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Cultura

Joyas y sinsabores de las librerías en Barranquilla

El pasado 13 de noviembre se conmemoró el Día de las Librerías.

En algunos locales de la antigua Casa Vargas los libros funcionan como estante, asiento, alfombra o muro. La esquina de un libro que sobresale de una pila de textos escolares sirve de apoyo para otro; otros cubren la pared formando torres o anaqueles, ocupando una orilla e incluso sosteniendo una estera metálica. 

Son las 10:05 a.m. y los libreros del Centro Cultural del Libro se acomodan en sus espacios. Hay estantes que se salen del espacio del local (casi todos de 1.50 x 1.50m) y se toman parte del pasillo. Los vendedores charlan entre ellos, se ríen, se quejan, suben o bajan las esteras ruidosas, toman asiento en un taburete y con un abanico colgado al techo aguardan la llegada de los clientes.

Pero no llegan. Y en el transcurso de la mañana, en especial quienes ocupan los locales del fondo, tendrán que salir a buscarlos a la calle, a ver si logran atraer a uno. También llegará gente a almorzar en el restaurante del segundo piso.

Los traslados

En el edificio de 4 pisos hay 78 locales para igual número de vendedores (o “expendedores de libros”, como dice Dairo Arteta, presidente de la Asociación de Libreros del Centro de Barranquilla, Asolicenba). La distribución de los lugares, como explicó Ciro Reyes, administrador del Centro Cultural del Libro, se adjudicó mediante sorteo cuando fueron reubicados allí, el 22 de marzo de 2014. 

Como si se tratara de inmigrantes, los libreros, vendedores o expendedores llevan consigo el recuerdo de un lugar en donde eran mejor acogidos. Todos los entrevistados por EL HERALDO coinciden en que en la Plaza de San Nicolás vendían más. 

José Arteta ostenta el local número 1, y no pareciera haber sido adjudicado por sorteo, ya que este hombre de 78 años que se desplaza en bus desde el barrio Las Nieves vende libros desde 1971, según contó. 

En un banquito tiene una vieja radio con antena e indicador de frecuencia redondo que sintoniza Emisora Atlántico. Mensualmente pagaría 45 mil pesos de mantenimiento, pero con la pandemia dejaron de cobrarlo. En septiembre los vendedores regresaron después de seis meses de encierro, que en su caso era además obligatorio por la edad.

Arteta empezó a vender libros en la carrera 41, entre calles 32 y 33, cerca del almacén Iris. Allí permaneció unos “20 o 25 años”. Después estuvo en la Plaza de San Nicolás, frente a El Rebusque. “Estábamos al aire libre; teníamos un tendido que nos cubría del sol y del agua”, comenta.

En Nido de Libros el enfoque es literatura infantil.

“Afuera yo tenía una clientela escogida, excelente, ya todo el mundo llegaba, los conocía. Cuando nos quitaron de allí lo perdí todo”, dice.

Después, con un grupo de vendedores fueron al Paseo Bolívar, donde permanecieron cuatro años; y entonces vino la “reubicación” en la Antigua Casa Vargas, bautizada Centro Cultural del Libro. “Aquí la clientela es muy poca, sobre todo por este año malísimo de la pandemia”.

En un estante de madera que da a la vitrina de la fachada va acomodando los libros. Calcula que tiene alrededor de 3.000. Y sí: en su local, que es más bien bodega, es evidente que hay cientos, miles. Los vende a tres, diez, quince mil pesos. Lo que más le piden los compradores es La Biblia, el Álgebra Baldor, y de autores como Gabriel García Márquez.

Me intereso por un libro: El arte de amar, de Ovidio, editado por la desaparecida colección ‘Cara y Cruz’ de Norma. Abro una página al azar: “No te incito a dar ricos presentes a tu amada, sino modestos y que los haga valiosos la oportunidad”. Me lo llevo por $12.000. El libro perteneció a Manuela González.

Sin ‘bajar bandera’

Cuando le menciono el Día de las Librerías a otro vendedor, José Antonio Cerpa Molina, dice que “esta era la oportunidad de que se hicieran eventos, por ejemplo en la Plaza de la Paz, con un espacio para exhibir los libros. Estos se ven exhibiendo. Hay gente que pasa, ve algún libro y lo compra. Así como estamos no”.

El sorteo no lo benefició a su local, el número 49 en un pasillo al fondo del primer piso. Por eso le toca salir y traer clientes para ‘bajar bandera’, como le llaman los libreros y en general los comerciantes a la primera venta del día. 

“Ni ayer ni hoy bajé bandera (...) Cuando estábamos afuera estaba más movido. Ahora todo el tiempo me toca salir a buscar clientes”, dice este hombre que suma 30 años en el comercio de libros.

Al recordar los libros que más se venden, es decir, los de García Márquez y los de la temporada escolar, señala otra práctica que ha desaparecido: los vendedores de libros que recorrían ciertos lugares de la ciudad para luego proveerlos a ellos, o  las personas que vendían sus bibliotecas a bajos precios.

Édgar Ramírez recorre los libros con un comprador.

En la Nacional

“Antes se leía muchísimo más”, dice Édgar Ramírez, que lleva 35 años en la gerencia de la Librería Nacional de Barranquilla. “Estamos en un momento algo difícil, conviviendo con las tecnologías. Hemos sorteado esta situación con la venta online, la tienda virtual ha funcionado bien, pero la venta del libro físico está lenta por ahora”.

El próximo año la Nacional cumple 80 años de haber sido inaugurada en Barranquilla, el 7 de septiembre de 1941, en un local con heladería, cafetería, papelería y especialmente librería, ubicado en la 20 de julio con calle 37. Fue fundada por el santandereano Jesús María Ordóñez Salazar, quien había trabajado en la Librería Moderna de La Habana, “la más importante de Cuba en los años 40 y 50”.

En el 61 abrieron sede en Cali, y actualmente cuentan con 31 agencias en el país con librerías en seis ciudades (Bogotá, Cali, Medellín, Barranquilla, Cartagena y Pereira). En ellas manejan alrededor de 60.000 referencias en diversos temas.

A Ramírez le importa más que la gente “lea” a que vaya a la librería. “A fin de cuentas, yo pienso que la librería está, permanece y seguirá”.

Carlos Arias, uno de los libreros que lleva más tiempo en la misma librería, trabajó un tiempo en la sede del Centro, que dio paso a un local en la calle 72 y luego el actual de la carrera 53 con calle 75. También vendrían los locales de los centros comerciales Buena Vista y Viva.

Arias trabaja desde el año 74 en La Nacional. Es pensionado, pero decidió “seguir trabajando” porque le gusta “alternar con la gente, el teatro, el cine, la poesía”. Dice que se abandonó la sede del Centro porque a los compradores les costaba cada vez más ir allá, en donde el ambiente era más “bohemio” y asistían artistas, escritores, pintores.

Actualmente, según Arias, “hay muchos jóvenes leyendo”. Los ebooks, que tuvieron un auge hace “10 o 12 años”, fueron “fiebre de un momento”. Los lectores “prefieren el libro en físico, tocarlo y olerlo. Los clientes se fueron quejando de los lectores digitales: que cansa mucho, que es incómodo, no es como tener el libro en la mano”. 

En aquella sede del Centro llegó, como recuerda Ariel Castillo, la primera edición de Cien años de soledad a la ciudad. Ramón Illán Bacca, quien llegó a Barranquilla en los 70’s, recuerda que venía de Fonseca (La Guajira), donde trabajaba como juez, y llegaba de primero a la Librería Nacional. “Era el lugar donde te encontrabas todo lo que sonaba y tronaba en el momento. Podías ver al historiador y filósofo Eduardo Nieto Arteta, a Daniel Caicedo, autor de un libro llamado Viento seco, o el intelectual Julio Roca, que me recomendó por primera vez La ciudad y los perros de Vargas Llosa”.

El itinerario del autor de Deborah Kruel consistía en salir de Fonseca por la mañana, arribar temprano a Barranquilla frente al ferry y atravesarlo para llegar a la librería. “El último alarido de los libros que estaban circulando los tenía la Nacional, y su colección de revistas era exquisita, de todas partes del mundo, una maravilla”, dice.

Pero no todo era libros. A Ramón Illán Bacca le gustaba especialmente la carta de helados. “Había uno que se llamaba Tentación tropical, eran cuatro bolas como con 7 millones de calorías”. 

Nido de Libros

Un ambiente acogedor para niños y todos los públicos se respira en Nido de Libros (calle 86 con 64d). Es como una casa en un árbol, por la vegetación que se ve desde la ventana o por el anaquel con forma de árbol de una de sus paredes. 

Sus libros son más que curiosidades: un catálogo curado para lectores infantiles, pero también para todo público. Albergan textos en sus idiomas originales y cuentan con una agenda cultural cada semana, con clubes de lectura e invitados. Ahora  están leyendo Temporada de huracanes de Fernanda Melchor. Uno de sus libros “más bellos”, como le mostró a EL HERALDO su librero Armando Madiedo, trata sobre el periodo Edo japonés, publicado por Taschen y con reproducciones de las pinturas de la época.

Locales sin ventas

De los 78 locales de ventas de libros de la Antigua Casa Vargas hay 30 en funcionamiento, según el promedio de Ciro Reyes. Algunos vendedores se van y vuelven en la temporada escolar, cuando hay más flujo de compradores. “Las ventas han bajado a raíz de la tecnología, también hay mucha piratería, copia. Los colegios han tomado la estrategia de vender ellos mismos sus textos. No se vende la misma cantidad que hace mucho tiempo”, explica Reyes. “Los locales están cerrados en su mayoría porque los compañeros tienen que salir a otra parte para rebuscarse. Aquí están sin vender”, reitera José Antonio Cerpa.
 

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