Sociedad

Los tejidos de esperanza de una artesana en San Salvador

Andrea Tapia Orellano, con hilo, piedras y mostacillas crea piezas únicas, y con el apoyo de su madre supera problemas tan graves como un cáncer.

Con un metro y medio de hilo, una aguja y mostacillas de diferentes colores, Andrea Tapia Orellano está lista para elaborar un pectoral. Inserta el hilo en la aguja, escoge el color de las piedras y concentrada comienza a tejer.

San Salvador es el barrio de Barranquilla donde vive esta joven de 21 años, artesana y sobreviviente de cáncer. Desde niña sintió afinidad por las manualidades. En las cientos de piedras que tiene en un recipiente organizado por colores, Andrea escoge 10 para iniciar la elaboración de un collar.

De esa selección solo utiliza nueve para formar la primera hilera, dejando la mostacilla sobrante para comenzar la segunda, así repite el proceso durante 16 horas que distribuye en dos días. Cuando el hilo se está acabando introduce otro poco por las piedras que tejió anteriormente y continúa.

Desde hace tres años y medio esta joven artesana viene luchando contra una enfermedad que resultó peor que el mismo cáncer que padecía, la depresión. Pasar de estar sana a poseer un tumor en el cerebro fue un golpe muy duro para ella y su familia; sin embargo, decidió no rendirse y luchar.

“Es importante seguir adelante ayudando y apoyando a otros jóvenes que pasan por lo mismo”, dice.

Cuando el tumor le fue extraído, esta barranquillera se dedicó a trabajar en su espíritu y en la bisutería. Lo que inició como un hobby hoy es su principal fuente de ingresos. “Hay personas que se cierran en el problema, yo lo vi como una oportunidad, porque no me puedo mover tanto y tengo que distraerme para no pensar en mi dificultad. Eso fue lo que me salvó”.

John Robledo

De la cocina a la bisutería

A mediados de 2017 Andrea se enteró de que tenía un tumor maligno en su cerebro, en ese momento estaba en primer semestre de Cocina, por lo que debió suspender los estudios.

Pasar de ser una joven activa y comprometida con su carrera de culinaria a estar atada a un caminador y permanecer sentada o acostada la mayor parte de su tiempo ha sido un proceso muy difícil para ella. “El camino ha sido duro, pero no importa. Yo me apoyo en mi mamá y en Dios”.

Consuelo Orellano, su progenitora, fue la encargada de buscarle espacios en los que pudiera potencializar sus habilidades. “Ella no se quedaba quieta y después de buscar tanto pudo inscribirme en varios cursos de los que me certifiqué”, manifiesta.

Anteriormente, Andrea tenía la posibilidad de participar en ferias artesanales, aun con su enfermedad, pero desde que empezó la pandemia no pudo seguir asistiendo por  ser considerada parte de la población de alto riesgo.

Dejar de participar en estos eventos no fue impedimento para que esta artesana siguiera  la producción de sus accesorios, por el contrario, surgieron nuevos métodos. “Hay personas que vienen a comprar acá a la casa, otras que me hacen los pedidos a nivel nacional o internacional por Facebook o Instagram. Siento que hay quienes aprecian mucho lo que creo, cómo y con qué fin lo hago”, afirma.

Para mantener su negocio a flote, Andrea hace promociones de accesorios pequeños a través de sus redes sociales. Además, comercializa sus productos a terceros que posteriormente los revenden o a compañeras que fabrican accesorios en el mismo material.

John Robledo

Consuelo, las piernas de Andrea

En el momento que el cáncer de Andrea fue diagnosticado Consuelo no se encontraba en la ciudad, pero al enterarse de la noticia tomó el primer vuelo y se regresó a acompañarla. Al llegar se encontró con una realidad poco alentadora, la negación se había apoderado de su hija, “aceptar la enfermedad no fue fácil, pero hacerlo le permitió luchar con más fuerza”.

 “Esto ha sido muy duro, pero a pesar de la circunstancia yo no vi muerte en mi hija, por el contrario, en ella veía vida, oportunidad y una experiencia más”, afirma.

Debido a la dificultad que tiene Andrea para desplazarse, Consuelo se ha convertido en sus piernas. Ella es la encargada de realizar los envíos y comprar los materiales que su hija necesita para fabricar los accesorios.

 “Yo debo ser consciente de que si salgo a comprar algo en algún momento debo regresar a mi casa, entonces llego, me baño, me cambio la ropa, porque sé que ella está aquí y debo cuidarla”, agrega la mujer.

Han pasado tres años desde que Consuelo tomó la decisión de dejar de trabajar para dedicarse a los cuidados de su hija, durante ese tiempo algunas personas las han ayudado económicamente, pero con la pandemia la situación se agravó y esto la llevó a buscar otras alternativas para subsistir y salir adelante. “En un rincón tengo un puesto pequeño en el que vendo bebidas y mecatos. Cada moneda para mí es una bendición”.

“¡No te derrumbes, vamos que sí puedes, hay que echar para adelante!”, eran las palabras de Consuelo que hoy su hija recuerda y agradece. “Desde mi cirugía mi vida ha cambiado, pero mi mamá siempre me saca una sonrisa en esos días que estoy desanimada”, expresa Andrea.

Ya se cumplió un año desde su paso por el quirófano. La joven  volvió a practicarse estudios para monitorear su evolución y las noticias fueron positivas. “Estaba sana”, ya no tenía partículas de aquella masa en su cabeza.

Después de la cirugía pudo caminar sin dificultad, pero al iniciar las radioterapias sus piernas fueron perdiendo fuerza. La pelea no acabó con el cáncer, ahora el nuevo round es contra la osteopenia, un problema en la cadera. A raíz de esto comenzó a utilizar un caminador que le permite desplazarse en su casa-taller.

Andrea está aferrada a su “fe en Dios” y afirma tener claro que vino al mundo con un “propósito” por el  cual trabaja diariamente para conseguirlo. Como lo expresa su madre, ella es un ejemplo de valentía y perseverancia para su familia, amigos y todas las personas que la conocen o compraron sus productos.

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