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Ana María Bidegaín saluda al papa Francisco, en una visita a El Vaticano.
Ana María Bidegaín saluda al papa Francisco, en una visita a El Vaticano.

Entrevista

“La ideología de género no existe, es el típico caso de una posverdad”

El titulo es:“La ideología de género no existe, es el típico caso de una posverdad”

Ana María Bidegaín, colombosuiza de ancestros uruguayos, hace un repaso de las razones que han propiciado en los últimos años movimientos de fieles religiosos de la iglesia Católica hacia iglesias evangélicas, analiza el avance hacia un estado con pluralidad de confesiones y secularización, y comenta la relación religión-política.

Ana María Bidegaín nació en Suiza, tiene ancestros en Uruguay y vivió 20 años en Colombia, país del que obtuvo la ciudadanía. Tiene un doctorado en Ciencias Históricas de la Universidad de Louvain, es profesora de la Universidad de la Florida y lo fue, entre otras, de la de Harvard. Ha publicado, entre muchos otros textos y ensayos, dos  libros: ‘Historia del Cristianismo en  Colombia, corrientes y diversidad’ ( Taurus), y ‘Globalización y diversidad religiosa en Colombia’ (Universidad Nacional). Bidegaín conversó con EL HERALDO sobre política y religión, dos temas de palpitante actualidad.

P. No resultó cierta la pretensión de que la secularización fuera una consecuencia inevitable de la modernidad. ¿Cuáles factores, a su juicio, contribuyeron a que el mundo de los primeros años del tercer milenio parezca un mundo furiosamente religioso?

R.

Por empezar, hay que entender que la modernidad, como cualquier proceso histórico, no ha llegado al mismo tiempo para todas las personas, ni tampoco las incluyó de la misma manera a todas. En nuestra América Latina,  eso es claro. Si bien sectores importantes de la población vivieron ese proceso de secularización, otros, y muy amplios, se mantuvieron aferrados a la religiosidad popular. Entendida esta como una religiosidad que se produce y reproduce por fuera del control y del magisterio eclesiástico, y que toca a todos los sectores sociales.

P. América Latina parecía el más inexpugnable bastión de la Iglesia Católica. De pronto, el crecimiento de las iglesias evangélicas y pentecostales significó no solo una marcha atrás de las esperadas expectativas laicistas, sino un retorno, a veces agresivo, a la sacralización de las organizaciones sociales. ¿Cómo perdió la iglesia Católica su hegemonía y su monopolio?

R.

Por una parte la Iglesia Católica adoptó como modelo de ser iglesia, el de la cristiandad. Es decir usar las instituciones del Estado para poder realizar su misión, mientras la iglesia legitimaba la acción del Estado; lo que implicaba ese estrecho nexo que conocimos entre la iglesia Católica y el Estado. Esta situación provocó que grupos políticos con opción de poder también se interesaran en mantener esta relación, como sucedió  con lo liberales bajo el Frente Nacional; lo que hizo que el proyecto de estado laico perdiera interés, para este sector que tanto lo había defendido anteriormente.  Por otro lado, la iglesia descansó toda su pastoral en las instituciones educativas y en el control del modelo de familia cristiana que era impuesto en las mismas instituciones del Estado, y ellas sí recibían el impacto de la secularización. Al mismo tiempo,  los sectores del clero que quisieron enfrentar este proceso transformando la acción pastoral y buscando construir otro modelo de Iglesia se estrellaron con las autoridades tanto religiosas como políticas, motivando una fuerte crisis sacerdotal y de vocaciones religiosas masculinas y femeninas y pérdida del laicado más activo desde los años 60 y 70.  Período  en el que se agudiza el fuerte proceso migratorio campo-ciudad y las misiones pentecostales que se habían instalado en las áreas rurales también sufren los embates de la llamada ”violencia”, y se mueven a la ciudad, a los barrios informales donde van a lograr afianzarse y crecer. En los 80 también logran crecer en los sectores medios urbanos.

P. A mediados del siglo pasado, el Concilio Vaticano, la teología de la liberación y el acento en “el pueblo de Dios” presagiaban una iglesia Católica progresista. Mientras ese debate planteaba confrontaciones internas en el catolicismo latinoamericano, las religiones voluntaristas del fundamentalismo ganaban imperceptiblemente terreno. La iglesia “progresista” repitió el desprecio que los sectores más tradicionalistas sentían por esas iglesias poco ilustradas, desreguladas y populistas. ¿Qué pasó?

R.

La iglesia Católica progresista si bien logra, en el Concilio Vaticano II y en la reunión episcopal  en Medellín, 68 reformas importantes que la llevarían a construir un nuevo modelo de ser iglesia, y aunque en muchas partes lograba avanzar y formular las bases de la teología de la liberación, fue detenida por el retorno al modelo de cristiandad que encarnaron Juan Pablo II a nivel universal y monseñor Alfonso López Trujillo a nivel latinoamericano. Al freno y represión institucional se sumó la política, porque este proceso coincidió con la Guerra Fría y el establecimiento de las dictaduras en el cono sur y la guerra en Centroamérica. La enorme lista de mártires latinoamericanos, obispos, sacerdotes, religiosos y laicado recién empieza a ser reconocida ahora con el papa  Francisco.  Las iglesias evangélicas fueron vistas como una buena opción para contrarrestar la iglesia Católica progresista, que nacía de las comunidades de base, y por eso estas iglesias pentecostales fueron  estimuladas y apoyadas por organismos y fundaciones internacionales en los 70. Pero por otro lado, la represión que vivían los dirigentes de la llamada iglesia popular y la  jerarquización y rigidez del catolicismo conservador imperante no daba el espacio  que sí otorgaban las iglesias protestantes. Por ejemplo, una mujer divorciada que era hostigada en la iglesia Católica era bien recibida en las pentecostales, donde “nacía de nuevo” y era reconocida.  Un líder religioso  en poco tiempo lograba ser reconocido como pastor y podía desarrollar su propia iglesia y multiplicarse con facilidad.

P. En la misma línea de la pregunta anterior, sorprende que la iglesia Católica haya escogido como su estrategia para enfrentar la competencia de las iglesias evangélicas el parecerse a ellas. En los años 70, Juan Pablo Segundo encabeza un giro hacia lo carismático. ¿Esa fue una fórmula para la “entrega del mando”?

R.

Quizás fue un intento de refrenar el proceso de pérdida de fieles, pero el daño estaba hecho. Además, no era solo el retorno a una religiosidad más espiritualista lo que se buscaba sino nuevas propuestas de sentido y presencia pastoral.

P. Es indudable que la crisis de sentido que acusan las naciones del mundo contemporáneo favoreció ese retorno hacia lo religioso. Secularización y laicismo vuelven a ser paradigmas improbables. Las tendencias de lo religioso serían, según sus propias palabras, “un sendero hacia un estado pluriconfesional, afianzando sistemas tradicionales de clientelismo”. ¿Cómo recuperar el impulso hacia estados democráticos para “el pueblo de Dios”?

R.

En estas primeras décadas del siglo XXI se han consolidado varios aspectos, que exigen que se vuelva a definir la relación iglesia-estado-sociedad. La laicidad ya no se puede pensar como en el siglo XIX imponiendo desde arriba el estado laico y la secularización. Existe una pluralización religiosa y una secularización creciente;  hay una mayor conciencia de proteger la dignidad y los derechos humanos,  la libertad de conciencia y de creencias incluidos los derechos de las minorías. Y a pesar de las dificultades se han consolidado los regímenes democráticos, por tanto el reconocimiento de que las instituciones políticas se legitiman por la soberanía popular  y no por elementos sagrados o religiosos de ningún tipo.

Si queremos fortalecer la democracia hay que crear mecanismos mediante el diálogo interreligioso e intercultural  que nos permitan un nuevo acuerdo en torno a lo religioso, para que a todas las instituciones religiosas se les reconozcan derechos y garantías, pero no solo a ellas, sino también a los ciudadanos creyentes y no creyentes. Por eso el estado pluriconfesional que nace de los acuerdos políticos clientelistas como el decreto 354 de 1998, que  fue otorgado a un grupo de cristianos no-católicos, dejando por fuera de este esquema a otras iglesias y religiones que no tienen la misma capacidad de representación y movilidad política, y sobre todo de la ciudadanía,  no es un buen  camino.  De esta manera  se está perpetuando el trato desigual e inequitativo. Es un contrasentido con lo logrado en la Constitución del 91 y con muchos de los postulados del protestantismo.

P. Los hechos demostraron recientemente, con ocasión del plebiscito para la paz, la decisiva intervención de las iglesias evangélicas y similares en la votación por el ‘No’. En lo esencial, esa actitud fue justificada por sus propios protagonistas, como resultado de un inasible temor a lo que llamaron “ideología de género”. Resulta poco menos que imposible entender que simples referencias al “enfoque de género” en el Acuerdo con las Farc se convirtieran en una confusa asociación de peligros “encriptados”. Lo sorprendente fue que a ello se sumó la iglesia Católica, parapetada en una “neutralidad” que el Papa no postulaba, y un exótico “lefebvrista”. ¿Cómo explicar que hayamos estropeado una posibilidad cierta de paz con semejantes niveles de irresponsabilidad?

R.

Desgraciadamente vivimos a nivel planetario  una era  en que, por un lado, le creemos al líder político o al líder religioso como si fuera la divinidad en la cual creemos, y le creemos todo lo que nos quiera decir. Como que fuera “nuestro Señor Jesucristo”. Pero lo grave es que esos líderes políticos, que usan lo religioso, viven de la “posverdad” – es decir, abundan verdades a medias que no son controladas y suficientemente bien refutadas. Otros lo llaman “hipérboles verdaderas” que sin ser una verdad me permiten decir una mentira pareciendo que son verdad, y eso lo están usando mucho  en  la propaganda  para vender un producto o imponer una línea de pensamiento o ideología política. Pero como la política la vivimos como una religión, la aceptamos como verdadera sin matices y el líder político  no se lo controvierte sino de lo sigue ciegamente.  La “ideología de género” no existe, es el típico caso  de una post verdad o hipérbole verdadera. Hay temas que pueden ser controvertidos pero esos temas en particular, como el matrimonio igualitario o el aborto, no hacían parte, ni tenían nada que ver, con los acuerdos y fue una gran estafa. Como católica creo que la iglesia debió apoyar la realización de talleres de lectura juiciosa de los puntos del acuerdo  que facilitaran a los creyentes ejercer  un verdadero derecho ciudadano.

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