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Roberto Prieto, Sonia Osorio, Álvaro y Tita Cepeda y Alejandro Obregón en el matrimonio de Germán Vargas y Susana Linares.
Tomada del libro ‘La Cueva: crónica del Grupo de Barranquilla’, de Heriberto Fiorillo.
Arte

Obregón y Cepeda Samudio: el apoyo mutuo como forma de arte

Los unió la ciudad, lugares como La Cueva y las playas de Salgar. Pero también las fiestas, los amigos y los proyectos artísticos.

“Todo es verdad. Ellos se conocieron muy temprano, muy jóvenes, y entendieron que el uno y el otro tenían mucho en común, en la manera en que veían el mundo y cómo pensaban que podía ser”, dice Tita Cepeda, viuda de Álvaro Cepeda Samudio, sobre el vínculo afectivo que este escritor sostuvo con su gran amigo el pintor Alejandro Obregón.

Se conocieron a comienzos de los años 50 en Barranquilla, cuando el pintor se instaló en la ciudad después de su paso por Europa. Más de 20 años después, en 1972, Obregón lo despidió en su lecho de muerte en Nueva York, al llevarle un ejemplar de Los cuentos de Juana, publicado póstumamente con las ilustraciones del artista. Cepeda alcanzó a verlo “medio animado por el suceso, mientras se le iba la vida”, como dice Claudine Bancelin en Vivir sin fórmulas (2012), biografía sobre Cepeda Samudio.

Que Obregón le haya ilustrado un libro con sus pinturas quizá no coincide con algunas declaraciones anteriores de su amigo escritor, quien, en una entrevista al pintor –recogida en 1977 por el Instituto de Cultura–, dijo que nunca habían “enredado” sus profesiones o “mezclado utilitariamente” sus oficios porque este nunca le había pintado un retrato, ni regalado un cuadro, ni ilustrado un libro. 

Esa entrevista, hecha cuando ya habían cumplido al menos dos décadas de conocerse, constituye una declaración afectuosa y admirativa, aunque pretenda ser sólo de “confianza”. El autor de La casa grande dice en ella, en tono desenfadado, que juntos han establecido un “vínculo poco comprensible para la gran mayoría de sapos que brincan a nuestro alrededor”.

Dicho vínculo se apoyaba en que eran compañeros de tertulias, de afinidades literarias y artísticas; en que eran amigos de sus amigos y de sus amores. Frecuentaban La Cueva, La Tiendecita y las playas de Salgar, y en los balcones de La Perla, el edificio enfrente de Bellas Artes donde ambos vivieron, se sentaban a beber y a veces convidaban a los estudiantes. En una ocasión, según cuenta Bancelin, en un viaje de Barranquilla a Cartagena en el Jeep de Obregón, decidieron parar en el municipio de Luruaco para comer arepas de huevo y armar una parranda de tres días.

En el libro La Cueva: crónica del Grupo de Barranquilla, de Heriberto Fiorillo, se dice que “Álvaro y Obregón vivieron como hermanos inseparables. Se bautizaron los hijos, salieron juntos a todas partes, hasta a buscar las trompadas de los marineros en los cafetines del puerto”.

“Ambos eran atrabiliarios, eso los unió mucho”, dice el historiador Adlai Stevenson Samper, que señala también una cercanía de clase: “Tenían relaciones con el alto mundo económico y social”, aunque “Obregón era más adinerado”. Estaban vinculados al Grupo Santo Domingo, del que Cepeda manejó las relaciones públicas.

Uno en el otro

García Márquez describe así a Cepeda en Vivir para contarla (2002): “parecía un gitano de la Ciénaga grande, de piel curtida y con una hermosa cabeza de bucles negros”. Acerca de Obregón, en un texto del catálogo de una exposición de 1982 para el Metropolitan Museum and Art Center de Coral Gable, dijo: “lo que más me impresionó cuando lo conocí no fueron esos ojos diáfanos de corsario que hacían suspirar a los maricas del mercado, sino sus manos grandes y bastas, con las cuales lo vimos tumbar media docena de marineros suecos en una pelea de burdel”.

Estos tres artistas y escritores confluyeron también en torno a una historia que Obregón les repetía en sus encuentros, sobre un ahogado que sacó de la Ciénaga del Torno en 1961. Ese ahogado inspiró a García Márquez a escribir su cuento El ahogado más hermoso del mundo (1968); a Cepeda Samudio una historia de Los cuentos de Juana y a Obregón su cuadro Ganado ahogándose en El Magdalena (1950).

Esta coincidencia y aporte mutuo abre paso a otros. Como lo cuenta Bancelin, en 1951 Cepeda Samudio fue nombrado secretario general del Centro Artístico de Barranquilla, donde organizó exposiciones en las que participó Obregón, como una que tuvo lugar el 8 de enero de 1955  en el Club Barranquilla. Más tarde, en 1959 se hizo el I Salón Anual de Barranquilla, que se volvería de carácter interamericano al año siguiente. “Allí triunfaron Cecilia Porras, Alejandro Botero y Fernando Botero”, señala Bancelin en su libro.

Como se ve, en ambos amigos, el arte, la literatura y las colaboraciones eran recíprocos y frecuentes. Pero su apego y su vínculo trascendieron lo artístico, como lo hace el arte en la vida. Cepeda veía a Obregón como posible padre de sus hijos, al decir, en la entrevista mencionada, que era “el único hombre a quien confiaría mis hijos para siempre”.

En un momento de la misma entrevista, los amigos llegan incluso a sugerir un intercambio –o transfiguración– de roles. Obregón le dice: “Álvaro, cambiemos de puesto porque yo creo que tu oficio es pintar y el mío escribir”. Cepeda dice: “Obregón va a escribir Los cuentos de Juana, esa novela que hace 10 años estoy pintando”.

Estas mutaciones se alargan en un diálogo deliberadamente confuso, en el que un amigo encarna de repente los gustos u obsesiones del otro

“¿Mano, te gusta escribir?”, le pregunta Cepeda. “A mí sí, pero no me da la gana”, responde Obregón. “¿Y a ti te gusta pintar?”, lo interroga de nuevo el escritor. “A mí no, pero me da la gana”, responde Alejandro.

Acuarela de Alejandro Obregón en una edición conmemorativa de ‘La casa grande’.

Dedicatorias

El 12 de octubre de 1972, Álvaro Cepeda murió de cáncer en un hospital de Nueva York. Había llegado allá por recomendación médica. Obregón quedó a cargo de vigilar la fase final de la edición de Los cuentos de Juana, que ilustró con pinturas hechas especialmente para la obra. De esa primera edición, se imprimirían 1.000 ejemplares. 

El viaje de Obregón a Estados Unidos para llevarle las pruebas de la obra a su amigo, fue el acto que le permitió verlo hacia el final de su vida. Pero no fue el último en que compartieron páginas. En 2012 se reeditó La casa grande, la obra más importante de Cepeda que cumplía su aniversario 50, dedicada desde siempre a Obregón. Para esa publicación de Áncora Editores –al cuidado de Jacques Gilard y con la colaboración de Tita Cepeda–, se escogió como imagen de cubierta una acuarela en tonos ocres, que Alejandro le dedicó a su amigo Álvaro con dos palabras en italiano: “Mio fratello” (Mi hermano).

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