El Heraldo
La creatividad no tiene límites para maestros y estudiantes: usan tapas y checas para las matemáticas. José Luis Cruz
Sucre

Milagro académico junto al cementerio

El Francisco José de Caldas, en Travesía, Sucre, ocupó el décimo lugar en el ‘raning’ de primaria entre planteles oficiales. Piden sede propia, cancha, ventiladores y tabletas.

El miércoles pasado parecía cívico en Travesía. Muchos más habitantes de los acostumbrados caminaban por las calles de este corregimiento que en la década de los 90 fue noticia por la violencia desatada por guerrilla y paramilitares. Décadas después lo vuelve a ser, esta vez  por un reconocimiento que espera lo saque del anonimato.

Al lado de la carretera que conduce al pueblo hay un caño seco por el intenso verano, una imagen triste que contrasta con la algarabía de las aves de corral.

Lo bienvenida no la da una iglesia, sino un cementerio situado al lado del Centro Educativo Francisco José de Caldas.

“Cuando los sepelios son en la mañana, que es cuando tenemos clases, los niños se salen de los salones y terminamos acompañando a los difuntos”, asegura la licenciada Nelly del Carmen Taborda.

Los pobladores de este corregimiento tienen la fortuna de morir de viejos y son pocos los sepelios. La enfermedad más común es la hipertensión, una secuela de los grupos armados ilegales que ocuparon la zona. Los enfermos son tratados por cinco mujeres que también son parteras.

Según el Ministerio de Educación, el Francisco José de Caldas ocupo el décimo lugar entre los mejores colegios oficiales de primaria del país. En la categoría Índice Sintético de Calidad Educativa, el primer lugar fue para el Instituto Tecnológico de Comercio de Barranquilla, con 9,05, mientras que el de Travesía logró 8.65.

Desde que se supo la noticia, todo ha sido diferente en medio de lo normal, dicen travesieños, que así se lo hacen ver a quienes han llegado a conocer su historia.

La travesía por el cementerio, vecino del colegio, es rutinaria para los escolares.

El clamor. Los 192 estudiantes, distribuidos en cuatro sedes, fueron llegando a la principal. Algunos se ubicaron en la cancha de educación física, la misma que los fines de semana es el escenario  de campeonatos de microfútbol y en enero, de las corralejas.

Jubal Bitar, director del Centro, sostiene que este es un gran logro y espera que les sirva para que haya inversión en infraestructura, computadores y material didáctico. Este último lo hacen los estudiantes y docentes con productos  como semillas, alambres, tapas y tapillas.

Lo que más anhelan es un megacolegio para agrupar todas las sedes, pues en un salón funcionan simultáneamente tres cursos.

Aunque solo trabajan  10 docentes, Bitar considera que no se necesitan más, sino unificar las sedes para que dejen de ser “multigrados”.

La docente Nelly Taborda está a cargo de 20 estudiantes, 14 de ellos de segundo grado y el resto en primero, “en un salón hago dos grupos, los de un curso a un lado y el resto en el otro. Lo que busco es dar la misma materia al mismo tiempo para que no se distraigan. La clave está en hacer evaluaciones tipo pruebas Saber para que se vayan familiarizando”.

Lizeth Garrido es la única docente de la sede Buenos Aires. Está a cargo de 11 estudiantes de primero, tercero y cuarto grado. “Usamos la creatividad, el carisma y un espíritu innovador porque no es el mismo curso y las clases son distintas”.

Que lo hayan reconocido nacionalmente como uno de los mejores colegios es para los alumnos una muestra de que dan lo mejor de sí. María José Acuña Benavides, la personera estudiantil, espera que los gobiernos nacional y departamental miren e inviertan en el colegio. “Somos buenos estudiantes, pero necesitamos materiales para trabajar, como tabletas, porque solo tenemos 23 computadores. También necesitamos libros, ventiladores, porque solo hay uno por salón, y los viernes, cuando hay educación física, llegamos muy acalorados a clases”, cuenta.

Vías y salud. Y como en el vallenato, cuando llueve no hay clase en el colegio, pues las vías de acceso son terciarias, es decir, intransitables.

Durley Caicedo, vicepresidenta de la Junta de Acción Comunal, dice que no tienen un puesto de atención para la población. “Cuando la gente se enferma, algunas mujeres y yo que conocemos sobre primeros auxilios y enfermería, les prestamos el servicio sin costo. Cuando las mujeres van a parir, si no es complicado hacemos de parteras. O las trasladamos en hamaca hasta el casco urbano”, comenta.

Acontecimientos como ese, tan increíbles en pleno siglo XXI, hacen honor al nombre del corregimiento: llegar a él es una travesía. Pero el principal motivo del nombre es que por años fue el cruce obligado de muchos pueblos aledaños para comunicarse con los ríos Cauca y San Jorge. El pueblo tiene ya 900 habitantes que se dedican a la agricultura. 

La licenciada Yasmine Acuña, de preescolar, sostiene que desde esa edad les inculca a los niños los conocimientos necesarios para que descubran sus fortalezas y debilidades. La efectividad de su pedagogía se refleja en las buenas calificaciones de los alumnos.

Tenemos que ser recursivos- dice- porque hasta las esteras las tejemos con junco para los juegos con los niños de prescolar.

Con el pasar de las horas, Travesía recobró la absoluta normalidad. Los estudiantes entraron en los salones, y un silencio envolvió al pueblo que aprendió a hacer ruido. No por las armas que una vez intentaron desaparecerlo, sino por una sabiduría que lo hace inmortal.

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