Escuela Olga Emiliani | Mi abuelo, mi personaje inolvidable

Este texto corresponde a un ejercicio en que los estudiantes debían elaborar un corto perfil de quien, a su juicio, fuera su “personaje inolvidable”. Kimberly Llinás, licenciada en Comunicación Social-Periodismo y especialista en Gerencia de la Comunicación Organizacional por la Universidad Autónoma del Caribe en 2015,  fue participante del XIII módulo.

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Este texto corresponde a un ejercicio en que los estudiantes debían elaborar un corto perfil de quien, a su juicio, fuera su “personaje inolvidable”. Kimberly Llinás, licenciada en Comunicación Social-Periodismo y especialista en Gerencia de la Comunicación Organizacional por la Universidad Autónoma del Caribe en 2015,  fue participante del XIII módulo.

Aún lo veo ahí: sentado como un rey en su sillón de mimbre con un cojín estampado de flores y con el sonido de la radio de fondo. Era un hombre cariñoso, pero que imponía respeto. Su ritual era sagrado y estricto,  hasta tal punto que nadie en la casa se atrevía a mover el dial, un movimiento que significaría la interrupción de las noticias, su plan preferido cuando el reloj marcaba las 6 p.m.

Pero, a pesar de su semblante serio, tenía una debilidad: que yo le sacara las canas, una labor por la que me ofrecía 50 pesos cuando yo alcanzaba a retirar una hebra blanca de sus cejas o de su cuero cabelludo. En ese plan podíamos pasar horas. Yo me cansaba, pero él se rehusaba a vivir con la blancura de su cabeza.

Él era mi compañero fiel todas las mañanas. Me dejaba en la esquina del colegio y, como todo abuelo alcahueta, me regalaba 500 pesos para la merienda. Era su nieta más consentida o al menos eso pensaba yo. 

Todos los días teníamos una cita obligatoria. Lo que yo más esperaba en el día era cuando el reloj marcaba las 5 p.m., pues él siempre llegaba justo en ese momento. Sentía los rechinidos de la reja abriéndose e inmediatamente me asomaba corriendo desde el último cuarto. Era mi abuelo o, como le decía, “Papi”.

Un abuelo es una persona inolvidable, pues aún después de su fallecimiento su forma de ver la vida y cada una de sus hazañas  te siguen enseñando y ayudando como si él aún estuviera aquí.  Federico Pérez Henao, nacido el 18 de diciembre de 1932, fue un hombre al que nada le quedó grande en la vida, sin importar las dificultades que le tocó vivir prácticamente desde que llegó al mundo.

Me contó que su papá le enseñó a ser muy trabajador desde pequeño.  Alcanzó a vender carbón y se rebuscaba haciendo chancletas con llantas viejas recicladas. Desde los siete años trabajaba montado en un carro de mula ofreciendo de cuanto producto pudiera venderse. Además, fue embolador de zapatos, zapatero y sastre, entre otros oficios que desempeñó, pero siempre tuvo como fin estudiar para progresar.

Cuando pudo, recuperó la casa de sus padres que había sido hipotecada para que su mamá (mamita Regina) volviera a habitarla. Logró ser ingeniero electricista y aprendió inglés escuchando las frecuencias extranjeras que captaba el radio y con la ayuda de algunos libros y del diccionario. Tras un paso como superintendente de mantenimiento en Avianca, logró estudiar y convertirse en ingeniero de vuelo, en Washington (Estados Unidos).

Fue presidente del sindicato de la Asociación Colombiana de Ingenieros de Vuelo y lideró el primer paro aéreo en Colombia, razón por la cual fue jubilado a muy temprana edad.

Lo recuerdo siempre vestido con una camisa de cuadros y, en época electoral, con un botón apoyando algún candidato. Para mi sorpresa, descubrí que era izquierdista y comunista. Fue miembro activo de la Unión Patriótica, un grupo con el que alcanzó a ir  al Kremlin, una gigante fortificación en la que se manejan todos los hilos de Rusia. Cada logro de él me ayuda en los momentos más difíciles, pues me hace entender que en la vida se puede llegar lejos por más duro que sea el camino.

Papi es hasta el sol de hoy mi figura paterna. Me crio y cuidó como a una de sus hijas.  Su mayor enseñanza fue que el estudio es importante, que aprender un arte u oficio es fundamental y que el trabajo dignifica al hombre. Que no hay que tragar entero y que hay que conocer nuestros derechos para poder defendernos y que  vivir en la ignorancia no es bueno. Todos nos reíamos porque a la hora de opinar se volvía profesional en las carreras de todos los hijos. Él era entonces abogado, ingeniero civil, ingeniero de sistemas, técnico en mercadeo, diseñador industrial: ¡hasta diseñador web, publicista y microbiólogo!

Papi coleccionaba máquinas de escribir en las que además escribía muy bien (quizás de ahí mi amor por esta profesión). Fue representante del barrio en el que vivimos, El Castillo (localidad Norte-Centro Histórico), se encargó de los problemas de este y logró bajar su estrato de 4 a 3. Fundó el Centro de Electrotecnia Norte STH,  avalado por el Ministerio de Educación Nacional. Lo creó con el fin de enseñarles a las personas de bajos recursos un oficio, dándoles las herramientas necesarias para salir adelante; dictaba clases de Electricidad y Mecatrónica gratuitas en los barrios vulnerables de Barranquilla. Siempre le gustó enseñar. Recuerdo sus clases de Electricidad, en la sala de la casa, todos los domingos con circuitos dibujados en la pizarra. En ese entonces yo, si tenía ocho años, era mucho.

Recuerdo esa enorme luna llena amarilla de esa noche de julio. Mi abuela me fue a buscar desesperada a la casa de mi mejor amiga para avisarme que lo habían llevado por urgencias y que, al ser recibido por los médicos, sufrió dos infartos miocárdicos sucesivos. Fue la última vez que salió de la casa. Fue la última tarde que me senté al lado del sillón de mimbre a sacarle por más de una hora las canas. Murió unos días después, el 22 de julio de 2005.

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