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El jaguar también habita en la Sierra Nevada de Santa Marta.
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Ecología

Las luchas del jaguar por su supervivencia

Incendios, deforestación y caza furtiva son las principales amenazas contra este felino, fundamental en el equilibrio de nuestras selvas.  

Desde las profundidades húmedas de los bosques tropicales, el místico y silencioso jaguar, el felino más grande de América, resiste pese a las adversidades de los incendios, la deforestación y la caza furtiva.

Este domingo 29 se conmemora el Día Internacional del Jaguar, una fecha en la que las organizaciones medioambientales prenden las alarmas, preocupadas por la disminución de la población de este felino en el continente y especialmente en Brasil, donde se concentra el 54 % de los jaguares en Suramérica.

En Colombia también se trabaja por la conservación de este felino, que entre otras cosas habita en la Sierra Nevada de Santa Marta, donde las comunidades indígenas lo veneran y protegen.

Es el animal más importante de toda la cadena ecológica y es el encargado de mantener el equilibrio del territorio, que las poblaciones de herbívoros no crezcan demasiado, mantener a raya a los grandes mamíferos… de ahí para abajo todo tiene un orden. “Eso ha dado pie, no solo desde el punto de vista científico, a la identificación de estrategias de conservación de los sistemas naturales. Los indígenas desde hace siglos vieron ese papel, y lo pregonan como el dueño de los animales, el que mantiene las poblaciones en su límite adecuado”, explicó en su momento a EL HERALDO Carlos Castaño-Uribe, director científico de la Fundación Herencia Ambiental Caribe.

“Pero viene el desarreglo humano y se lleva todo por delante”, agregó.

Hay registros alarmantes en los últimos años de mortandad en el Caribe, señaló, pero lo que ellos logran reportar es mínimo frente a lo que realmente está ocurriendo. “Y a nadie le interesa ni le importa. Todo el país se moviliza en torno a algún tema, pero ¿cuándo hemos visto una movilización en torno a un jaguar? No, es como una cosa normal. Es aceptado por la sociedad sin mayor reclamo y consideración”.

La salud de este imponente y sigiloso felino, conocido también como jaguareté u otorongo en la región, está indisolublemente unida a la de un hábitat como el amazónico y son los mismos daños que amenazan al este pulmón del mundo los que ponen en riesgo su permanencia, empezando por el fuego.

Zonas y riesgos en Colombia.

No hay un número claro de cuántos individuos hay, pero sí se conocen las zonas en las que se encuentran actualmente. Poblaciones permanentes de jaguares en el Tapón del Darién, particularmente en el Parque Nacional Los Katíos, también en el PNN Paramillo —ahí se encuentran poblaciones de grandes carnívoros todavía, no en un muy buen estado de conservación—. “A través de la línea costera bajan al resto de Sudamérica, entonces Paramillo se convierte en un nodo de distribución y hoy este parque está siendo enormemente afectado. El otro hábitat permanente es la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá”, explica Castaño-Uribe.

Había otros puntos hace unos años, pero las poblaciones han venido disminuyendo progresivamente. Uno era la Serranía de San Lucas y el otro era la Mojana. También estaban los Montes de María, en el que se tuvo presencia hasta 2006.

Además, hay dos corredores que quedan y son importantes. “Uno queda por los Santanderes hacia el Catatumbo, lleva al intercambio Colombia – Venezuela, y la zona del Perijá norte, que es La Guajira, donde se tiene la proximidad más estrecha entre dos unidades geográficas con intercambio permanente entre la Sierra y el Perijá”.

Pero hay un problema: están imposibilitados para el intercambio de poblaciones. Y eso trae como consecuencia que los lugares que quedan con presencia de jaguares terminarán doblegados por otro factor: el equilibrio genético.

El jaguar, por ejemplo, indica Castaño-Uribe, es como el hombre, es una única especie. No puede cruzarse con ningún otro de la misma población por muchos años.

“Hoy las causas más graves del estado de vulnerabilidad son la pérdida de hábitat y la cacería por varios factores como deportiva, que existió en Colombia y el Canal del Dique fue ejemplo de eso, la retaliativa, es decir la que se deriva de la necesidad de matar al jaguar que atacó o puede atacar al ganado y en Colombia eso ha significado que haya precio por la cabeza del animal”.

Arde la selva en Brasil.

"Se estima que los recientes incendios que azotaron el Pantanal y a la Amazonía (brasileñas) desde comienzos del año mataron, hirieron o desplazaron a cientos de jaguares", indicó Marcelo Oliveira, analista de conservación del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés) en Brasil.

De acuerdo con el investigador, solo en la región amazónica, unos 1.000 felinos de esta especie han sido afectados en los dos últimos años por el aumento de la deforestación.

Entre enero y octubre de este año fueron identificados más de 93.000 focos de incendio en la mayor selva tropical del planeta y, en el Pantanal, se estima que una superficie de 4,2 millones de hectáreas fue consumida por las llamas (el 28 % del bioma).

Según Oliveira, los incendios rompen el equilibrio de los bosques porque afectan la vegetación nativa, que a su vez impacta a los mamíferos más pequeños, que son fuente de vida de la "onça pintada", como se conoce al felino en Brasil.

Aunque parte de los incendios son causados por la sequía que empieza con fuerza en Brasil a partir de mayo, también son promovidos por manos criminales, especialmente hacendados que fomentan la deforestación para roturarlas o convertirlas en pastizales para la ganadería.

Bandera contra el comercio ilegal.

Más allá de los fuegos y la destrucción de los bosques tropicales, el jaguar en Suramérica también es abatido por la caza furtiva, asociada tanto al conflicto de convivencia con poblaciones humanas como a la comercialización de sus partes, especialmente su piel y sus colmillos, que van al mercado asiático, donde se le atribuyen propiedades afrodisíacas.

Investigaciones señalan que parte del sistema óseo de los jaguares es utilizado para la elaboración de medicinas tradicionales.

Según explicó a Efe Ricardo Bulhosa, presidente de la organización no gubernamental Pro-carnívoros, como el tigre está más controlado y más fiscalizado, ahora se está utilizando material otros grandes felinos, como los jaguares, para la elaboración de este tipo de medicina.

No por casualidad, este felino es la bandera simbólica de la lucha contra el comercio ilegal de la vida silvestre.

Baile de cifras.

Pese a no estar en vías de extinción, el jaguar está considerado una "especie casi amenazada" por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN).

Los expertos estiman que, en el último siglo, este carnívoro ha perdido aproximadamente el 50% de su rango de distribución, pero existe mucha variación en los datos poblacionales reportados hasta ahora, pues apenas hay registros en libertad del felino.

El número total de individuos, de acuerdo con WWF, oscilaría entre los 64.000 y los 170.000 en la vida silvestre, siendo Brasil el principal centro de conservación.

Según la ONG Pro-carnívoros, allí viven unos 87.000 jaguares, aunque los datos oficiales hablan de unos 55.000, de los cuales cerca de 40.000 viven en la selva amazónica, 13.450 en el Pantanal, 1.000 en el Cerrado, 250 en la Caatinga y 300 en la Mata (bosque) Atlántica.

Luego de Brasil, Perú alberga la segunda mayor población de jaguares.

En tierras peruanas, el tamaño del otorongo, el nombre favorito del animal en el país, oscila entre los 40 y los 90 kilos, un rango sustancialmente inferior a las especies que habitan en Brasil, que pueden alcanzar los 150 kilos.

Así lo detalló a Efe el investigador en ecología animal Alfonso Zúñiga, quien explicó que este fenómeno se debe a las características propias del territorio. "Nuestra amazonía (la peruana) es cerrada, densa, y por tanto necesitan ser animales más pequeños para poder moverse por el terreno", dijo.

"Ambiguo" en culturas indígenas.

Este gran depredador fue dotado de capacidades protectoras y considerado un símbolo de poder en los contextos mesoamericanos de la antigüedad, de los que se conservan representaciones en forma de vasijas de cerámica, por ejemplo.

"En los Andes, en específico, el pueblo Mochica consideraba al felino como símbolo de poder" y la "cultura Chavín, por su parte, consideraba también al felino como un animal sagrado", aseveró Fabiola La Rosa, oficial de Vida Silvestre de WWF.

A día de hoy, sin embargo, "no hay ninguna idea autóctona en los pueblos indígenas de defender, proteger o dar ofrendas al animal", apuntó en una entrevista con Efe Juan Javier Rivera, doctor en Antropología por la Pontificia Universidad Católica de Perú.

Pero, como sucede con el puma (puma concolor) en los pueblos de las tierras altas peruanas, el jaguar continúa teniendo un "carácter bastante ambiguo" en las culturas amazónicas.

De acuerdo con Rivera, estos felinos son "temidos" por los pueblos indígenas pero, al mismo tiempo, su "estatus ontológico es continuo con el de los hombres", pues "la distinción entre hombre y animal no es tan clara en el mundo amerindio".

"Los jaguares o los pumas, desde la perspectiva de las comunidades indígenas, no son un cuerpo ontológicamente estable", insistió el doctor.

De hecho, añadió, existe "una especie de fluidez" que permite que "un hombre, si conoce las técnicas apropiadas, se pueda volver un jaguar" y, a la vez, cuando "uno se encuentra al felino nunca puede estar seguro de si es un animal o un hombre transformado".

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