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El viejo debate de la igualdad

Concepción Arenal (Ferrol, 1820-Vigo, 1893), licenciada en Derecho, escritora y periodista, fue, además de pionera del feminismo en España, una funcionaria que revolucionó el modelo de prisiones con una visión humanista del régimen penitenciario. Este texto es el prólogo de su obra póstuma ‹La igualdad social y política y sus relaciones con la libertad›.

Basta considerar la frecuencia con que se habla de igualdad, el calor con que se discute, la multitud de personas que toman parte en la discusión o se interesan en ella, la vehemencia con que se ataca y se defiende, la pertinacia con que se afirma o se niega, la confianza con que se invoca como un medio de salvación, el horror con que se rechaza como una causa de ruina; basta observar estos contrastes, no solo reproducidos, sino crecientes, para sospechar que la igualdad no es una de esas ideas fugaces que pasan con las circunstancias que las han producido, sino que tiene raíces profundas en la naturaleza del hombre, y es, por lo tanto, un elemento poderoso y permanente de las sociedades humanas.

Esta sospecha se confirma, pasando a convencimiento, al ver en la historia la igualdad luchando con el privilegio; vencida, no exterminada, rebelarse cuando se la creía para siempre bajo el yugo; existir, si no en realidad, en idea y esperanza, y, derecho o aspiración, aparecer en todo pueblo que tiene poderosos gérmenes de vida.

Aspiración generosa, instinto depravado, impulso ciego, deseo razonable, sueño loco; bajo todas estas formas se presenta la igualdad, ya matrona venerable, con balanza equitativa como la justicia, ya furia, que agita en sus manos rapaces tea incendiaria.

La igualdad en la abyección; la igualdad en el derecho; un populacho vil que quiere pasar, sobre todos, el nivel de su ignominia; un pueblo digno que se opone a que la justicia sea privilegio: el pensador, buen amigo de las multitudes, que procura ilustrarlas; el fanático o el ambicioso, que las extravía, todos hablan de igualdad, aunque cada uno la comprenda de distinta manera.

Esta diferencia en el modo de concebir una misma cosa se observa en otras muchas; pero tal vez en ninguna es más perceptible que en la igualdad, porque no hay quizás aspiración que tan fácilmente pase de razonable a absurda, cuyos verdaderos límites sean tan fáciles de traspasar, que se ramifique y extienda tanto a todas las esferas de la vida, ni que haga tan estrecha alianza con una pasión implacable y vil: la envidia. La envidia enciende sus rencores y destila su veneno en los individuos y en las multitudes que convierten la igualdad en bandera de exterminio, y por eso son a veces tan sordas a la voz de la razón y a las súplicas de la misericordia.

 

 

"Para algunos igualdad es sinónimo de anarquía, de caos, de degradación, hasta el punto que  igualarse viene a ser  rebajarse"

Estudiando la igualdad en el pasado, no se la ve seguir un curso más o menos rápido, más o menos regular; su brillo no crece con las luces de la inteligencia; su marcha no es paralela a la del progreso humano: tiene resplandores de relámpago, movimientos vertiginosos, y a veces cada paso asemeja a una erupción. Esto no es decir que carezca de ley, no; el huracán y la tempestad tienen la suya; pero es considerar cuán difícil ha de ser la observación de un fenómeno relacionado con tantos otros, y que no puede conocerse bien sino conociéndolos todos.

Mas por dificultoso que sea el estudio, parece necesario; la igualdad no se invoca ya por unos pocos, sino por el mayor número; no se limita a una u otra esfera de la vida, pretende invadirlas todas, y sin saber lo que es, ni los obstáculos que halla, ni el modo de vencerlos, se pretende suprimir el tiempo necesario, el trabajo indispensable, y supliendo la fuerza con la violencia, lograr instantáneamente lo que solo se realizará en el porvenir, o lo que no podrá realizarse nunca. Estas aspiraciones las tiene el que padece, con la impaciencia de quien sufre, con la cólera del que halla un remedio o un alivio que supone negado por la injusticia y el egoísmo. Y no son cientos ni miles, sino millones de cóleras impacientes y doloridas, que piden a la igualdad un recurso para su penuria y una satisfacción para su amor propio. Y estos millones de impacientes iracundos comunican entre sí; es decir, que multiplican su impaciencia y su ira, que, contenida a intervalos, y a intervalos desenfrenada, es amenazadora siempre.

Enfrente de los que esperan en la igualdad están los que la temen, los que ven en ella una cosa monstruosa, imposible, absurda, injusta; un sueño de la fiebre popular, un producto de las malas pasiones de la plebe, o un medio de explotarlas. 

Para estos, la igualdad es sinónimo de anarquía, de caos, de degradación,  hasta el punto que  igualarse viene a ser  rebajarse, y persona  distinguida equivale a persona digna.

El antagonismo no puede ser más evidente: lo que para estos es un atentado, para aquellos es un derecho; aberración para unos, dogma para otros.

Los dogmas se creen; los partidarios de la igualdad, las multitudes al menos, creen en ella, la afirman con la seguridad del que no ha pensado, con la vehemencia del que espera, y, como todo ignorante que sea apasionado, están dispuestos a imponer la creencia.

El dogmatismo que suele aplicarse a las cosas espirituales aquí interviene en las materiales, y no tiene un reducido número de oráculos en el aula o en el templo, sino que abre cátedra donde quiera, en calles y plazas, en caminos y en veredas. El dogmatismo filosófico y religioso tiene máximas y preceptos que son promesas, reglas que enfrenan las pasiones, y aunque influya en las cosas materiales, no se dirige tan inmediata y directamente a ellas como el dogma de la igualdad. No se trata ya sólo de ser todos igualmente hijos de Dios, que no hará más distinción que entre justos y pecadores; de ser juzgados por la misma ley penal, y de suprimir todo privilegio en la política, sino de promulgar la economía de modo que desaparezcan las diferencias en las cosas que importan más, porque no se da tanto valor a tener voto en los comicios como pan y comodidades en casa. La insurrección económica, la huelga, es la más frecuente, casi la única, y manifiesta adónde se quiere aplicar el nivel con más empeño.

Mientras otros dogmas pierden prestigio, el de la igualdad aumenta el número de sus prosélitos, y extiende su acción en cada individuo; no hay fenómeno social en que no aparezca su influencia, difícil determinar hasta dónde llegará, al menos como aspiración. ¿Quién pone límites a la fe y a la esperanza?

Y, no obstante, se comprende la necesidad de ponerlos cuando la esperanza y la fe no se alimentan de espirituales promesas para otra vida, sino que quieren realizarse en esta con la posesión inmediata de ventajas positivas y materiales bienes. Agréguese que estos no se buscan siempre por la persuasión, sino recurriendo a la fuerza, y es de temer que la apelación a ella se repita más y mas si no se contiene la fermentación de las impaciencias. Uno de los medios de contenerlas es discutirlas; citar ante el tribunal de la razón a los contendientes; oírlos con imparcialidad; no negar el derecho porque sea nuevo ni porque sea viejo, sino atendiendo a la justicia; precaverse contra la pasión, que no siempre es vocinglera; contra el egoísmo, que puede ser cínico o hipócrita; determinar bien los puntos esenciales que se discuten para quitar al asunto mucho de lo vago que hoy tiene; señalar las contradicciones que hayan podido pasar desapercibidas, pero que en los hechos dan lugar a choques y conflictos, y de este modo contribuir a que, respecto a la igualdad, se tenga una opinión que se discute, un elemento social que se analiza, y no un dogma que se impone o un arma con que se amenaza.

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