El año lleva diez semanas, cada una más lamentable que la anterior. En medio de noticias de voladuras de torres, muertes por hambre y policías asesinados, ¿qué hacían varios de los principales ministros del gobierno dedicados a trinar en contra de la oposición? (¿Qué hacían dedicados a trinar, punto?).
‘Divide y vencerás’, dice el viejo dicho. El gobierno lo ha aplicado a fondo, dividiéndonos entre buenos y malos, ‘nosotros’ y ‘ellos’, ‘amigos’ y ‘enemigos’ de ‘la paz’: entre los ‘integrados’ al régimen y los ‘apocalípticos’ que se oponen a él, por abusar del desaparecido Umberto Eco. Pero si bien ha ejecutado con destreza la primera parte del aforismo, el ‘divide’, se equivoca al creer que disfrutará el ‘vencerás’. Pues aquí los únicos que van a aprovechar esa fractura en la sociedad serán las Farc y sus amigos, quienes, una vez metidos en política, cosecharán mejor que nadie la cizaña sembrada.
Usando como ejemplo el proceso de paz, el gobierno ha hecho alarde de su talante negociador y su disposición al diálogo. ¿No debería, entonces, dialogar con la oposición, en lugar de empeñarse en desvirtuarla a través de funcionarios que tendrían que estar dedicados, más bien, a las crisis de sus carteras?
Dirán los defensores del gobierno que con el uribismo no se puede hablar, que es intransigente frente al proceso de paz y a todo lo que se discute en La Habana. No lo es del todo: hasta el mismo Uribe ha aceptado flexibilizar la justicia y crear zonas de concentración para la desmovilización de la guerrilla. Pero aunque lo fuera, justamente ahí está el meollo del asunto: que es en Colombia donde se deben trazar las líneas rojas para La Habana, no en La Habana donde se deben trazar las líneas rojas para Colombia.
Al fin y al cabo, el Centro Democrático representa a un sector significativo de la población. Hasta sus enemigos tendrían que reconocer que, en términos numéricos, quizá sea el partido con más respaldo verdadero (es decir, no comprado) del país. Cuando un partido pequeño, sin plata, sin puestos y sin mermelada, logra concentrar tanto apoyo popular, lo último que puede hacer un gobierno sensato es menospreciarlo. Como mínimo, debería sentarse a negociar con él. De hecho, esa negociación sería más legítima que la que se lleva a cabo con los guerrilleros en Cuba, que no representan a nadie.
Pero, además, señoras y señores del gobierno, no es el uribismo el que los está reprobando, sino la nación. ¡Espabílense, por favor! ¡Y de paso dejen de gastarse la plata que no hay en publicidad, que eso no está sirviendo para nada! Todas las encuestas lo dicen: los ministros, ‘la paz’, la fuerza pública, la economía, las Cortes, el Congreso, hasta los medios privados de comunicación, todo está sumido en el desprestigio. Un alud de inconformismo y desconfianza se está llevando a Colombia por delante.
¿No creen, estimados gobernantes, que es hora de escuchar a la sociedad y de tender puentes hacia los representantes de esa mayoría de la ciudadanía que está angustiada y desmoralizada? ¿No creen que ese pueblo es más merecedor de su empeño y atención que los bandidos de La Habana, quienes, al ver todo lo que está pasando, sonríen expectantes mientras sorben sus mojitos?
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