Breve historia del fanzine en Barranquilla

Los orígenes y el surgimiento del fanzine en la escena cultural local a partir del testimonio de algunos ‘fanzineros’ que explican cómo se interesaron por ellos, cómo los hacen y distribuyen.

Foto: Nani Payares
Andrés M. Felfle presentó sus fanzines en la pasada Feria del Libro de Barranquilla (Libraq), en el espacio de autores independientes. Foto: Nani Payares
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Los orígenes y el surgimiento del fanzine en la escena cultural local a partir del testimonio de algunos ‘fanzineros’ que explican cómo se interesaron por ellos, cómo los hacen y distribuyen.

Para rastrear el origen del fanzine en Barranquilla —y probablemente en muchos lugares donde la distribución de estas fan magazines (“revistas para aficionados”) ha tenido un gran auge— hay que olvidarse de los intermediarios.

Quienes hacen los fanzines son los mismos que los gestionan, imprimen y distribuyen. Por supuesto que también están implicados las ferias, eventos y redes sociales que sirven de plataforma para que diseñadores, artistas e ilustradores exhiban su trabajo; pero lo que predominan en la elaboración de estos soportes gráficos y escritos es la filosofía —que también es una estética— del Do it Yourself (o “hazlo tú mismo”).

Ese ‘hazlo tú mismo’ también puede significar un ‘hazlo como puedas’, ‘con lo que tengas’ o ‘como quieras hacerlo’. O al menos algo así puede colegirse de la historia de los primeros fanzines del siglo XX. Como explica el docente y artista plástico Humberto Junca en un ensayo publicado en 2017 en Revista Arcadia, la primera publicación de fanzines contemporáneos surge “en la década de los setenta y estaba dedicada a la música joven”. Agrega que “La primera surgió en Nueva York gracias a la asociación del melómano Legs McNeil y el dibujante John Holmstrom. Se llamó Punk (basura, vago, delincuente) y resultó acuñando el término con el cual se reconocería ese rock and roll sucio, rápido, mal tocado, bien gritado y tremendamente crítico de bandas como The Sex Pistols o The Clash”.

Cuenta Junca que más tarde, en 1976, vendría una publicación titulada Sniffin Glue que, recrudeciendo las formas de su predecesora, rompía esquemas de diagramación y de gramática. Su popularidad fue tanta que en un año pasó de imprimir tirajes de 50 a 15.000 copias (o fotocopias), lo que llevó a su fundador, Mark Perry, a cerrarla.

En ese mismo año el periodista Antonio Lara publicó en El País, de España, una breve columna en la que celebraba la capacidad de los fanzines para reunir y comunicar un conocimiento (“cómics, carteles, cromos, animación, novelas populares, telefilmes y otras creaciones”) que de otra manera hubiera quedado “desperdigado” en poder de unas minorías eruditas. A los fanzines los describe como cuadernos “pobres en primores gráficos y editoriales, pero repletos de entusiasmo y dedicación”.

El comienzo de estos cuadernos tan difíciles de clasificar (en una biblioteca o librería de cadena, donde prácticamente no se consiguen, un lector o  bibliotecario no sabría en qué lugar buscarlos o ubicarlos) está ligado también a los medios de reproducción de bajo costo como las fotocopiadoras, que también se usaron  considerablemente para imprimir folletos, panfletos y octavillas revolucionarias con los que el fanzine guarda estrecha relación.

En Barranquilla. Como quizá no podía ser de otra manera, las creaciones de cualquier tipo cargan consigo el golpe violento de su origen. De carácter publicitario, anárquico, urgente o musical en sus inicios, el fanzine se ha transformado (no ‘evolucionado’) en un soporte que reúne lo que deciden sus autores, pero sin dejar de conservar esa atracción por la inmediatez, la ‘basura’ y el copia y pega. Lo que no significa que tampoco permitan lo contrario: fanzines cuidadosamente diagramados, con impresiones impecables, títulos elocuentes para vender y distribuir en Ferias de Libro o eventos como la Tiendita del Sticker en Barranquilla. 

Aunque algunos rechazan cualquier muestra de cuidado excesivo en la forma y los contenidos y consideran que un fanzine no solo debe estar hecho con recursos limitados, sino que debe notarse su elaboración tosca y rápida, lo cierto es que el fanzine ha demostrado ser un soporte flexible para acoger las propuestas diversas de sus autores. Así pudo apreciarse en la pasada exposición de fanzines realizada el 16 de noviembre en la carrera 50 #82-48 por El Club del Fanzine de Barranquilla, a cargo del diseñador gráfico DH (Daniel Hernández), coleccionista de estas piezas y quien ha dictado talleres de fanzines en la Tiendita del Sticker, de la que es uno de sus fundadores.

En la exposición, que recogía fanzines procedentes de Bogotá, Medellín y Barranquilla, era notable la variedad de formas y contenidos. Algunos contaban historias del conflicto armado colombiano, otros contenían diarios de viaje, reflexiones sobre el cuerpo, frases acompañadas de ilustraciones o imágenes con letras gigantescas, también mucho collage, insultos, incoherencia deliberada (o no), existencialismo y un aparente ‘hacer por hacer’ y ‘decir por decir’ inyectado del interés por presentarse, publicarse a como dé lugar y de buscar, en el espectador inmediato, un sentido a su gráfica y rabiosa necesidad de decirse.

“Lo interesante es la libertad con que uno puede expresarse en el fanzine, sin ataduras de fechas límites, ni terceras personas presionando su elaboración”, dice DH, que empezó acercarse al fanzine en 2008 o 2009,  cuando en la universidad se dio cuenta del auge del arte urbano, el esténcil y los stickers. A estos últimos se sentía mucho más ligado al comienzo, pero con eventos como la Tiendita o Killart fue reuniendo fanzines “para tener una base y algún día poder exponerlos en una galería o taller”.

Dice que “la esencia del fanzine radica en su distribución, que en su mayoría es de intercambio con otros fanzineros [creadores de fanzines]. Una parte de esa distribución puede ser dejándolos en lugares como un bus o en una cafetería, para que alguien se los encuentre. Otra es regalarlos, pero algunas personas los venden para recuperar la inversión o como parte de sus ingresos como fanzineros”.

Por su parte, la ilustradora Juliana Díaz llegó hacer fanzine justamente gracias a eventos como La Tiendita, en donde los vio y luego participó con sus propias propuestas de fanzines. Acerca del taller que tomó en el mismo evento dice: “Aprendí la historia y cómo se hacían, los diferentes formatos, vi una colección de ellos e hice mi propio fanzine. Me quedó horrible pero salí de ese taller con ganas de más”. De los fanzines le llama “la atención la simpleza, su tamaño y lo práctico que se ve para el lector”.

La ilustradora Cinthya Espitia, también de Barranquilla, visitó en Bogotá una muestra de fanzines en la galería El Parqueadero. En ese momento se dio cuenta de que le atraía mucho las posibilidades de ese formato, cercano al libro−arte pero con otras libertades o facilidades que quiso explorar. En 2016 supo de una convocatoria de fanzines de la revista bogotana Matera, participó en ella con amigos y al final no fueron seleccionados, pero siguió haciendo fanzines como Dónde depositar el amor (en colaboración con Rebecca Pautt) o Hands objects, y actualmente coordina uno sobre el Paro Nacional, en el que participarán ilustradoras y artistas locales.

El diseñador gráfico Andrés Manjarrés Felfle expuso en la pasada Feria Internacional del Libro de Barranquilla (Libraq), en el estand de independientes, dos de sus fanzines titulados Maquinitas y Combeima. En Barcelona, donde estudió ilustración, vio que “el movimiento de las autopublicación y la autogestión era bastante grande”, lo que lo motivó a participar haciendo fanzines con un colectivo. Dice que “ahora en Barranquilla los fanzines se están moviendo mucho y hay gente que está haciendo cosas interesantes”, y de de ellos destaca, como DH, la “facilidad que permiten de plasmar lo que quieres sin que haya alguien detrás que te diga cómo hacerlo”.

Tanto Manjarrés como Espitia, Díaz y DH gestionan los fanzines con recursos propios, imprimen en casa, en litografías o en imprentas de la ciudad, y han participado en varios eventos donde los comercian o intercambian, siempre en pequeños tirajes y grupos.

Andrés Bolívar, diseñador gráfico del ITSA, dice que usualmente no participa en muchas ferias, “por eso solo los vendo a personas interesadas en adquirir algún producto con mis ilustraciones o las regalo a personas cercanas”. Para él, “el Fanzine permite explorar nuevas técnicas, transmitir pensamientos y diversificar mi método de ilustración”. Quizá la palabra diversificación sea importante para pensar en el fanzine y la manera en que se ha difundido hasta hoy. El ‘hazlo tú mismo’, que como dijimos arriba contiene una estética y una filosofía, se vuelve un modo de hacer incierto, inestable (no hay intermediarios, pero tampoco certezas de cuándo será el próximo fanzine), y por eso mismo acorde con el espíritu de las primeras fan magazines: el entusiasmo y el deseo de hacer —no de producir masivamente— son lo que más cuenta.

De Cinthya Espitia y Rebecca Pautt.
De Cinthya Espitia y Rebecca Pautt. Foto: Cinthya Escorcia
Exposición de El Club del Fanzine de Barranquilla.
Exposición de El Club del Fanzine de Barranquilla.
Fanzine de Daniel Hernández (DH).
Fanzine de Daniel Hernández (DH).
Trabajo de Juliana Díaz.
Trabajo de Juliana Díaz.
De Andrés Bolívar.
De Andrés Bolívar.

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