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Taller de la empresa de calzado Salb M&M de Moises Monterrosa, quien siguió la tradición familiar.
Economía

Emprendiendo en medio de las dificultades

Cuatro emprendedores le cuentan a EL HERALDO su historia y el motivo que los llevó a formalizarse.  5 mil empresas se crearon en el primer trimestre.

Emprender es sinónimo de rebeldía y decisión, pero hacerlo en tiempos difíciles, durante una pandemia, es un faro de esperanza y motivación para miles de ciudadanos que deciden apostarlo todo por cumplir sus sueños y sus metas.

Más de 5 mil atlanticenses tomaron la decisión de hacer empresa, generar empleos e ingresos, confiados en la reactivación económica.

De acuerdo con la Cámara de Comercio de Barranquilla (CCB), 5.451 nuevas empresas fueron creadas en el primer trimestre de 2021. Esto representó un aumento de 34 % frente al mismo período de 2020. El  99,4 % del total creado corresponde a microempresas (5.418 unidades).

En cuanto a los sectores, comercio e industria fueron los de mayor dinamismo. De hecho, la Cámara destacó que se observó un comportamiento “interesante” en cuatro actividades como restaurantes con servicio a domicilio, farmacias, confección de prendas de vestir, y comercio de computadores y celulares.

“Algunos negocios emergidos durante los períodos de confinamiento decidieron ser formales y registrarse”, apuntó Manuel Fernández, presidente ejecutivo de la CCB.

Reivindicar los orígenes familiares en un negocio sostenible

Materializar un emprendimiento es alinear un cúmulo de ideas en un momento y tiempo preciso. Así lo describe la familia Arango Pareja, que decidió prestarle atención a su idea de lanzar una marca de miel natural, de la que Sandra Pareja es ahora la gerente y creadora conceptual.

Sandra está orgullosa de sus orígenes y lo evidencia con su nueva empresa. Su familia es originaria de El Carmen de Bolívar (Bolívar) y tienen como actividad principal la ganadería, por ello dice que “la vocación y la inquietud” por el campo “siempre había estado presente”. De hecho, según comenta, desde su juventud comenzó a notar en la apicultura (crianza de abejas) una pasión escondida y se preguntaba cómo podría hacer para mejorar su práctica, ya que en muchas ocasiones al buscar la miel “quemaban los paneles y mataban a la abeja reina”.

El año pasado decidió conversar con un amigo apicultor sobre su interés por las abejas. “Estaba buscando miel para mis hijos y este amigo apicultor me comenzó a hablar sobre el tema. Yo le preguntaba, y empecé a ‘encarretarme’. Me llamó mucho la atención cuando me hablaron sobre la forma tan diferente como tratan a las abejas y lo importante que es este animalito para la cadena productiva”, señaló Pareja, quien no lo pensó dos veces y junto a su esposo, decidieron comprar una pimpina de miel natural para intentar un negocio en Barranquilla.

Aunque era un ensayo, ellos querían probar “con todas las de la ley”, por lo cual se organizaron con sus ahorros y decidieron maquilar la miel en frascos y rotulados bajo el nombre de ‘El panal de Abril’, inspirado en su hija. “Un tío nos sugirió ese nombre, primero en honor a nuestra hija y en que ese mes está asociado con la primavera”, aclaró. Comenzaron a vender la miel en su “mercado natural”: amigos y familiares. Una estrategia que les funcionó y con la cual continuaron seis meses. Cuando la inquietud por expandirse apareció decidieron acudir al SENA y fueron apoyados con un fondo de capital semilla, entregado en octubre, para identificar puntos de ventas y población objetivos.

Emprender es para Sandra “una oportunidad bonita porque permite cumplir sueños” y hacerlo en medio de una pandemia tiene una definición más filantrópica. “Siempre he querido ayudar a las personas y hacerlo en medio de una pandemia, donde muchas personas están desempleadas, es una gran oportunidad, tanto para nuestros socios y proveedores como los apicultores, así como a las personas que podamos contratar”, dijo Pareja.

“Hay que mirar otras perspectivas, porque hay mucha gente que en estos momentos está muy preocupada y angustiada”.

Aunque el optimismo y la esperanza están con la familia, hay destellos de incertidumbre que se les cruzan por la mente, propios de los tiempos actuales. “Uno también siente temor, que vamos en contravía. Vemos locales cerrados, como si estuviéramos nadando contracorriente, pero nos concentramos en que la oportunidad está acá, en que estamos viendo el respaldo recibido; además, tenemos la ventaja de que estamos en el sector de alimentos”, agregó Carlos Arango, esposo de Sandra.

Volver los sueños realidad

“El sueño se modifica, pero no se destruye”. Esa es la idea base por la que una pareja de esposos barranquilleros decidió restarle importancia a los vientos pandémicos y apostarle a un emprendimiento que combinara sus pasiones y gustos: un restaurante de comida asiática (@ikurasushi.co en Instagram).

Dice Carlos De la Hoz, cofundador del restaurante, que emprender siempre había sido “un sueño para ambos” y aunque esa inquietud ya estaba presente, comenta el ingeniero industrial que “querían darse el tiempo para estudiar, debatir y crear algo que realmente genere valor”. Siguiendo esa premisa, la pareja combinó su pasatiempo de conocer cada fin de semana un restaurante nuevo, con su pasión por la comida asiática, dándole vida, al menos bajo un concepto, a su propuesta gastronómica.

Desde mediados de 2019 la pareja comenzó a buscar un local comercial, pero cuando estaban por comenzar el papeleo para instalarse entró la pandemia. “Dijimos que el sueño no se podía parar y ahí fue cuando decidimos lanzarnos ante el nuevo escenario desconocido, aunque para nosotros en sí, todo lo era. Caminamos hacia el sueño”, dijo el ingeniero.

Una vez decididos registraron su empresa, contrataron a un asesor especial y comenzaron operaciones el pasado marzo generando, por los momentos, dos empleos en cocina. Para esto último, Carlos espera que el negocio junto a su esposa prospere para poder crear más empleos y ayudar a la comunidad.

Siguiendo la tradición

Los miembros de la familia Monterrosa tienen una larga tradición de emprendedores en el sector del calzado y Moisés, de la generación actual, no fue la excepción. “Mi abuelo comenzó con la zapatería, luego vino mi papá, quien tiene 25 años en el oficio, y después yo. Cuando salí del colegio, comencé pues no había suficiente dinero para inscribirme en una carrera profesional. Me ponía a ver a los trabajadores y a mi papá”.

Al acumular un pequeño capital inicial, Moisés decidió abandonar temporalmente la zapatería y estudiar ingeniería industrial, pero las escasas oportunidades laborales no le permitieron continuar desempeñándose en su carrera, por lo cual volvió a la zapatería, concretamente en su fabricación y posterior venta. Con un bagaje universitario, su visión del negocio se fue ampliando y descubrió que el mercado barranquillero “es particular” y que “depende mucho “de la moda”.

“Estoy en búsqueda de cursos, de préstamos, hay que buscar las formas para ir creciendo poco a poco”, dijo Monterrosa.

Afirmó que emprender y formalizarse en tiempos de pandemia es “un reto, en el que dependes de ti mismo. Si te pones a esperar que venga solo, no llegará; si te quedas solo con una entrada de dinero, te pones en un estado de confort. Es cuestión de reinventarse mentalmente”.

En la actualidad, Salb M&M, como se llama la empresa de este barranquillero de 29 años, genera 12 empleos entre directos e indirectos y tiene entre ceja y ceja convertirse en una distribuidora. “Estamos trabajando para seguir creciendo. No podemos ponerle mala cara al tiempo, la pandemia no nos va a ganar”, concluyó.

Una pasión desde la adolescencia

Desde la adolescencia Soledad Camargo sabía que la peluquería la apasionaba. Entre risas recuerda sus primeros pasos como ayudante, donde fue aprendiendo de este oficio. “Empecé a los 16 años, cuando salía de la escuela me iba a la peluquería e iba aprendiendo directamente”, señaló Camargo. Su papá, una de las personas con las que se crió, la ayudó con la academia de peluquería, donde pudo perfeccionar sus técnicas y habilidades.

Hace seis años Camargo decidió regresar a Barranquilla desde su Venezuela adoptiva porque la situación del país no le permitió seguir con sus sueños. Del otro lado de la frontera se quedó el local que pudo levantar. Tras llegar a la ciudad y establecerse de nuevo en un pequeño apartamento, decidió colocar de nuevo su propia peluquería. “Poco a poco he ido creciendo. Comencé con un espejito y una mesita. Yo trabajé por mucho tiempo en sitios donde cobraba por porcentaje, el 40 % o el 50 % y eso no era rentable para mí. Yo sé mi profesión como para estar trabajándole a otra persona”, comentó.

A pesar de estar en tiempos de pandemia, cuando las restricciones han tenido un peso significativo en el sector de la estética, Soledad no se arrepiente de su decisión, por lo cual aspira a crecer confiando en Dios y en que la situación sanitaria mejore. “Ha sido muy fuerte, la verdad. A veces uno se jala una orejita y se agarra por la otra. La gente está temerosa y no quiere salir, pero también hay otros que no se cuidan nada; sea como sea, de esos tengo que cuidarme, tengo que cuidar de la salud de mi familia, por lo cual no puedo dejar pasar a quien sea y eso ha sido bastante complicado”, precisa la estilista de 33 años.

En pro de mejorar su pequeña peluquería acudió a la Fundación Santo Domingo para un crédito, con el fin de obtener una nueva silla. Para su sorpresa la aprobación del crédito venía de la mano con el registro formal de su actividad.

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