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Sorpresa navideña en Villa Caracas

Tras observar una fotografía de un árbol de Navidad hecho de cables y bolsas plásticas, un barranquillero residente en EEUU entregó a cerca de 50 niños venezolanos un regalo para esta festividad.

César Bolívar
Nadín Bolívar (izquierda) y Luis Andrés Pérez, el donante de los regalos, junto a los niños de Villa Caracas, en el barrio Villate. César Bolívar
Barranquilla

Tras observar una fotografía de un árbol de Navidad hecho de cables y bolsas plásticas, un barranquillero residente en EEUU entregó a cerca de 50 niños venezolanos un regalo para esta festividad.

Con el brillo tenue de las lucecitas arrancó la mañana en la cima de la montaña, cuando el sol apenas se asomaba en el horizonte. Desde ahí arriba, vista prodigiosa, no solo se veían las copas de los árboles y el reflejo apenas perceptible de las primeras luces del día sobre los tejados de lata, sino también las siluetas de las personas que entraban y salían de la comuna, un centenar de casas que cubren toda la falda de la montaña y que se extendían hasta la carretera a varios kilómetros de distancia. 

Quienes llegaban, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, maniobraban con evidente cansancio sus coches de madera por los últimos metros del camino, una carretera destapada y con baches de lodo, que serpenteaba hasta perderse de vista entre los cambuches y las casetas que abundaban en medio de la oscuridad. Desde allá arriba, en la montaña, las lucecitas amarillas y blancas seguían brillando con poca fuerza, casi como si reflejaran la tristeza de aquel lugar, cuando a su alrededor las madres despertaron a sus hijos, pues la jornada escolar estaba cerca de empezar. 

Uno de los niños recibe, con una sonrisa, un balón de fútbol y otros juguetes para la Navidad.
Uno de los niños recibe, con una sonrisa, un balón de fútbol y otros juguetes para la Navidad. César Bolívar

No eran más de las 5:30, como todas las mañanas, cuando las primeras personas pasaron junto al árbol de Navidad que alumbraba en lo más alto del desfiladero. Desde ahí, con el sol apenas asomándose, no se veía la pobreza ni el hambre que azotaba a las cientos de familias que ocupan la zona. Junto a las lucecitas, que iluminaban optimistas, no se entendía por qué la Navidad no había llegado a Villa Caracas.

Y quizás nunca lo hiciera, era lo que decían sus habitantes, miles de migrantes que –a falta de oportunidades laborales o por cuestiones del destino– se habían asentado en esas hectáreas baldías, junto al desfiladero de la montaña, a unos pocos kilómetros del barrio El Bosque, de Villate y de la misma Circunvalar. 

Desde lo más alto de la montaña, donde viven mujeres y niños, aún a pesar del enorme riesgo de derrumbe, se vislumbra un amanecer reluciente, digno de un lienzo desnudo, acompañado por el paisaje de una favela, de una tierra de nadie, que fue reclamada por los venezolanos a medida que –con el pasar de los años– fueron llegando a este sector.

Dos mujeres de este sector maniobran uno de los coches de madera en los que reciclan todas las noches.
Dos mujeres de este sector maniobran uno de los coches de madera en los que reciclan todas las noches. César Bolívar

Ahí arriba, en un pequeño risco, cerca de cien personas encontraron un hogar, levantando madera y lata sobre la tierra seca, y protegiéndose del sol y la lluvia con latas viejas, o con pequeños pedazos de láminas de zinc. Poco a poco fueron recibiendo a amigos, familiares y conocidos, en cambuches que habitan como viviendas, durmiendo entre tablas chuecas y húmedas. Sin darse cuenta se volvieron tantos, y tantas bocas que alimentar, que de repente el trabajo de los hombres no alcanzó, así que las mujeres tuvieron que salir también a sostener a sus familias, integradas en su mayoría por niños menores de diez años. 

Así fue como ellas aprendieron a reciclar, recorriendo en maratónicas sesiones el norte de Barranquilla, con sus edificios altos estilo Florida, para volver exhaustas a dormir en Sierra Leona. Si salían a las 9:00 de la noche volvían a las 2:00 de la mañana, luego de haber regateado unos cuantos pesos en la chatarrería. Una vida dura, de esfuerzo constante, sin mayores ganancias y con estómagos vacíos.

Pero un día, con diciembre en el calendario, les llegó la esperanza, como una pequeña redención, cuando decidieron construir su propio árbol de Navidad. Las ramas las reemplazaron por bolsas y el tronco por un tablón de madera. Las hojas eran de plástico rasgado, que sobraba todos los días de las jornadas de reciclaje, y la base, una llanta vieja pintada de blanco, de la que amarraron todos los alambres que sostenían el follaje del árbol. Pero era una Navidad a medias, pues junto al árbol no había regalos; solo tierra, barro y sol. Tampoco había sueños, ni sonrisas ni felicidad. Entre las ramas se escondía el hambre, y en vez de una estrella había desesperación.

Algunas madres decoraron como pudieron sus viviendas, en las que residen con varios niños.
Algunas madres decoraron como pudieron sus viviendas, en las que residen con varios niños. César Bolívar

Ese mismo árbol, cuyas bolsas de plástico ondeaban al viento como una bandera de fe, ocupó la portada de EL HERALDO, lo que motivó a que Luis Andrés Pérez, un barranquillero radicado en Estados Unidos, se enamorara del sector. No tanto del humilde homenaje a la Navidad, que con tanto esfuerzo levantaron estas personas, sino de las familias que aparecían en la postal capturada por César Bolívar, fotógrafo de esta casa editorial. De ahí surgió la idea – gracias a su aporte– de conocer la historia detrás de estos individuos, y de alegrarles las fiestas de fin de años con regalos que Luis Andrés, junto a otros padrinos, adquirieron para cerca de 60 niños de esta zona.

Acompañados por la fundación Clean Hands (manos limpias), cuyo objetivo es acompañar el crecimiento de niños del sur de Barranquilla, víctimas de matoneo, dentro del espectro autista o de escasos recursos, se le hizo entrega de juguetes, balones y otros obsequios a los niños de esta comunidad, en lo que fue una jornada de sonrisas, lágrimas de felicidad y agradecimiento.

Esas mismas personas que pensaron que la Navidad nunca llegaría a su comunidad, nombrada Villa Caracas en honor a su país de origen, saltaron de alegría cuando las camionetas cargadas de regalos llegaron una mañana a sus puertas, muchas de ellas chuecas y sostenidas por fenómenos más allá de la física. Los niños, pequeños saltamontes con heridas en su piel, producto del sol y de las condiciones climáticas de la zona, hicieron rápidamente una fila, ansiosos por recibir –de primera mano– una nave espacial, un balón o algún muñeco que los acompañara durante el mes de diciembre. Así también estaban las madres, con sus bebés en brazos, capturadas emocionalmente entre la calma y la prisa, preocupadas por quedarse sin un obsequio, pero también emocionadas por sus vecinos y amigos más cercanos.

Uno de los niños del sector junto a la decoración de unas llantas con nariz y ojos de muñeco de nieve.
Uno de los niños del sector junto a la decoración de unas llantas con nariz y ojos de muñeco de nieve. César Bolívar

Los niños y sus regalos se ubicaron al final de la jornada junto al árbol, completando así el paisaje navideño que tanto añoraron en este sector de Villa Caracas. La postal, un recuerdo para la posteridad, los muestra sonrientes –felices– ante la mirada compasiva de sus madres, que se olvidaron por instantes de sus carencias y problemas para entregarles a sus pequeños sonrisas sinceras y brillantes, quizás el que era originalmente el único obsequio que se podían permitir.

Así pasarán los días hasta la Noche Buena, velada que planean acompañar de un arroz oriental, luego de una colecta entre los vecinos, con la que compran el pollo, las pocas especias y los ingredientes necesarios para semejante manjar. Para esa fiesta no habrá arepas –una de las pocas excepciones a este, su platillo favorito–, pero sí todas las delicias que se puedan permitir para el banquete. Arreglarán el terreno, lleno de despojos y basura, organizarán unas mesas y disfrutarán de la luz de las estrellas cenando al aire libre. En su Navidad adelantada, que llegó con regalos incluidos, ya cuentan con las sonrisas, que –años atrás– era lo más difícil de conseguir, casi tan complicado como encender las lucecitas, conectadas a un viejo transformador, que siguen brillando en el árbol desde lo más alto de la montaña.

Dos mujeres, junto a sus hijas, posan junto al árbol de bolsas plásticas y cables, en Villa Caracas.
Dos mujeres, junto a sus hijas, posan junto al árbol de bolsas plásticas y cables, en Villa Caracas. César Bolívar

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