Roberto Burgos Cantor y sus (personajes) estrellas

El prolífico escritor cartagenero, ganador del Premio Nacional de Novela con ‹Ver lo que veo›, ha sido el homenajeado este año en la II Feria Internacional del Libro de Barranquilla. Repaso a su obra. 

El escritor cartagenero Roberto Burgos Cantor (1948–2018).
El Dominical

El prolífico escritor cartagenero, ganador del Premio Nacional de Novela con ‹Ver lo que veo›, ha sido el homenajeado este año en la II Feria Internacional del Libro de Barranquilla. Repaso a su obra. 

Por Julio Olaciregui 

Roberto Burgos Cantor publicó en 2013 su quinto libro de cuentos, El secreto de Alicia, cuya portada es la foto de una mano que sostiene el guion de Queimada, la película filmada en Cartagena por el director italiano Gillo Pontecorvo, estrenada a fines de 1969.

 «Starring Marlon Brando» (con la actuación estelar de Marlon Brando) puede leerse en la tapa de ese libreto, debajo de la mención «written by Gillo Pontecorvo», también escritor del argumento… No figura allí el nombre de Evaristo Márquez, el palenquero que se hizo célebre gracias a su trabajo en el film.

Lo que hará Burgos Cantor en el cuento llamado «La estrella» es darle el protagonismo que se merece a este descendiente de cimarrones, los africanos esclavizados en los años mil seiscientos que escaparon de Cartagena hacia los montes en busca de su libertad.  

«Fugados, levantiscos, sublevados, fundaron sus empalizadas, su territorio extraño pero apropiado por querencias, por el deseo de una vida sin sometimientos», dice el narrador omnisciente de «La estrella», que luego cederá la palabra al propio Evaristo Márquez.

Este relato es una muestra del trabajo de reconstrucción étnica realizado por Burgos Cantor en toda su obra: seis libros de cuentos y seis novelas escritas a lo largo de casi cuatro décadas, desde el percutante y musical Lo Amador (1981) hasta Orillas, publicado en abril de este año, seis meses después de su desaparición, el 16 de octubre de 2018.

Su gran novela La ceiba de la memoria, publicada en 2007, ha tenido gracias a ello y a su prosa poética un eco internacional. Traducida al francés y en proceso de traducción al inglés, premiada en Cuba y finalista en el Premio Rómulo Gallego, de Venezuela; ha sido objeto de estudios en universidades colombianas y del exterior, sobre todo en Ghana, en el corazón de África, a donde fue invitado en abril de 2016.

En este libro de su madurez, Burgos Cantor aparece como un pensador. Desde su humanismo de hombre del siglo XX, establecerá lazos entre la trata negrera, la esclavitud de los africanos y sus descendientes en América, y el Holocausto del pueblo judío por los nazis. Todo ello impregnado de sus conocimientos de la filosofía europea.

 La ceiba es una suerte de enciclopedia de la Cartagena antigua. Expone a través de los monólogos de los jesuitas Alonso de Sandoval y Pedro Claver el pensamiento de la filosofía eclesial, dogmática, medieval que imperaba entonces.

A través del personaje de Dominica de Orellana, la inteligente belleza, nos dejaremos envolver por el amor al saber, por el pensar renacentista inspirado en la astronomía y la ciencia. 

San Agustín y Giordano Bruno de Nola son dos de las figuras tutelares del flujo de pensamiento que atraviesa la novela.

Recepción de su obra

Los cartageneros, tanto el «personal champetúo», como el letrado, institucional, han comenzado a reconocerse en la obra de Burgos Cantor y sienten en ella una profunda respiración, una navegación de alta mar. En Barranquilla y Medellín, reconocidos académicos como Ariel Castillo y Pablo Montoya han escrito sobre La ceiba de la memoria.

Novela consciente, libro escribiéndose, orfebrería momposina con el oro del tiempo, La Ceiba alcanza momentos cumbres al tejer de esa manera nuestra historia, nuestra filosofía. Su poderosa voluntad poética nos ofrece verdades intuidas pero acaso nunca formuladas de manera tan gozosa y reiterada…«El aire del mar le traía mensajes divinos a su alma».

«La luz: la tarde estaba en el fugaz tránsito de la luz de metal que corta las visiones a la espesura del declive ámbar, indefinible, que devora los contornos del mundo, las definiciones de los rostros, la forma de la costa».

Hay en el ejercicio narrativo de Burgos Cantor una aspiración a la totalidad, una conexión cósmica con la historia y el espacio... La verdad se transforma en poesía. «Cada ser es un dios y tiene un culto, un sitio diferente».

Se decía que si Dublín fuese destruida se podría reconstruir leyendo el Ulises de James Joyce. Algo semejante se podrá decir ahora de Cartagena y La Ceiba de la memoria.

En la calle Quero –apellido de un esclavista en la época de la colonia—situada en el sector amurallado de Cartagena, podemos leer ahora en una placa esta frase de la novela: «Gritar. Así protejo de la devastación los restos de esta memoria asediada que es la única señal para reconocer que yo soy yo».

En una de sus columnas periodísticas, dedicada a Manuel Zapata Olivella, Burgos Cantor dice algo que se le puede aplicar a él. «Enfrentado Manuel al cambio acelerado del mundo, los ritmos de lectura, las preferencias, dijo con admirable convicción y fe: Yo sé que seré leído en el futuro».

El arte de imaginar personajes  

La estrella de un escritor es la creación de personajes que trasciendan las épocas. El novelista lo crea y el personaje seduce, sale del libro, como de la lámpara de Aladino, y se mete en la imaginación del lector… pensaba en Cervantes y don Quijote, Dostoievsky y Raskolnikov, Flaubert y madame Bovary, Tirso de Molina y don Juan, Virginia Woolf y Orlando, Ramón Molinares y Antonio Aruhanca, Joyce y Stephen Dedalus, García Márquez y Remedios la Bella, Toni Morrison y Beloved, Mutis y Maqroll el Gaviero, Marvel Moreno y la tía Oriane, Goethe y Wilhem Meister, Rulfo y Pedro Páramo, Ramón Bacca y Deborah Kruel…

Citaré algunos personajes estrellas en los mundos recreados por Burgos Cantor. Unos pertenecen al Mito y otros a la Historia: Aracely Primera, reina del barrio Lo Amador, el ya nombrado actor palenquero Evaristo Márquez, Emérita Pertuz, Atenor Jugada, José Raquel Mercado, Marlon Brando, Analia Tu-Bari, Thomas Bledsoe, Dominica de Orellana, Pedro Claver, Germania de la Concepción Cochero, Michi Sarmiento, el Beny, Mordecai, el médico del emperador y su hermano…

Mi nombre figura en cinco cuentos suyos y entonces jugaré ante ustedes como un personaje que habla de su demiurgo, aclarando que no tengo carácter protagónico, aparezco como un «extra», un figurant, en francés.

Esas menciones a Olaciregui le sirven para hablar del oficio de periodista. Es el caso en uno de mis cuentos preferidos, «Estas frases de amor que se repiten tanto». El narrador también es periodista y cuando le toca cubrir el asesinato del líder obrero José Raquel Mercado dice: «Me doy vuelta en la cama y aún está tu calor en la sábana. Abro los ojos y la claridad se ha regado por el cuarto. Siento cansancio y ningunas ganas de ir al periódico. Tal vez tengo todos los hilos para el reportaje del año. La mujer misteriosa que engaña al secuestrado, su vida desde que era cargador de bultos en el muelle. Pero no me importa, que lo que haga Olaciregui, un periodista nuevo que se vino de Barranquilla».

Otro gran escritor de la costa, Ramón Molinares Sarmiento, escribió la novela El saxofón del cautivo, estremecido por el destino de José  Raquel Mercado, el dirigente sindical cartagenero secuestrado por el M-19, juzgado y asesinado en 1976.

Un narrador del desmadre social 

Desde su primer libro de cuentos, Lo amador, como ya dijimos, hasta su última novela, Ver lo que veo, de agosto 2017, Burgos Cantor expresó, mediante un estilo muy personal, de acendrada médula poética, el desmadre de nuestra sociedad y su posición frente a ello, su solidaridad con los desposeídos, su desazón, su inconformidad por la situación que padecen los marginados, pero también pintó el gozo de estar vivos, de simbolizar mediante la escritura y todas las artes,  de entregarnos al placer de amar y zambullirnos en el mar, de comer arroz con coco y mojarra, de bailar o ver una buena película o asistir a un concierto de Alejo Durán o Totó la Momposina, de viajar y regresar a casa y cargar a las nietas o tomarse un trago con los amigos. Porque lo que si tenía claro es que nuestro objetivo en esta vida es «ser felices». 

Hay lazos sutiles entre los cuentos que le inspiraron los vecinos del barrio Lo Amador, donde creció, y su última novela, en la que uno de los escenarios es un barrio de invasión en Cartagena, como si un sentido premonitorio lo hubiese llevado a tejer y atar cabos sueltos. Además Cartagena sufrió, en el término de su primera juventud a su madurez, una transformación impresionante, y él como todos fue testigo y supo consignarlo en sus textos.

Un maestro de escritura

Burgos Cantor fue un maestro escritor para nuestra generación. Gozar con la lectura de su obra es el mejor Taller de Narrativa a que podamos aspirar.

Sus cuentos, novelas, ensayos y notas de prensa fueron la base de su trabajo en la Universidad Nacional y en la Universidad Central, donde fue profesor de la maestría de escritura creativa.

Siempre quise leer más poemas suyos desde aquel libro que publicó a dueto con Santiago Mutis Durán, La novia enamorada del cielo. Cuando se publiquen sus papeles inéditos y cuadernos tendremos sin dudas muchos poemas y aforismos.

Sus libros me depararán siempre gratas sorpresas. Acabo de leer los cuentos de Una siempre es la misma, que data de 2009.

Es la obra de un escritor grave y gozón como nunca y en usufructo de su mejor prosa, canchero inocente, buscando y encontrando su estilo, diferente en cada cuento, una voz antigua y dúctil, precisa, musical, para narrar las historias de esas parejas desgarradas en Bogotá. Me encantó la historia del chico gay, la presencia de esos hombres tiernos que se aman.

La aparición de estos cuentos –de ambiente bogotano– es un acontecimiento en la literatura colombiana. Burgos Cantor viene de José Félix Fuenmayor, Rojas Herazo y Osorio Lizarazo, Germán Espinosa y Oscar Collazos, Cepeda Samudio y Hernando Téllez, Alvaro Mutis, Eligio y Gabriel García Márquez. También de Luis Fayad.

Sobre el aliento poético de su escritura, que todos sus lectores destacan, algún día me dijo: «el asunto de lo que señalas como poético es que termina uno por encontrarse con que lo único que le devuelve la libertad a la prosa es la poesía. Si no la prosa se vuelve muy doméstica, muy prosaica; la poesía le permite libertad y le confiere mucho ritmo».

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