Ser demócrata implica la humildad de saber que nuestro pensamiento y nuestras maneras de llevarlo a la realidad no son absolutas. Implica aceptar que convivir con otros establece límites y exige procesos consensuados y reglados por la sociedad. No es solo ir a las urnas, sino que implica una dinámica de vida que acepta los contrapesos establecidos y que gestiona el impulso de monarca que habita en todo líder.
Por eso cada vez cuido más las palabras que uso. No solo en el espacio público, sino en la intimidad de la amistad, de la vida de pareja, de la experiencia laboral. Hay que ser conscientes del poder de la palabra. Porque una palabra que sale de nuestra boca ya no nos pertenece.
Entendí que siempre puedo dar lo mejor de mí y ese ha sido mi propósito diario. He sabido reconocer mis propias responsabilidades cuando no consigo todo lo que quiero y creo que merezco, y he evitado culpar a otros de ello.
Mi opción personal es clara: la vida es lo más lindo que podemos tener, no importan las lágrimas, dolores, traiciones o frustraciones. Nada de eso importa si estamos vivos.
La tragedia es encontrarse con personas que no buscan debatir, sino imponerse. Frente a ellas, vale la pena exponer razones, pero también entender que a veces lo más sensato es retirarse en silencio.
Por eso, cuando identifico ese tipo de diálogo en mí, procuro detenerme. Hago una pausa consciente y trato de observar lo que estoy pensando. Me pregunto si lo que me estoy diciendo es lógico, real, racional y, sobre todo, si me ayuda a crecer o simplemente me desgasta.
La Resurrección es una invitación a la esperanza, pero no a una esperanza mágica, sino a la que se construye desde el amor, la responsabilidad, la fidelidad a los valores y la acción.
La vida de los demás también va cambiando y requieren encontrarse con nuestra empatía y no con nuestra indiferencia o rigidez que los juzgan. No vivimos solos y nuestros esquemas influyen en los otros y por eso tenemos que cambiar.
No soy un ser de luz; soy un hombre que intenta amar bien mientras aprende. Quiero vivir mi hoy con la intensidad que produjo ese video, para gozar en la memoria lo que he vivido.
Dios no está en la vida para estrellarnos contra nuestros defectos y limitaciones; ellas se imponen en nuestra cotidianidad sin reflexión.