.

Este ensayo de Walter Benjamín, a pesar de haber sido escrito parece ser alrededor de los años 20 del siglo pasado, apenas fue conocido en los años 80 en sus traducciones al inglés e incluso al español. Benjamín no es un autor fácil de digerir, al seguir la tradición alemana de pensadores filosóficos complejos. Su origen judío, y sus acercamientos al marxismo y luego a la escuela de Frankfurt, le permitieron esbozar esta tesis visionaria, en una época en que el capitalismo no había alcanzado los niveles de la llamada sociedad de consumo con posterioridad a la Segunda Guerra mundial. Se inspiró mucho en el trabajo del sociólogo Georg Simmel y su pequeño libro Filosofía del Dinero, donde se examinan ya las implicaciones sociológicas y psicológicas del capitalismo. El capitalismo es en esencia un régimen de producción, pero a nivel de la estructura cultural de la sociedad, produce unas transformaciones sísmicas en los valores de los individuos. Benjamín nos sacude pues toma distancia de Max Weber en que ya no solo ve al cristianismo como un factor clave en el desarrollo del capitalismo, sino que nos reta a considerarlo como la nueva religión, donde la culpa es ahora la deuda que nos agobia en el día a día, tanto a nivel de países como en las instancias individuales. Hoy nos sentimos felices consumiendo. Pero el capitalismo ha sido exitoso en Japón, en la India y ahora China, con tradiciones filosóficas y religiosas diferentes. Luego yo diría que el culto al dinero es la expresión de los que Veblen llamaba las propensiones pecuniarias de la especie, que nunca habían alcanzado el nivel de dominancia que hoy tienen.   Cuando la humanidad supere la crónica escasez de bienes de consumo para miles de millones que hoy están en la pobreza, tal vez es posible plantearnos las metanecesidades de Maslow, pero ello apenas es hoy posible en algunos países del mundo.

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