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Los cortejos del diablo

Se cumple medio siglo de la publicación de Germán Espinosa, una de las expresiones literarias más admirables del Caribe colombiano. 

Se cumple, en pleno pico pandémico, medio siglo de la publicación de Los cortejos del diablo, de Germán Espinosa, una de las expresiones literarias más admirables del Caribe colombiano. Recorrer sus páginas, mientras escasea el mercado y la salud mental, es como asomarse al alucinante lebrillo de la hechicera Rosaura García, en cuyo fondo trasluce, turbulenta y esclarecedora, una muy necesaria interpretación de la cultura de los pueblos del mar, tan pertinente en estos días de reverdecida inquisición. Recorrer sus páginas es asistir a un asombroso derroche de talento narrativo, polirritmia y musicalidad, una endiablada exuberancia verbal que algunos pretenden simplificar con el rótulo carcomido de «barroco». 

Leila Guerriero, brillante y lúcida, escribe en El País, de Madrid, que «estaremos muchos años narrando este puñado de meses. Pero el verdadero relato de estos días no será el de la enfermedad, sino el del miedo». El mismo miedo de Juan de Mañozga por los brujos de Buziraco; el miedo acendrado de los cartageneros por el émulo incendiario de Torquemada. «No era fácil olvidar los viejos temores, los de aquellas cercanas épocas en que tres aldabonazos y el anuncio oficial: «Abrid en nombre del Santo Oficio», eran suficientes para crispar de pánico al más resuelto y sembrar de rodillas en tierra al menos aprensivo».

La ficcionalización del miedo puede ayudarnos a paliar esta realidad de miedo que nos ha tocado en suerte. No muchos han leído la novela, esa es la verdad. Otros no la comprendieron y la tildaron de «infierno retórico y culto», sin percibir sus tambores cimarrones «perforando la noche con su rudo golpeteo». Los censores franquistas, por su parte, se apresuraron a prohibir su publicación en España, bajo el cargo de cuestionar la «hispanidad», sin percibir que su censura bien podía entenderse como el epílogo de una larga y sangrienta tradición de intolerancia.       

Conocí al escritor cartagenero hacia 1999, en una librería de la Avenida Jiménez de Quesada, en Bogotá. Curiosamente, yo vivía y estudiaba por entonces en La Candelaria, el mismo barrio santafereño de calles empedradas donde la virgen le ordena en sueños al «fraile bujarrón» partirle la benedicta madre al «cabro negro» y consagrarle un templo en el distante Cerro de la Popa. Germán Espinosa tenía fama de ser extremadamente arisco; sin embargo, me presenté, le propuse conversar unos minutos sobre su obra, y aceptó. Acaso porque no iba yo enmascarado como ahora o porque él no tenía nada mejor que hacer esa tarde. Le invité un café en un restaurante cercano, uno que acaba de cerrar por falta de clientes. 

Bebimos el café hablando de Los cortejos del diablo, esa sátira fulgurante, carnavalesca y desmitificadora. Sin duda un ajuste de cuentas con la «nación católica». Casi nos habíamos levantado de la mesa, cuando se me ocurrió decir que la perspectiva desde la que García Márquez había construido su Bolívar era muy parecida a la que él había adoptado mucho antes para construir su «destartalado» inquisidor. «Ya Mañozga no es Mañozga ni Bolívar es Bolívar», dije. «¿Será una simple coincidencia?», pregunté. 
«Nunca se sabe», respondió. 

Todavía hoy, sacudido por la tragedia indecible de Tasajera, «donde su fuego nunca se apaga», como el cuento de May Sinclair, me pregunto si era incredulidad o satisfacción lo que motivaba su respuesta… 

orlandoaraujof@hotmail.com

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Planificación urbana

En un siglo, Valledupar pasó de 7.301 habitantes en 1912 a los actuales 460.000 lo que, guardadas las proporciones, recuerda el crecimiento también exponencial de Sao Paulo, Brasil, al pasar de 500.000 habitantes en 1905 a los veinte millones de hoy. ¿Cómo fue este cambio?

La investigadora Diana Ricciulli-Marín y el gerente del banco de la República de Cartagena, el vallenato Jaime Bonet, presentaron esta semana el resultado de una investigación llamado Planificación urbana en América Latina: el caso de Valledupar, el cual reconstruye las diferentes etapas de la planificación urbana en la ciudad utilizando cartografía, archivos históricos, periódicos, entrevistas, documentos e imágenes.

Lo primero que hay que elogiar es el interés cada vez mayor de personas o grupos de vallenatos interesados en volver los ojos al pasado y documentar lo que fue y lo que tenemos, tal cual sucede también con Cesore, una especie de tanque de pensamiento que estos últimos años ha venido investigando sobre la realidad de mi pueblo, particularmente sobre la pobreza, la desigualdad y los servicios públicos (ojo: le falta meterle el diente a la cultura).

Ricciulli-Marín y Bonet documentan ahora el tema del urbanismo, una de las causas por las que Valledupar llamó positivamente la atención nacional hasta la llegada de la violencia a finales de los ochenta, cuando el país tenía mucha fe en la ciudad, una fecha que coincide con la elección popular de alcaldes. De estos, los dos primeros conservaron el aura exitosa de la ciudad. De ahí en adelante, que entre el diablo y escoja.

Una de las razones por las que el Cesar se dividió del Magdalena fue la crisis de corrupción que embargaba a ese departamento, un fenómeno que se repite ahora en Valledupar, pues la mayoría de los alcaldes de estas últimas dos décadas se recuerdan -y recordarán- más por sus escándalos que por sus obras.

El libro de Ricciulli-Marín y Bonet muestra que bastó tan sólo un puñado de hombres para sacar adelante la ciudad. Alfonso López Pumarejo, el primer presidente que visitó la ciudad y quien, además, llegó con regalos: el hospital, la Granja, la Escuela de Artes y Oficios, el matadero, el mercado y el aeropuerto.

Pedro Castro Monsalvo, el segundo vallenato en ser nombrado Gobernador del Magdalena y dos veces ministro y a quien se le deben los estudios de tierra, desde la cartera de Agricultura, que desembocaron en la bonanza del algodón. El villanuevero Silvestre Dangond Daza, encargado –entre otras obras– de construir la carretera que sacó a Valledupar del aislamiento que vivió desde la Colonia. Manuel Germán Cuello cuando era concejal, porque fue él quien llevó a la ciudad al arquitecto cubano Manuel Carrerá, que fue a su vez el cerebro detrás de la exitosísima planificación de la Valledupar; y Rodolfo Campo Soto, el último alcalde que conservó los lineamientos de Carrerá.

La pregunta obligada, ad portas de elecciones, es: ¿quién será el nuevo gallo que dejará su buen nombre para la posteridad al trabajar por la ciudad antes que para su bolsillo y para el de sus padrinos políticos?

@sanchezbaute

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¡En qué estamos!

A raíz de la solicitud a Cuba de extraditar a los cabecillas del ELN, un grupo de “intelectuales” le pide al presidente “mayor serenidad” y dejar abierta la diplomacia, “tradición de nuestra política exterior”.

Una carta sorprendente. Después de sesgados juicios históricos, terminan pidiéndole al presidente no hacer nada que ofenda a la isla, aun incumpliendo sus funciones constitucionales. ¡Qué osadía!

“Ya el Estado colombiano se equivocó -afirman- cuando (…) la ruptura de las relaciones diplomáticas entre Colombia y Venezuela”. Falso. En 2010 el Gobierno, con pruebas, denunció en la OEA la presencia de las Farc y el ELN en Venezuela, a lo que Chávez respondió con insultos y, para evitar la inspección que pedía Colombia, rompió relaciones.

Nuestros “intelectuales” y el “centrosantismo” padecen de “síndrome de Estocolmo”. Uno de los firmantes  considera “muy lamentable el comportamiento del presidente Duque y todo su gobierno, hostigando y maltratando a Cuba”; un diario capitalino titula “Siguen las injustas exigencias a Cuba”, y De la Calle acusa al Gobierno de “sesgos ideológicos” en la política exterior, como si la de Cuba no los tuviera, acogiendo terroristas y exportando su revolución desde la época del Che.

Para ellos, el Gobierno debe incumplir su obligación de capturar terroristas condenados por la justicia y, por el contrario, facilitar su regreso y darles tiempo para esconderse. ¡Absurdo! ¿Quién rompió el protocolo?, ¿acaso no fue el ELN, que asesinó a 22 jóvenes, en un acto terrorista que califican de “operación lícita dentro del derecho de guerra”?, ¿acaso no lo rompió con secuestros, extorsiones y 89 atentados al oleoducto en 2018; ¿acaso pensaba seguir extorsionando al Gobierno?

Pero el asunto no es Cuba solamente; es el régimen narcoterrorista de Maduro mostrando los dientes, el intento de desestabilización en Ecuador, el retorno de Cristina en Argentina y la deslegitimación de Bolsonaro en Brasil.  El problema es la consigna del Foro de Sao Paulo en Caracas, de “controlar a la derecha en el continente”, en medio de consignas antiimperialistas y de lucha de clases.

El mayor riesgo es que el país ande ese camino sin querer darse cuenta. La corrupción no cesa y, donde las urnas no están amenazadas por grupos criminales, se repite la farsa del clientelismo electorero. Mientras tanto, el “centrosantismo” no deja gobernar por venganza política o codicia insatisfecha de mermelada, y Petro cumple su amenaza de mantener al pueblo en la calle. Marchan estudiantes, indígenas, transportadores, Fecode, centrales obreras, y con ellos marchan los encapuchados del ELN.    

Es la estrategia del caos, para aparecer luego como redentores, a la que se suma la errática ONU con la elección de Venezuela al Consejo de DD.HH, que NO es un disparate menor, sino un síntoma peligroso de hacia dónde vamos.

@jflafaurie

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Elecciones: crisis de legitimidad

Muchos tenemos la sensación de vivir en un mundo en el cual no nos sentimos conformes, porque constatamos crecientes inequidades y desconciertos ante el futuro.

Sin caer en el pesimismo, no se puede desconocer que estas elecciones ocurren en momentos en que Colombia está atravesando tiempos difíciles: el aumento de la pobreza, una precarización del empleo, donde más del 50% tiene solo trabajos informales y donde —de acuerdo a datos de Bienestar Familiar sobre inseguridad alimentaria—, la mitad de los niños de la Costa Caribe pasan física hambre.

Estas condiciones sociales crean un entorno amenazante, tanto para el sector más pobre, como para las minorías que gozan de prosperidad. Esta delicada situación se agrava por la crisis de legitimidad de la vida política nacional.

La gente no cree en sus gobernantes ni en las instituciones. Cada quien busca individualmente la manera de salvarse. Unos se refugian en la religión para calmar sus angustias ante la incertidumbre. Ya es normal observar una gran cantidad de templos, algunos agrupados en su fe. Pero otros llenos de falsos pastores que se aprovechan de los miedos de las personas ante las adversidades de la vida.

Otro grupo de personas, cada vez más numerosas, busca la salida a su situación mediante la comisión de delitos de todo tipo. El crimen sigue creciendo de una manera exponencial, hasta el punto que, en las encuestas sobre los problemas más importantes que sufre la población, la inseguridad ocupa, desde lejos, el primer lugar, volviendo insoportable la vida de las ciudades.

La creciente pobreza, la desnutrición de nuestros niños, el desempleo y la violencia son apenas los síntomas más patéticos del fracaso del Estado colombiano, con su modelo de desarrollo. La gente va perdiendo la ilusión y con fundamento van deslegitimando a la política y a los políticos.

Hace algunos días, en Bogotá, vi una aglomeración de personas cerca del Congreso. Al principio pensé que era una de las tantas manifestaciones, pero era que estaban entregando, en una de las oficinas, los formularios para optar a un subsidio de vivienda; era gente muy humilde. Miré en sus rostros el sueño de una casa propia, porque para vivir necesitamos tener esperanzas.

La gente, como dijo el presidente Truman (1949), aspira a un “trato justo y democrático”. Esa es la clave, decía él, para la paz y la prosperidad. La crisis de la democracia se resuelve con más democracia y no con autoritarismo. Recuerden que el presidente Chávez surgió por la debilidad de la democracia del hermano país. La gente optó por una vía autoritaria y miren los resultados.

Fortalecer la democracia significa darse cuenta de que —con su voto— usted tiene un inmenso poder para escoger a quien lo represente. Si no vota, no se queje. Su voto es el que puede contribuir a que el Estado no sea capturado por la corrupción ni por los violentos. Dejemos de lado nuestro individualismo y pensemos como ciudadanos. Probablemente usted estará mejor si su ciudad y su país están mejores.

joseamaramar@yahoo.com

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El Editorial | Justicia para la valiente Jineth Bedoya

Más de dos décadas después de su secuestro, tortura y violación, por fin se hizo justicia para la periodista Jineth Bedoya. Para ella y para las miles de víctimas de abusos sexuales en Colombia, porque la histórica sentencia de la Corte Interamericana marca el derrotero a seguir en estos casos.

Cerca de la mitad de su vida la periodista Jineth Bedoya, secuestrada, torturada y violada por paramilitares en un miserable acto de retaliación contra el valiente ejercicio de su trabajo investigativo, la ha dedicado a buscar justicia, para ella y para las miles de víctimas de violencia sexual en Colombia.

El sufrimiento moral e incluso físico que ha arrastrado desde entonces esta mujer –menuda de tamaño, pero de una descomunal fortaleza– lo transformó en inspiración para no desistir en una estoica lucha legal y mediática durante más de dos décadas, en las que tuvo que desafiar la indolencia de una justicia sin alma ni corazón que la obligó hasta en 12 ocasiones a reeditar uno a uno los lacerantes detalles de sus agresiones físicas y sexuales.

Lo que le pasó a Jineth Bedoya jamás se debe repetir. La humillación y revictimización a la que fue sometida por distintos funcionarios de la institucionalidad que le fallaron –no una, sino incontables veces, además en escenarios locales e internacionales– no tiene nombre. Imposible calificar la suma de tantas infamias infligidas a una sola persona.

Su emblemático caso, en el que la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) considera que “el Estado de Colombia es responsable” por diversas violaciones a los derechos de la periodista, marca un significativo precedente frente a la lentitud, inoperancia y negligencia de nuestra justicia para investigar y sancionar penalmente lo ocurrido el 25 de mayo de 2000. Ese fatídico día, Jineth Bedoya fue interceptada y secuestrada en la puerta de la Cárcel La Modelo, de Bogotá, a donde había acudido para recibir el testimonio de un líder de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), Mario Jaimes Mejía, alias el Panadero, quien le iba a revelar cómo operaba el tráfico de armas en el centro de reclusión.

Jamás se produjo el encuentro. Todo fue una trampa orquestada por paramilitares, policías y guardias del Inpec que ejecutaron al pie de la letra un macabro plan criminal, para provocarle el mayor daño a la periodista que investigaba la alarmante corrupción en el interior de la prisión, uno de los peores símbolos de la impunidad del país.

Da vergüenza señalar que, luego de dos décadas de esta sucesión de abusos, de los cerca de 25 individuos que habrían participado en ellos solo tres han sido condenados. Por eso, la sentencia es ejemplar al ordenar al Gobierno colombiano investigar, enjuiciar y castigar a los responsables de los hechos frente a los que existen “indicios graves, precisos y concordantes” de participación estatal”.

En un sentido más preciso, la Corte solicita a la Fiscalía que establezca la vinculación de funcionarios de mayor nivel, entre ellos un exalto oficial de la Policía, en esta monstruosidad. Es tiempo de que se conozca, de una vez por todas, la verdad acerca de esta canallada que ha sometido a un insoportable tormento emocional a Jineth y a su madre, intensificado además por la deplorable actitud de los gobiernos de los últimos 20 años que se negaron a reconocer la responsabilidad del Estado y a reparar el daño causado.

Aunque nunca será hora de callar los crímenes sexuales, la justa condena de la Corte Interamericana de Derechos Humanos contra el Estado colombiano abre un tiempo para empezar a sanar. Primero, porque permite el resarcimiento que la ex editora judicial de El Espectador, hoy editora del diario El Tiempo, ha perseguido durante tantos años a un costo personal incalculable.

También el fallo es clave porque obliga al Estado colombiano a asegurar la protección de las mujeres periodistas con la puesta en marcha de programas financiados con recursos públicos. Es indispensable que se tome urgente conciencia de los graves peligros a los que se ven expuestas las mujeres periodistas en un país sometido a una interminable guerra con voraces actores, legales e ilegales, dispuestos a cometer las peores arbitrariedades. Está claro que la justicia que tardíamente le llega a Jineth alivia, de alguna manera, las persecuciones, ataques y abusos que han padecido tantas colegas por razones de su trabajo.

Nada podrá reparar el daño que ha sufrido Jineth Bedoya, pero el camino que ha trazado para las sobrevivientes de violencia sexual en Colombia es inconmensurable. Así que gracias, Jineth, por tu valor y entereza, por no decaer en medio del abandono, el vacío y la depresión, por demostrarnos que el periodismo sana y salva. Seguimos a tu lado y al lado de las miles de víctimas que merecen ser escuchadas y reconocidas en su búsqueda de justicia y reparación. Lograr que nadie se lo haga más difícil debe ser una obligación de todos.

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El Editorial | Acabar con las peleas bajo la lluvia

Desesperados están los habitantes de barrios de Barranquilla y Soledad debido a las riñas entre jóvenes que han convertido sus calles en ‘campos de batalla’. Contrarrestar esta violencia urbana solo con represión envía una señal equivocada. Se necesita, además, una intervención social.

El fenómeno de las peleas de pandillas bajo la lluvia, recurrente en los barrios Las Cayenas, Siete de Abril y Los Robles, no puede ser considerado únicamente como un problema de orden público. Pese a las acciones disuasorias de funcionarios de la Oficina para la Seguridad y Convivencia Ciudadana del Distrito o la intervención de la Policía, las conductas violentas protagonizadas por jóvenes, e incluso niños de 11 o 12 años, que se citan en la vía pública para agredirse a puño limpio, con piedras y armas blancas, se están agudizando, provocando gravísimas afectaciones a los habitantes de estos sectores.

Preocupa que los enfrentamientos, cada vez más frecuentes e intensos, no solo sucedan cuando llueve. Ahora los desesperados vecinos, como lo registró EL HERALDO, denuncian que las reyertas, intimidaciones, ataques a viviendas, hurtos y demás desmanes ocurren porque sí y porque no, lo de menos es el clima. Sin duda, su creciente malestar es comprensible.

Ninguna persona debe vivir con miedo, escondida en su propia vivienda o tratando de eludir el  “campo de batalla” en el que se convierten sus calles, cada cierto tiempo. Ante la conflictividad que amenaza su tranquilidad y la de sus familias, piden a las autoridades apersonarse de esta crisis a punto de desbordarse, producto del incremento gradual de expresiones violentas, agresividad y vandalismo, en especial después de las restricciones impuestas por la pandemia.

A esta comunidad, al igual que a los residentes de la Ciudadela 20 de Julio, Carrizal, El Bosque,  El Valle o Las Américas –también afectados por las reyertas urbanas entre jóvenes que este año dejan al menos “seis hechos de sangre”, de acuerdo con el reporte oficial–, se le debe garantizar mínimas condiciones de seguridad. Velar por el ejercicio de los derechos y libertades públicas y la convivencia pacífica de los ciudadanos es la obligación constitucional de la Policía. Sin embargo, detener la violencia irracional detrás de estos episodios requerirá mucho más que dispositivos policiales.

Urge que la sociedad en su conjunto, en particular la dirigencia política, social y económica de Barranquilla y Soledad, encare las complejas motivaciones que subyacen detrás de las actitudes violentas que desencadenan los reiterativos altercados bajo la lluvia que tanto atemorizan a los ciudadanos. Valga advertir que no se pretende ni excusar ni disculpar las responsabilidades de quienes incurren en estos repudiables comportamientos. Por supuesto que no. Tampoco se trata de banalizar la violencia. Pero sí lo que realmente se busca es erradicarla de los barrios más vulnerables de la ciudad y del municipio vecino, hay que esforzarse por intentar comprender cuáles son los detonantes de esta eclosión de violencia primaria o cómo operan los mecanismos que propician la delincuencia juvenil.

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Cambiar la cultura política de La Guajira

Esta situación y los hechos que la generan deben obligar a los lideres políticos y sociales a parar sus campañas en ciernes y reflexionar profundamente, con el propósito de replantear los objetivos y la forma de hacer la política. Es importante dar prioridad al bien común; es importante la fijación de ideales, de ideas fuerza que arranquen de la realidad social para proyectarlos a un mejor futuro para la sociedad.

Existen suficientes evidencias que exigen un cambio en la cultura política de La Guajira; es decir, en la forma como se comportan los lideres políticos y muchos ciudadanos en el desarrollo de la actividad política, en torno a valores, creencias y actitudes.

Si la política es una conducta humana que se manifiesta dentro de la sociedad como un conjunto de interrelaciones de individuos que tiene como finalidad lograr el bien común, dentro de un contenido ético, la realidad actual del departamento de La Guajira nos demuestra que nuestra dirigencia política ha fracasado, a través de su corta historia como ente territorial, en el logro de ese propósito. Contrario a ello, y concomitante con el manejo de billonarios recursos económicos provenientes de las regalías, se hizo política para beneficiarse económicamente del poder, con sus grupos de amigos o camarillas políticas, pero no con la finalidad de lograr el bien común o el bienestar de la mayoría de la sociedad.

En esta afirmación no hay espacio para subjetividades. Los hechos son elocuentes y solo basta detenerse a reflexionar sobre los siguientes hechos y datos: Según reporte del DANE de abril 2021, La Guajira se posiciona como el departamento mas pobre del país, con un nivel de necesidades básicas insatisfechas (NBI) del 66.33%, una de las mas altas de su historia; existe un preocupante desempeño fiscal que amenaza la viabilidad de municipios y del departamento, que este año se acogió a la reestructuración de sus altos pasivos a través de la ley 550; la frecuente inestabilidad de los mandatarios departamentales durante la última década, por diferentes causas -incluido el gobernador actual; la casi nula creación de oportunidades de ingresos y empleo, más allá de las que ofrecen las empresas privadas como Cerrejón y otras; los servicios clave poco eficientes, como la salud, la educación, las vías, y la gestión del agua -que aún continúa intervenida; la persistencia  de un estado de cosas inconstitucionales, que contribuye a la muerte de muchos niños indígenas por desnutrición; el proyecto estratégico de la represa del Ranchería, con múltiples beneficios potenciales, que permanece paralizado; entre otros.

La situación social y económica en La Guajira es poco menos que agobiante, lo que ha llevado a algunos lideres comunitarios a acudir a acciones de hecho, mediante paros o bloqueos de vías, buscando solución a sus problemas. En otros casos se realizan acciones aisladas, pero valerosas, como la que realizan varios jóvenes Guajiros, mediante una prolongada huelga de hambre, ahora en Bogotá, con el mismo propósito y buscando llenar un vacío de liderazgo regional.

Esta situación y los hechos que la generan deben obligar a los lideres políticos y sociales a parar sus campañas en ciernes y reflexionar profundamente, con el propósito de replantear los objetivos y la forma de hacer la política. Es importante dar prioridad al bien común; es importante la fijación de ideales, de ideas fuerza que arranquen de la realidad social para proyectarlos a un mejor futuro para la sociedad.

Por todo lo anterior es ineludible cambiar la cultura política de La Guajira, si no queremos seguir rezagados indefinidamente en una situación que genera más pobreza, menos oportunidades de desarrollo y más muertes por hambre y sed de nuestros niños indígenas. Es una acción necesaria para liberar de responsabilidades y mantener la conciencia tranquila de los nuevos liderazgos. Si no pueden actuar de esa forma, entonces lo correcto es dar un paso al costado.

 

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El Editorial | Maduro no es el único que teme a Saab

Alex Saab le quita el sueño a Nicolás Maduro. La desesperada reacción del régimen, ahora que el empresario barranquillero fue extraditado a Estados Unidos, revela la información sensible que posee. No solo a él. Saab también tiene las claves para descubrir a empresas salpicadas en Colombia.

Luego de la intensa batalla jurídica y diplomática que el régimen de Venezuela libró durante 16 meses para evitar la extradición de Alex Saab a Estados Unidos, ¿alguien pone en duda que el empresario barranquillero, acusado de ser el testaferro de Nicolás Maduro, conoce hasta el más mínimo detalle sobre el entramado de corrupción alrededor de este Gobierno y sus socios internacionales? Que cuente todo lo que sabe es lo que estaría por verse. ¿Cuándo o cómo? Todavía sería prematuro anticiparlo, pero evidentemente los términos de una posible cooperación de Saab con la justicia norteamericana no son descartables si se tienen en cuenta los antecedentes de acuerdos de negociación de penas a cambio de información sensible.

Dicho de otra forma, el sistema de justicia de los Estados Unidos es experto en ejercer la presión adecuada para obtener lo que busca, apostando siempre por el premio mayor que en este caso es el heredero de Hugo Chávez y su círculo más estrecho. Si cae Maduro, no lo hará solo. Demasiados venezolanos y colombianos aparecen involucrados en los turbios negocios de lavado de activos orquestados por la red de Saab y su cómplice, el prófugo Álvaro Pulido, que tenía tentáculos en una docena de países. La larga lista incluye proyectos de viviendas para familias de escasos recursos que se pagaron, pero jamás se construyeron, malversación de fondos con los que se compraron las cajas de alimentos de dudosa calidad para los más vulnerables –el tristemente célebre programa (CLAP)– o los acuerdos con Turquía e Irán para negociar oro y petróleo, por debajo de cuerda, sorteando las sanciones de Estados Unidos y la Unión Europea.

Nada escapaba al control de Saab. En efecto, las evidencias confirman cómo Maduro ungió de un incalculable poder a su hombre de confianza, encargándole todo aquello que estaba por fuera de la legalidad. No es de extrañar el desespero del régimen ahora que Saab se encuentra en custodia de la justicia de Estados Unidos en Miami, donde volverá a comparecer el 1 de noviembre. Lo que se conoce hasta ahora es solo la punta del iceberg de un elaborado esquema de corrupción que durante una década saqueó las riquezas del vecino país, acabó con la escasa institucionalidad que aún quedaba, sobornó funcionarios a diestra y siniestra y despilfarró el ínfimo capital político con el que se vendía el proyecto bolivariano ante el mundo.

Los señalamientos contra Saab son tan extensos como sus vínculos con reconocidos empresarios o políticos de ambos países que se fiaron del todopoderoso operador económico del chavismo, elevado recientemente a la categoría de delegado especial de la República Bolivariana o miembro plenipotenciario de la mesa de diálogo y negociación con la oposición para blindar su extradición. Ni una cosa ni la otra. Pese a haberlo convertido en héroe de la revolución, la estrategia no funcionó y Saab fue extraditado. Contra las cuerdas, en una clara retaliación, Maduro suspendió de manera unilateral las conversaciones con los partidos de oposición, frustrando las expectativas de alcanzar acuerdos en beneficio de la población venezolana. Pero inexplicablemente, la culpa la tiene Colombia, acusada de oponerse al diálogo político, aseguró el oficialismo. Vaya descaro.

Caracas insiste en que la vida de Saab corre peligro. El empresario, en carta leída por su esposa, la italiana Camila Fabri, señala no ser un “suicida”, por lo que si le ocurre algo será “un asesinato”, y reitera que no tiene “nada que colaborar” con la justicia norteamericana porque no ha cometido ningún delito. No es difícil imaginar que Alex Saab está entre la espada y la pared. Presionado por un lado por la justicia de Estados Unidos para cerrar una negociación y por el otro, por el régimen de Venezuela que le recordó, hace un tiempo, en una carta amenazante, que está sujeto a las leyes de ese país y “obligado a mantener los más altos niveles de confidencialidad con respecto a la información clasificada que posee”, so pena de enfrentar procesos penales si habla.

Desconcierta lo que sucedería si Saab acepta convertirse en la ‘Garganta Profunda’ del régimen. Es evidente que no hay punto de comparación entre lo que conoce y la información que aportarían dos figuras cercanas al régimen acusados de narcoterrorismo, los exmilitares Clíver Alcalá –preso en Estados Unidos– y Hugo Carvajal –a punto de ser extraditado desde España a ese país–, que han aceptado colaborar con la justicia. Indudablemente, Saab es la clave y su declaración podría ser el principio del fin para muchos a ambos lados de la frontera. Que se sepa toda la verdad.

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El Editorial | Presencialidad, una tarea de todos

La Costa Caribe presenta un atraso de 24,2 puntos frente al avance nacional, siendo a la fecha la región del país con menor índice de estudiantes atendidos de manera presencial, según Mineducación.

El Ministerio de Educación vuelve a hacer un llamado claro en el país y la región Caribe: los niños y jóvenes tienen que volver a las aulas. Según esta cartera, la presencialidad en el país avanza a buen ritmo, a corte del 8 de octubre, al registrar 39.702 sedes educativas del sector oficial, que equivalen al 90,6 % del total, que se encuentran ofertando el servicio educativo de forma presencial. 

Mineducación, encabezado por María Victoria Angulo, indicó que  en la región Caribe el avance agregado, en términos de sedes educativas, es del 75 %, donde algunas secretarías de educación ya ofertan el servicio en más del 90 % de sus sedes, como es el caso de los departamentos de La Guajira y el Archipiélago de San Andrés y Providencia y de las capitales.

Además ciudades como Riohacha, Montería, Sincelejo y Valledupar destacan en este apartado. Pero –a pesar de algunos buenos índices– la región presenta una situación particular y difícil: la presencialidad en el Magdalena

Este departamento registra solo el 10 % de las sedes educativas oficiales bajo esta modalidad. Santa Marta, la tercera capital más importante de esta zona del país, registra el 12 % y Ciénaga el 42 %. Lo anterior revela que solo 3.800 estudiantes del sector oficial, de aproximadamente 200.000 que hay, han vuelto a las instituciones educativas. Por otro lado, tan solo 85 instituciones públicas, que equivalen al 10 % de la oferta del departamento, han implementado este modelo.

Las alarmas no paran ahí. La Costa Caribe presenta un atraso de 24,2 puntos frente al avance nacional, siendo a la fecha, la región del país con menor índice de estudiantes atendidos de manera presencial.

La necesidad de volver a clases presenciales es tan alta que, según algunos rectores de colegios de Sucre, la virtualidad ha afectado el desempeño de los estudiantes.

Marco Bertel Suárez, rector del ITI, aseguró que al cerrar el tercer período académico el 70 por ciento de la población estudiantil tiene el año perdido. Las solicitudes de presencialidad no son un capricho de ministerios, secretarías o directivos, sino una razonable y concreta petición teniendo en cuenta las características propias del aprendizaje en Colombia, donde en muchas zonas del país es casi imposible conectarse a internet.

Eso sí, todo este proceso de regreso a clases debe ir de la mano de los protocolos de bioseguridad correspondientes, del cumplimiento del Plan de Alimentación Escolar, que ha tenido tantas fallas, y de inversiones a la infraestructura que antes de la pandemia ya tenían deficiencias. Es una tarea de todos. !Hay que volver a la presencialidad!

Pero –a pesar de algunos buenos índices– la región presenta una situación particular y difícil: la presencialidad en el Magdalena. Este departamento registra solo el 10 % de las sedes educativas oficiales bajo esta modalidad.

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Barranquilla querida | Columna de Hugo Illera

En los últimos 10 o 12 años, Barranquilla cambió de tal manera que, además de ser ciudad industrial y comercial, pasó a ser ciudad turística también, gracias a la idea de volver al río.

Las dos últimas semanas en Barranquilla fueron frenéticas y, medio de todo lo vivido, alguien comentó que la ciudad estaba de moda. Le contesté que no, que la moda pasa tan rápido como aparece y nuestra Barranquilla es eterna. Aquí mismo estará, así pasen las vidas, así pasen los tiempos, así estemos unos u otros. El que viene a Barranquilla se prende a ella de tal manera que, no bien ido, regresa. Y si va a ver al Junior en el Roberto Meléndez o se mete a gozarse las Batalla de Flores un sábado de carnaval en la Vía 40, tendrá más de mil y una razones para volver.

Por cuenta de los propios hijos de la Barranquilla querida, nuestra ciudad estuvo en la órbita de las noticias que bien se destacan en el mundo. 

La inauguración simultánea de la Ventana de Campeones con la aleta de Tiburón más grande del mundo en homenaje a nuestro Junior del alma y de la Sede Deportiva de la Federación Colombiana de Fútbol en la que Ramón Jesurún y sus compañeros pusieron tanto empeño, que fue un negocio gestado desde la alcaldía con la empresa Argos, y el doblete de partidos de la Selección Colombia ante Brasil y Ecuador, fueron momentos sublimes, maravillosos y con visitantes como Gianni Infantino, presidente de la FIFA, Alejandro Domínguez, presidente de la CONMEBOL, Francisco Maturana y Bolillo Gómez, técnicos que nos llevaron a tres mundiales.

En los últimos 10 o 12 años, Barranquilla cambió de tal manera que, además de ser ciudad industrial y comercial, pasó a ser ciudad turística también, gracias a la idea de volver al río, con el malecón como atracción principal, obra de Alex Char, a las ventanas al mundo y de campeones ideadas por Yuyo y Cristian Daes, al desarrollo gastronómico con restaurantes de chefs de alto nivel y a los centros comerciales que incluyen recreación para concentrar, todo en uno, el disfrute de la familia entera.

Para mí fue un golpe de vida entrar al Hotel Barranquilla Plaza acompañado de Paul Tarud y encontrarnos en el hall a la cantidad de jugadores que pasaron por Junior, que vinieron a la gran fiesta del homenaje al equipo, y sentir su alegría y el abrazo de quienes, por tanto tiempo, entrevisté en los camerinos. Verlos vitales fue un bálsamo para seguir caminando en esta vida maravillosa.

Concentrar a tantos jugadores juntos, de épocas diferentes, ganadores de estrellas y a los técnicos campeones, era algo imposible que se volvió posible con el aporte y organización de Tecnoglass.

Las palabras de Fuad Char, alma, nervio y sostenedor del equipo por casi 50 años, fueron el cierre de un día espectacular donde se respiró ese ambiente de la Barranquilla alegre, festiva y deportiva. El mismo Fuad que, viendo a los exjugadores con la camiseta rojiblanca puesta otra vez, recordaría, a golpe de memoria, tantas anécdotas vividas con cada uno. 

Hay mil razones y más, para sentirse orgulloso de nuestra Barranquilla querida. La procera e inmortal… 

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