El Heraldo
El sueño más grande de Farid es regresar a futuro a su tierra natal, Barranquilla.
Crimson Crazed y cortesía
Sin photoshop

El “mar negro” del artista Farid Hadechini

El diseñador gráfico encontró en la ilustración su norte. Hoy día cuenta con un estudio creativo, donde realiza tatuajes minimalistas.

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En la vida nada está escrito. Cada persona desde su individualidad cuenta con la facultad de replantear su historia las veces que crea necesario. Y así lo ha entendido el barranquillero Farid Hadechini, quien guiado por sus gustos se formó profesionalmente en Diseño Gráfico, pero con el trasegar del tiempo su ocupación terminó siendo otra.

Al culminar su carrera supo que debía buscar nuevas oportunidades y perseguir sus sueños, los mismos que lo llevaron a Bogotá, hace aproximadamente unos 15 años.

“Empecé en una muy buena empresa de arquitectura, desempeñándome como director creativo. Mi trabajo consistía en diseñar espacios comerciales para shows, exhibiciones y oficinas. Allí duré ocho años, básicamente hasta que me agarró la crisis de los 30, esa que lo lleva a uno a escuchar una voz interna que dice que es el tiempo indicado para iniciar una nueva etapa con un proyecto propio. No quería seguir trabajando para alguien, sino explorar mi propia creatividad en una próxima faceta”.

Sin tener un plan establecido, explica que decidió lanzarse al vacío migrando a España con la misión de “desintoxicarse de la burbuja en la que vivía”. Posteriormente se puso a la tarea de trabajar su interior para luego conectar con otras disciplinas.

“Yo sabía que quería hacer muchas cosas, pero no sabía qué. Así que decidí volver a jugar a ver en qué me podía sentir mejor y me puse a realizar muchos cursos como cerámica y cocina, entre otros. Estaba buscando algo que me llamara la atención y con lo que me sintiera muy bien. Hace seis años, cuando el dinero se me acabó porque prácticamente estaba viviendo de mis ahorros, me devolví a Colombia y acá caí en la cuenta de que podía tatuar”.

Al descubrir el campo de los tatuajes se encontró con dos temas importantes: el estético, que tiene que ver con la propuesta; y lo técnico, que está relacionado con cómo realizar el trabajo de forma correcta y la asepsia, entre otros. Nutrirse de esos “dos mundos” fue vital para llegar a tener la destreza de la que hoy día ostenta.

Su primer lienzo fue la piel de su ex y su segundo, la de su propio cuerpo. El paso a seguir fue darle forma a ese negocio que estaba emergiendo en su cabeza, además de otorgarle su toque gráfico en la realización de un logo, la marca, el nombre y las ilustraciones que serían útiles para que la gente conociera su trabajo.

“Cuando decidí abrir el estudio de tatuajes me encontré con el primer obstáculo: lo monetario. El dinero que tenía de mis ahorros lo había gastado en el viaje que hice a España, y necesitaba de una alta inversión para adquirir buenos recursos, buenas máquinas e insumos”.

Su alternativa para materializar el estudio —que decidió llamar Mar negro— fue participar en una convocatoria en la que debía presentar una propuesta de la imagen del Festival Ópera al Parque. Gracias a su talante ganó y recibió como premio 7 millones de pesos, dinero que invirtió en su proyecto creativo, materializando un punto físico en Bogotá.

“Cuando se arranca en el mundo del tatuaje uno se encuentra con diferentes variables como el hecho de que existan muchos tatuadores y lo complejo que puede llegar a ser conseguir gente que se anime a tatuarse contigo cuando no cuentas con un portafolio amplio que genere un nivel de confianza. Aun así siempre he pensado que las cosas se dan conforme a la energía y al convencimiento que se le ponga (...) Elegí el nombre Mar negro porque sentí que mezclaba lo caribeño, además de que el mar es como una fuerza creativa que a todos nos mueve y nos inspira; y negro porque el 80% de mis creaciones las protagonizan la tinta negra”.

En sus inicios como tatuador se puso a la tarea de meterle la ficha a la ilustración, de trabajar arduamente, de reconectar y de abrir en el mercado otra oferta que involucrara la realización de tatuajes pequeños, de línea delgada con trazos precisos. Desde ahí empezó a recorrer un “camino largo” de seis años que califica como “aprendizaje continuo”.

Hoy día, con 36 años y un estilo minimalista en su proyecto artístico, Farid expresa que la creatividad de las personas no puede decantarse por un solo camino.

Como “creador” le gusta la idea de explorar distintos medios, de mostrar los talentos y de alzar “una voz clara”. Esa idea lo ha llevado a que muchas marcas comerciales le sigan la pista y empiecen a ver todo su trabajo.

De hecho, ha sido así como ha podido impulsar los límites de la creatividad y el arte, permitiéndose a sí mismo participar en distintos proyectos y colaboraciones con marcas nacionales e internacionales tales como La Federación Nacional de Cafeteros, que le extendió la invitación para que realizara una serie de  murales basados en ilustración de plantas cafeteras y campesinos en 16 pueblos. Con Johnnie Walker fue invitado a participar en la elaboración de estatuas edición limitada del caminante; y con Smirnoff logró terminar hace poco una campaña basada en la diversidad, que se trasladó a la creación de una botella de edición especial.

 

Farid Hadechini asegura disfrutar su proceso creativo. Antes de crear le resulta vital liberarse del estrés. Cortesía

 Estas han sido experiencias que le han ayudado a tener una visión aún más global sobre las diferentes formas y los espacios en los que puede aplicar su estilo minimalista y natural, mediante cajas ilustradas, botellas, ropa y proyectos de ilustración.

 Gracias a estas oportunidades creará pronto una exposición en que mostrará cómo mediante lienzos tradicionales se refleja la voz de marca que ha venido construyendo en su estudio  en los últimos años, el cual le ha permitido dar a conocer su trabajo en países como India y España.

También se encuentra creando una serie de “autorretratos no tradicionales”, por medio de la técnica de hiperrealismo con lápices de colores, en formato medio pliego y un pliego. Su fin es mostrar su “yo”, la persona que está detrás del lápiz y el papel.

 Farid cuenta que el mayor reto al momento de crear es enfrentarse a la hoja en blanco. Por eso le recomienda a todos los artistas que al momento de iniciar algún proceso creativo tengan claro lo que quieren crear, se desestrecen y tengan la entereza y el convencimiento para defender su visión, que es un proceso que nutre, sobretodo en un momento como el actual, en que tener una voz clara y un mensaje honesto y personal detrás de aquello que se lanza al mundo es primordial.

“El tema con la inspiración y la creación siento que está en el universo flotando y uno lo que tiene que hacer es agarrarlo, pero para lograrlo uno tiene que ser muy certero. Yo he encontrado que si estoy tranquilo y desestresado dejo ir lo que tengo adentro y a partir de ahí puedo crear libremente. Todo me fluye (...) La verdad es que esa es mi fórmula, pero creo que cada quien tiene que descubrirla por sí solo”.

Él, como la gran mayoría de barranquilleros que emigra de esta tierra currambera, siente un amor y una nostalgia por su tierra. Es —como lo indica— su “novia eterna” que lo lleva a sentir orgullo y añoranza y que lo invita a soñar con regresar a futuro y tener una casa  donde pueda embelesarse con el sonido del mar.

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