En el fútbol, generalmente un partido se escenifica en tres momentos: antes (cómo será?),durante (como es) y después (cómo fue?). Antes de jugarse, el técnico se lo imagina.

En su mente se dan cita cientos de jugadas, lances a favor y en contra, gestos propios y del rival. El partido imaginado le provoca, al entrenador, algunas seguridades y también algunas angustias, y a partir de estas dos sensaciones toma decisiones.

Leonel Álvarez, en este primer partido que se juega en su cabeza, quizá haya visualizado la ubicación de los jugadores de Venezuela, más cerca de su propia área y en un gran número, reduciéndoles el espacio de maniobra útil a sus atacantes.

Una postura que, generalmente, le aumenta el grado de dificultad a la solución. Que incrementa el nivel de precisión a los pases y a la gambeta. Que obliga a pensar y ejecutar con mucha más velocidad y precisión, dada la proximidad de tantos rivales.

De estas elucubraciones se puede entender el llamado de Carlos Darwin Quintero y la ausencia de Adrián Ramos: la habilidad del primero se regodea en la estrechez. La zancada larga del segundo se atrofia en ese hábitat.

También se explicaría la pública y reiterada consigna del seleccionador nacional, de recurrir en el frente de ataque, a dos puntas. Al imaginarse que, principalmente, los venezolanos tendrán pocos jugadores ocupados en tareas ofensivas, podría encontrarle freno a esas instancias con menos defensores. Y en cambio, la presencia intimidante y goleadora de jugadores como Falcao, Teófilo y/o Jackson, merodeando el área venezolana, aumentaría el esfuerzo defensivo del rival, incrementaría, en teoría, las posibilidades de darle verticalidad al juego en búsqueda de la profundidad. 

Además, los compañeros en poder del balón tendrían, hacia adelante, un destinatario más para sus pases. Uno de valor gol. Por la cabeza de Leonel, seguramente, ya también han asomado imágenes de Messi con el balón cosido a sus cordones, casi como una extensión natural de su pie, zigzagueante, eliminando contrarios, mágico.

Pero ya habrá tiempo de  (pre) ocuparse del mejor del mundo. El viernes, al que hay que vencer, es al equipo de Venezuela.

Por Javier Castell López

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