El Heraldo
El tratamiento que le fue recetado a Vivian por una experta le ha permitido mejorar su calidad de vida.
Vivian Narváez
Barranquilla

“Bajé varios kilos y mi mente ya estaba muy cansada”

La salud mental es una de las grandes damnificadas con la llegada del covid-19 y esta es la historia de cómo la mía se vio afectada.

Inapetencia, caída del cabello, ansiedad, miedo, vómitos, nervios, mal estomacal fueron algunos de los síntomas que me alertaron de que algo no estaba bien en mí. No podía conciliar el sueño por sentir que me faltaba el aire y que una corriente recorría todo mi cuerpo y se centraba en mi estómago.

Las noches y los días se me hacían eternos y, aunque no quería sentirme de tal forma, se convirtió en algo incontrolable.

Lo anterior fueron solo algunas de las cosas que empecé a vivir en medio de la tensión que significa pensar que un virus acecha cada día y que podría acabar con la vida de los que más amamos, lo cual no se materializa hasta que le toca a uno.

Sumado a eso, las responsabilidades diarias que debo asumir como madre: tener que trabajar y al tiempo cuidar de mi hija de dos años; cubrir todas las deudas de manera quincenal y hasta temas de mi vida sentimental terminaron por colapsarme.

A inicios de la pandemia por la covid-19 mi familia pasó por un momento crucial. Todos, sin excepción, presentamos síntomas asociados a la enfermedad.

Para ese entonces yo vivía de manera independiente en la Ciudadela 20 de Julio, uno de los barrios de Barranquilla con mayor número de contagios para la época. Sin embargo —debido al teletrabajo que implementó la empresa—  permanecía en casa encerrada con mi hija Lucía. Eso me dio algo de seguridad.

Mi madre y mi padre, quienes viven en Soledad, fueron los primeros en presentar síntomas de covid-19: cansancio, dolor en las articulaciones, fiebre, tos, secreción nasal, entre otros. Luego, y entrando en presunciones, mi hija y yo habríamos adquirido el virus mediante una visita de mi madre.

De inmediato contacté a mi EPS para solicitar que me realizaran la prueba y así descartar o confirmar el contagio. Mi hija solo presentó fiebre por tres días seguidos y secreción nasal, en cambio yo, aparte de ello, presenté dolor en las articulaciones, tos, mareos, debilidad, dificultad para respirar, pérdida del gusto y el olfato.

Lucía, a la espera de volver a jugar con sus primos.

Luego de varios días me realizaron la prueba y el resultado de esta fue negativo. Yo no podía entenderlo, cómo si teniendo síntomas habría arrojado tal resultado. Pensé en ese momento: ¡debió tratarse de un falso negativo! Independientemente de ello, seguí con las medidas de autocuidado dentro de casa con mi hija, ella ya estaba bien.

Era una situación compleja puesto que yo vivo sola con mi hija, duermo con ella en una misma cama, debo cocinar, atenderla y hacer muchas otras actividades que implican tener demasiado contacto. Sin embargo, siempre permanecí con tapabocas, lavándome las manos de manera continua y manteniendo la casa ventilada.

Un día me puse muy mal, con mareos y sintiéndome sin fuerzas, por lo que no podía dejar a la intemperie a Lucía y correr riesgos con ella.

Pedí ayuda de mi mamá, ya todos en la casa habían mejorado y por ello decidí pasar unos días en el municipio de Soledad para que ella pudiera cuidar de mi hija mientras yo —con la poca fuerza que tenía—lograba trabajar a distancia.

Con el paso de los días, las cosas fueron mejorando. Había cumplido la cuarentena y me sentía mejor. Mi familia y yo logramos salir bien librados del virus. O eso pensábamos.

Todo ello generó en mí mayor ansiedad de la habitual, especialmente porque ya era hora de retornar de manera presencial al trabajo. Pensaba todos los días en el riesgo que corríamos mi hija, mi familia y yo cada vez que debía coger un bus de Transmetro, el tener contacto con otras personas y el peligro latente de llevar el virus a casa.

Por la distancia, tuve que mudarme a un apartamento muy cerca de donde mi madre, a cinco casas de ella, para así poder tener una ayuda con el cuidado de Lucía. Siempre al terminar la jornada laboral llegaba desinfectando todo con alcohol, lavaba mis manos y luego recibía a Lucía para ir a casa.

Yo sentía que no podía seguir así, con esa angustia permanente. Entonces tomé la decisión de acudir por ayuda profesional. En primera instancia fue una cita médica común, allí me recetaron medicamentos por una posible gastroenteritis debido a que a cada bocado de comida mi reacción era vomitar, bajé varios kilos y mi mente ya estaba muy cansada.

Posterior a ello, me hicieron una remisión para cita psiquiátrica y psicológica. Acudí a mi primera cita con la psiquiatra en el Hospital Universidad del Norte, allí la médico —después de contarle mis síntomas y relatar un poco de mi vida— me diagnosticó con Trastorno  de Ansiedad Generalizada. ¿Tras qué? ¿Por qué a mí? ¿Cómo?

Las personas que padecen el Trastorno  de Ansiedad Generalizada, según lo explica el Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH, por sus siglas en inglés), “se preocupan extremadamente o se sienten muy nerviosas por estas y muchas otras cosas y no les es fácil controlar su ansiedad y mantenerse concentradas en las actividades diarias”.

Conclusión: en mi caso me recetaron una medicación para el trastorno y así poder llevar una vida más tranquila. Debo acudir cada mes para control y también asistir a citas de psicoterapia para avanzar en mi recuperación. Hasta ahora llevo tres meses en este proceso.

Con el tiempo he aprendido a entender que gran parte de lo que me sucede también lo están viviendo muchos colombianos en medio de esta pandemia,  por lo que el Gobierno ha tenido que implementar diferentes estrategias, entre las que se encuentra la teleorientación, dirigida a la intervención con primeros auxilios psicológicos.  

De acuerdo con el Ministerio de Salud y Protección Social, durante el periodo comprendido entre el 13 de abril de 2020 y el 13 de abril de 2021, la opción 4 de la Línea 192 registró 18.089 solicitudes de atención. Siendo la depresión y la ansiedad los motivos de consulta más frecuentes.

Vivian pasó noches enteras de desvelo, buscando alternativas para apoyar a su hija de dos años.

Reviviendo el capitulo

El 27 de marzo de este 2021 mi hermana Selaine me notificó que dos de mis hermanas dieron positivo para covid-19. En ese momento se me vino a la mente Lucía, quien al permanecer en casa de mi mamá y al tener contacto estrecho con sus primos podría haberse contagiado. Así tuvimos que volver al aislamiento.

Solicité a la EPS de mi hija y a la mía la realización de pruebas. Igualmente, mi familia asistió a los puntos de toma de muestras implementados por el Distrito en toda la ciudad para el rastreo de casos. 

Tuve que asistir a una sede de mi EPS el 1 de abril para que tomaran mi muestra y en 3 días llegó mi resultado: era negativo. Solo faltaba el de Lucía, pero pensé que el de ella saldría igual puesto que compartimos todo el tiempo. Su muestra la tomaron el 2 de abril y la respuesta llegó el 5 de este mes. Para sorpresa mía dio positivo para covid-19.

Desde entonces tuve que aumentar las medidas de autocuidado y esforzarme para cumplir con todo lo que tenía a cargo, un nuevo reto para mi salud mental, además de que debo propender por cuidar de la de mi hija, quien en muchas ocasiones se veía aburrida y triste por no poder tener interacción social.

Debo confesar que desde que supe el resultado me puse mal de inmediato. Pensaba en tantas cosas: ¿cómo iba a hacer si me tocaba trabajar y dejarla en casa de mi mamá a exponer el resto de mi familia? ¿Podrían cuidarla igual que yo lo hago? ¿Mi niña se iba a agravar? ¿Podría perderla?

El miedo fue la constante durante esos días, pero también debo decir que el apoyo de mi familia fue crucial para mantener mis ánimos y pensar en que todo iba a salir bien.

Además, Lucía a su corta edad siempre ha sido fuerte, y verla de buen ánimo, pese a la enfermedad, me dio muchas fuerzas. Los niños sí que la han tenido difícil en medio del confinamiento, pero de ellos hemos aprendido mucho.

Desde casa sigo trabajando, me toca despertar desde muy temprano para preparar desayuno y alistar todo para Lucía y en simultáneo atender mi jornada laboral.

Así mismo, gracias a mis terapias, a mi medicación y a la adquisición de mayor conciencia de que cada día tiene su afán y de que todo se resuelve manteniendo la calma y buscando soluciones, he manejado la situación de manera más aplomada.

Mentiría al decir que todo es color rosa, pues hay días muy difíciles, pero también siento que he logrado avanzar.

Por fortuna, el 15 de abril Lucía terminó su periodo de aislamiento y ya le dieron su alta médica, por lo que una vez más le hicimos el quite a este virus que ha causado la muerte de más de tres millones de personas alrededor del mundo, pero que también ha cobrado buena parte de la salud mental de miles que, en medio del encierro, deben propender por mantener ocupadas sus mentes y las de sus hijos.

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