Bolívar

“El reto de salir adelante fuera de tu país es doble”

Los venezolanos Yulvic Rodríguez, José Manuel Carazo y Lenín Castro quieren echar raíces en Colombia con sus emprendimientos para generar empleo.

Y yo decía: ¿Cómo carajo se hace esto?
Dejar mi casa, mi familia y mis afectos
Dejar mi tierra y mis amigos
¿Por qué no todos se vienen conmigo?
Canción “Me fui”-Reymar Perdomo.

A las 7 de la noche el 23 de julio de 2018 Yulvic Carolina Rojas Rodríguez abandonó su Barquisimeto natal rumbo a Cartagena, ciudad que apenas conocía en imágenes por referencias turísticas e históricas.

Con llanto desconsolado, el corazón latiendo acelerado, rezándole a la Divina Pastora –su santa de cabecera– y con la bendición de su progenitora y de su marido, Pedro Pérez, la modista del barrio Simón Rodríguez de Barquisimento partió con la ilusión de que sus expectativas de vida iban a cambiar.

El recorrido lo hizo por trochas inhóspitas, acompañada solo de Juan Gil y Alba Yajure, una pareja amiga que sí tenía claro a dónde iban a llegar. Por aquella aventura que tardó 24 horas exactas  pagó 800 bolívares soberanos, unos $ 1.760 colombianos de la época.

A Colombia llegó con una maleta “llena de dudas”, como canta su compatriota Reymar Perdomo en la canción Me fui,  himno de los migrantes. También con 29 prendas de ropa que con ayuda de su mamá, Yuly Rodríguez, confeccionó semanas antes para costear los gastos de viaje.

Con apoyo de Juan y Alba consiguió en Cartagena el arriendo de una habitación en el barrio San José de los Campanos, sur de la ciudad. Allí esperaría a Pedro, que arribó un mes después.

Recuerda que con lo que su marido ganaba como cortador de piezas industriales en Venezuela, y ella al frente de la máquina de coser, era suficiente para cubrir los gastos del hogar.

Pero ya en 2017 los ingresos no alcanzaban, pues los clientes se alejaron.

“La prioridad era conseguir comida, pero esto se hacía cada vez más difícil por lo que la decisión del viaje se tomó para sobrevivir”, recuerda la mujer de 34 años. Abandonar Venezuela no fue cosa fácil, porque era dejar a la familia, amigos, la casa y el negocio de confecciones que empezaban a legalizar ante el Estado.

Según Migración Colombia, con 51.589, Cartagena es la sexta ciudad del país con el mayor número de migrantes venezolanos.

Apoyo de colombianos

En la capital de Bolívar Yulvic inició con lo mismo que hacía en Barquisimeto: la modistería. En el barrio encontró el taller de Sara Guzmán, una cartagenera que le tendió su mano solidaria para que comenzara a trabajar.

Más adelante la apoyó en la compra de una máquina, que pagó con parte de su salario.

Con los primeros ahorros se mudaron a la casa que hoy ocupan en el sector Huellas Alberto Uribe, con un cánon de arriendo de $ 300.000.

Pocas semanas después regresó a su país por su hija Jhonelly Ruiz, de 15 años, fruto de una relación anterior. 

Otra de las cosas buenas que afirma le ha dejado la estadía en Colombia es la espera de su próxima hija, Gael, que nacerá a comienzos de junio en la Clínica del Caribe de Cartagena, gracias al apoyo de la Organización Internacional para las Migraciones.

Reconoce que nunca ha tenido problemas por su procedencia. Por el contrario, siempre ha encontrado una mano colombiana tendida. Así fue como se enteró de RedEsperanza, proyecto para formar en emprendimiento a 300 migrantes y nacionales retornados en situación de vulnerabilidad.

Un programa con el auspicio de la alianza Usaid, la ONG norteamericana ACDI-VOCA, y la Cámara de Comercio de Cartagena.

“Hemos aprendido cómo hacer empresa, llevar finanzas, pero sobre todo te dan ánimo cuando bajamos la guardia”, confiesa.

Para Yulvic, este plan es la oportunidad ideal de salir adelante en un país diferente al suyo. Con RedEsperanza aspira a formalizar su negocio y generar empleo como manera de retribuirle al país que los ha acogido. 

Los Pérez ya tienen un círculo cercano de amigos cartageneros con los que comparten a menudo. “A pesar de toda la situación siempre hemos contado con las tres comidas, y alguien que  nos ayude”, dice con emoción.

De Barquisimeto extraña  a sus padres, Yuly y José (conductor de buseta); y las charlas y bromas con sus hermanos Richard y José Miguel, de 35 y 5 años; o viajar a Cabudare (estado Lara) a visitar a su suegra.

En esas añoranzas incluye el sabor venezolano en el menú diario de la casa, por lo menos arepas y las caraotas negras (fríjol) no faltan en la mesa. Tampoco la música raspacanilla de artistas como Memín Hernández, aunque su hija Jhonelly ya vibra con la champeta cartagenera.

José Manuel Carazo y su chicha zuliana.

La chicha zuliana

Lo que más quisiera José Manuel Carazo Rodríguez, 30 años, oriundo de Valencia (estado Carabobo), otro migrante que arribó hace seis años a Colombia, es sentarse en una mesa de diseño a trabajar planos  de arquitectura, la profesión que estudió becado por el Gobierno en la Universidad de Zulia. 

Sin embargo, no ha podido ejercer porque la  crisis de su país le ha impedido desempeñarse.

En 2011 conoció a su ahora esposa, Horianis Castillo, de 26 años, nacida en el estado Táchira (fronterizo con Cúcuta). Para sostener el hogar consiguió empleo de asesor de ventas en Traki, cadena especializada en ropa y calzado.

Con su salario lograba costear lo primordial, y se ayudaba con una caja de alimentos que recibía del gobierno de Maduro. Pero los ingresos no eran suficientes, y la situación empezó a empeorar.

Por eso cuando su primo Ismael Méndez le propuso viajar a Colombia en busca de un mejor futuro reunió $60.000 con la venta de un aire acondicionado y una nevera. 

El 25 de enero de 2016 agarró maleta en ruta inicial a Valledupar, hasta llegar a Cartagena. Aquí ha sobrevivido vendiendo pasteles, deditos, chicha con empanada, atendiendo una panadería y cargando cajas de refrescos.

Pero el hijo del cartagenero Manuel de Jesús Carazo, y de la zuliana Carmen Teresa Rodríguez (fallecidos) dice que pese a los tragos amargos que ha pasado por la situación económica y de algunos ataques xenófobos que no pasan de un, “qué haces aquí, vete para tu país”, siempre ha sido un hombre de paz y muy positivo.

Hace siete meses compró por $50.000 un carro de madera para vender lo que él dice se traducirá en prosperidad: chicha-crema Lara-Zulia, con la que aspira a generar empleo y reconocer salarios justos a sus compatriotas y colombianos.

“Vivo agradecido con Cartagena, sobre todo después de conocer el proyecto RedEsperanza que me ha enseñando a ser un emprendedor formal. Así estaré contribuyendo a la economía de este país que nos ha dado la oportunidad de empezar de cero”.

Asegura que con el capital semilla que recibirá ampliará su negocio y lo formalizará, pero primero tendrá que legalizar la residencia en el país.

José Manuel sale a recorrer los barrios del sur de Cartagena, en especial las zonas de invasión en donde se concentran muchos de sus paisanos, que son sus mejores clientes.

En un día bueno trae a su casa del barrio Henequén $ 120.000, suficientes para sostener a su familia y pagar $ 350.000 de arriendo.

Lenín Castro en su taller de electrónica ‘Lencho’.

El ‘McGyver’ del nazareno

Lenín Castro Julio, de Maracaibo, pero criado en Caracas, tiene nacionalidad colombo-venezolana porque sus padres, Jairo José (latonero) y Flor María Julio, “la mejor cocinera que ha dado Barú”, como lo dice con orgullo, se  marcharon a Venezuela en la década de los setenta.

Los esposos Castro-Julio se sumaron a los miles de colombianos que aprovechando la bonanza petrolera en la nación vecina llegaron a buscar mejores horizontes y fueron acogidos por los venezolanos.

Técnico electrónico de 44 años, con problemas de movilidad por el síndrome de Guillan Barré que lo afectó a los 12 años, Lenín se autocalifica un “guerrero” de la vida, porque Flor María le enseñó que su condición no era una barrera para salir adelante.

En el barrio Nazareno, donde residen, lo llaman ‘McGyver’, el personaje de TV que en la década de los ochenta se hizo célebre por resolver asuntos difíciles solo con su ingenio natural. 

“Acá me traen equipos de sonido, radios, grabadoras, celulares, y todo lo arreglo”, dice refiriéndose a su taller ‘Lencho’, que tiene en la casa que comparte con los esposos Hamilton Guerrero y Margarita Marrugo, retornados de Venezuela.

Pese a las circunstancias adversas, de la nostalgia por su tierra, y de los dos hijos que dejó allá, Lenín y Ana Karina aseguran que en Cartagena, ciudad a la que viajaba con frecuencia en su niñez, lo han acogido con mucho cariño.

Confiesa que lo más duro es la estigmatización que algunos venezolanos tienen en Colombia, y que él ha vivido en carne propia.

“Ha sido doble por mi problema de movilidad y por ser venezolano, pero yo quiero echar para adelante acá”, añade.

Cuando habla de RedEsperanza sonríe con tranquilidad por el apoyo que le han brindado a él y a sus paisanos. “Nos motivan a ser organizados y a creer en nosotros”, dice Castro, como canta su compatriota Reymar Perdomo.

“Y me fui /yo me fui, yo me fui/ me fui /ay, me fui/
Con mi cabeza llena de dudas/, pero me fui.
Y aquí estoy/ creyendo en mí/
Acordándome de todo aquello que un día fui”.

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