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Paul Brito (1975) ha escrito crónicas, novelas y ensayos. En la foto posa delante de su biblioteca personal.
Orlando Amador.
Libros

“El texto está engranado con tus órganos y memorias”: Paul Brito

Apoyado en recuerdos y teorías científicas, el autor barranquillero escribió ‘Restos orgánicos de un mundo anterior’.

Un día antes de su cumpleaños —celebrado ayer—, el escritor Paul Brito concedió esta entrevista a EL HERALDO. La fecha, como lo narra en Restos orgánicos de un mundo anterior (Seix Barral, 2020), era importante para su madre, porque cuando se acercaba ella acostumbraba a tomarlo de la mano y preguntarle qué quería de regalo. En el libro cobra importancia un hecho que le sucedió justamente el primer octubre que vivió desde la muerte de Marina Ramos Roca, su madre: un primo, que desconocía el aniversario, llamó al escritor para preguntarle por qué para ella era tan importante este mes. “Porque es mi cumpleaños”, le contestó Paul. Entonces el primo le contó que tuvo un sueño con Marina, quien —en el sueño— lo tomó de la mano y le dijo enfáticamente que esta era una fecha importante para ella.  

Durante aquel mes el escritor —“Pe” en el libro— sintió que su madre, que al final de su vida enfermó de Parkinson , regresaba desde un sueño ajeno. “Y la sentiría todo el mes hasta ese tajo del 31 de octubre que llega con la noche de los muertos, un filo que separa el mundo de los vivos con el otro reino”, apunta el narrador.

Paul Brito dice no creer en eventos sobrenaturales. “Sin embargo, a uno le ocurren cosas que lo hacen sentir rodeado de símbolos, y estos cobran tanta fuerza que parecen sobrenaturales”, dice por teléfono desde su apartamento en Barranquilla. “Creo que esa es la fuerza de la literatura, en la que lo simbólico cobra la fuerza de lo vivo y de lo que está más allá de la vida”.

Restos orgánicos de un mundo anterior es un libro en el que biografía, reflexión y muerte adquieren una fuerza insólita, por momentos sobrenatural. Del dolor de sus muertos el autor extrae una poética sustentada en teorías científicas, recuerdos y postales que se articulan en torno a un mismo torrente de energía: el movimiento (de la vida y de la muerte). Este libro bebe del mar, de la ciencia y del asombro para describir el movimiento del hijo, que es nieto y será padre y también un animal a la deriva; para entregar a los lectores, más que el relato de un duelo, la escritura de un porvenir que está acá: en los restos que deja todo lo creado.

P.

Una versión preliminar de este libro se llamó ‘Árbol de levas’, ganadora en el Portafolio de Estímulos de Barranquilla, 2018. ¿Qué tanto cambió para esta edición, además del título?

R.

El libro pasó por un proceso de exploración y decantación. A veces se llenaba de capas y de tonos y luego otra vez volvía al proceso de depuración, de quitar capas y otra vez volver a un tono. Fue un trabajo de tanteo. La primera versión tenía apenas 24 fragmentos, la última tiene 42, ya más redondeados. Sentí que, además de una vertiente biográfica, vivencial y humana, era necesario introducir cierto enfoque científico y filosófico.

P.

¿Cómo ocurre lo científico en el libro?

R.

En medio de la investigación que hice sobre la enfermedad de mi madre, supe que el científico que por primera vez había desentrañado los síntomas de la enfermedad, James Parkinson, era sobre todo un paleontólogo. Además de ensayos sobre la parálisis agitante, el nombre que le dio originalmente a la enfermedad, se dedicó a producir un libro de dos tomos inmensos con ilustraciones que él hacía y con los resultados de sus investigaciones paleontológicas. Sus textos, de un tono poético muy bello, me sirvieron para hablar del pasado. Parkinson describía a los fósiles como “medallas de la creación”; una especie de bisagra entre una porción del tiempo y otras. Las bisagras no se mueven de su punto pero hacen mover otras cosas. Allí encontré un dilema entre el movimiento y el reposo, ambos conceptos que se debaten en la noción de parálisis agitante. Pensé que había allí unas conexiones que podría utilizar. 

P.

“La muerte no existe, sólo el movimiento”, es una de las reflexiones que sugiere el libro. En otras obras como ‘El ideal de Aquiles’, y en crónicas y ensayos, ha explorado las paradojas del movimiento. ¿Por qué escribir ahora un libro que esté atravesado por esa idea de la muerte no como punto final, sino como “movimiento”?

R.

Creo que has dado con el punto más importante del libro. Ese hallazgo lo fui encontrando en mi propio pasado, me acordé de aquella vez que iba con mi madre y vi cómo una lagartija se desprendía de su cola y esta seguía moviéndose. “Autonomía caudal se llama el fenómeno”, me dijo ella. Eso quedó en mi memoria, y era otra pista, otra medalla para encontrar una descripción dinámica sobre la muerte. Esa explicación está en la base de la energía, de todo lo que se transforma. El mundo está en constante cambio y transformación, tiene como último reducto la energía. En el fondo de todas las cosas que es la energía, el cuerpo es una pequeña resistencia, como un freno que le colocamos al cambio para que de forma estacionaria nos mantengamos ahí, entre el reposo y el movimiento, pero una vez culmina esa resistencia volvemos otra vez a la esencia del movimiento, de la energía y la transformación. Los grandes organismos que vivieron en el pasado quedaron sedimentados en forma de carbón, de petróleo, y paradójicamente esos fósiles hoy son en gran parte el combustible del mundo. Los combustibles fósiles mantienen en movimiento el mundo. Son animales que no se mueven desde hace miles de millones de años, y hoy se reactivan y reactivan el movimiento de los vehículos y las fábricas.

P.

¿Cómo configuró y eligió los fragmentos para darle fuerza orgánica al texto?

R.

Creo que no sólo el texto debe ser orgánico, también el proceso que te lleve a su construcción debe conformar un mismo cuerpo, que uno sienta al escribir que el texto se mueve como otra parte de tu cuerpo, engranado orgánica y biológicamente con tus órganos, tus vísceras, tus memorias. Con los grandes textos uno no se siente fuera del libro sino parte de él, de un mismo organismo. En éste, como nacía de recuerdos vivos, reales, yo sentía que debían engranarse por sí mismos,  sin puentes artificiales, que es lo que a veces le toca a uno establecer en la ficción para unir una porción del tiempo con otra. Era una búsqueda de momentos claves que por sí mismos sirvieran como puente, vínculo y bisagra entre un texto y otro. Era una búsqueda intensiva de recuerdos.

P.

¿Por qué todos los nombres de los personajes son reales menos el de Pe, el protagonista? No escogió la inicial, “P”, sino el sonido de la letra, que por otra parte recuerda a Pi, la constante matemática...

R.

Me gusta esa asociación. En el libro no hay ningún nombre falso, ni un evento falso, todo es minuciosamente real. La única licencia que me di fue narrar en tercera persona, porque necesitaba cierta distancia con lo que estaba contando, dado que mi madre había muerto y no quería convertir el libro en una catarsis emocional. Y como el libro era muy fragmentario y hablaba de varios personajes y sucesos, yo necesitaba un hilo conductor, una aguja que los hilvanara. Sentí que el único personaje fijo en todos era yo mismo. Si yo daba un paso atrás, el lector iba a ver a Pe en todas las situaciones, y como para sentir un poco más ese distanciamiento lo llamé Pe. Nunca me han llamado así, pero sentí que Pe era un resto, como un fragmento, un vestigio del pasado. La P sola la descarté, en cambio sentí que Pe era algo roto, partido, un pedazo que había quedado. Y transmitía más esa sensación de residuo, de fragmento.

P.

¿Cómo abordar sin lugares comunes la muerte, que es el lugar común de todos?

R.

Es muy difícil escribir sobre la muerte por eso mismo, está llena de lugares comunes, de malentendidos, de distorsiones, de tantas cosas… De esa mirada a veces demasiado sentimental, nostálgica, a veces patética. Hablar sobre la muerte es como tratar de abrir una puerta en un muro, siempre estamos rebotando en ese muro. Hay que tratar de verla sin prejuicios, en su profundidad, en toda su tristeza y también en la alegría y el posible alivio que puede dar. Borges decía que cansa ser uno mismo, cansa tener el peso del universo alrededor de uno. Uno es el centro del universo, puede que existan muchas personas y que uno sea uno más, un pedacito en un universo inmenso, pero en la vida real cada uno es el centro. La literatura consiste en afincarse en ese centro del universo que es nuestra voluntad, incluso la voluntad debe estar por encima de todas las fuerzas del universo para poder activar y tener libre albedrío.

P.

“Uno siempre termina por consolarse”, dice El principito. ¿Encontró consuelo con este libro?

R.

En principio sentí todo lo contrario: más orfandad, tristeza, abandono, perplejidad. La perplejidad está intacta. Pero creo que sí hay consuelo. A los libros de autoayuda a veces los critican por proponer una catarsis un poco artificial, pero a la larga un libro de literatura, y más uno autobiográfico, contiene cierto nivel terapéutico, aun cuando uno haya huido de eso durante la escritura para convertirlo en una obra literaria y no profiláctica. Todo el tiempo uno está buscando un sentido, y buscar un sentido es también sanarse del vacío y de la oscuridad última de las cosas.

Cubierta del libro publicado por Seix Barral. Cortesía.
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