Columnas de opinión |

Ana

Ana del Castillo canta, exhibe y habla.  Cuando entona, su voz le da brillo al vallenato. Ana es joven, atractiva y talentosa. Tiene, además, una historia de vida que bien podría ser ejemplo para las mujeres de todo el planeta.

Hija de un cantante de música lirica, hizo parte de la consagrada escuela del Turco Gil, en Valledupar. Tiene, por tanto, herencia y formación.

Es explicable que su calidad vocal adorne cualquier melodía. A mi me gusta cuando le confían alguna pieza clásica de los maestros que ya no están, porque nos hace sentir las raíces. Es como si viajara a las entrañas del folclor y nos trajera, de vueltas, todo su esplendor con los mismos dejos del autor.

No conozco una mujer que lo haga mejor que ella. Con el perdón de los seguidores, creo que pronto puede superar el mito de Patricia Teherán. Pero Ana no solo canta. También exhibe. En ese trance se vuelve altiva, acomoda las últimas siliconas y pasa la lengua por el borde de una copa para que la cámara capte el momento exacto. 

Posa. Pestañea. Muestra el escote. Se acomoda de perfil para que deslumbre su cola perfecta. Corre a besar a otra mujer –“solo por probar”-, sube a una tarima en brasier o graba un reality de su última borrachera homérica para hacer alarde de la resistencia de su hígado. Ana canta, exhibe y, también habla. Habla de sus parrandas, de sus amoríos, de la envidia, de sus cirugías. Habla de la manera cómo habla. 

Sus hermosos ojos grandes destellan la luz de la irritación, y despotrica de sus detractores.Ahí no se ahorra ningún adjetivo. Sabe que el premio es la multiplicación de los seguidores. Según miré ayer, ya superan 1,2 millones.

Pensando en ellos, agrega, entonces, miles de volquetas de lo que les manda a comer con entonado acento. De la boca que antes nos deleitó con el paseo que recuerda la nostalgia de las brisas de Manaure, sale una andanada de vulgaridades que parece tener guardadas siempre en reserva.

En turno estuvo, el pasado fin de semana, Iván Villazón. Contra el también cantante vallenato no se guardó nada. Lo que le dijo es irrepetible en esta columna. Con razón o sin razón. Ese no es el asunto.
Porque algunos dirán que su actitud hace parte de la cultura vallenata, donde prima el trago largo y licencioso. Lo siento. Tengo que resistirme a eso.

Si bien la música de esos acordeones estuvo en algún momento gravitada por acordes sociales inmorales, me quedo con las parrandas de intelectuales que se rendían ante la palabra, con los versos que inspiraban situaciones, con las historias de vida que retrataban la de nuestros pueblos.

Para mí el vallenato es la poseía que construyen, verso a verso, los dedos que pulsan o dan golpes de corazón; es el espejo en el que se mira la vida antes de seguir su carrera, es correría de las almas que van poniendo todo en su sitio.

Lo demás, díganle a Ana, es únicamente escándalo. 

albertomartinezmonterrosa@gmail.com 
@AlbertoMtinezM

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