Los magos de los cementerios de televisores

En sus talleres en el centro de Barranquilla, estos electricistas se encargan de devolverle la vida a los dispositivos electrónicos.

Luis Felipe de la Hoz
Alfonso Mendoza trabaja a pocos metros de ‘Copete’ desde hace 28 años. Luis Felipe de la Hoz
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En sus talleres en el centro de Barranquilla, estos electricistas se encargan de devolverle la vida a los dispositivos electrónicos.

En un cementerio encendido por las llamas ardientes del sol de Barranquilla yace un centenar de televisores viejos. Profanados, retirados de sus tumbas, estos dispositivos son reanimados y hasta disecados por un grupo de nigromantes de la tecnología.

Con el único objetivo de traerlos de vuelta a la vida, como el mítico doctor Frankenstein, un grupo de ancianos electricistas operan en sus talleres, no de ultratumba, pero sí de chispas y choques eléctricos.

Televisores gordos, viejos y polvorientos reposan en los estantes de este edificio gris y oscuro, en donde estos hombres se encargan de darles un nuevo comienzo.

Contrario a las costumbres de las funerarias y los campos santos, estos dispositivos electrónicos son reencauchados y devueltos al ruedo casi como nuevos, sin necesidad de rezos, rituales antiguos o libros de hechizos.

Ahí, en plena calle, los cadáveres están expuestos bajo la luz del día y son los transeúntes los que comercian con ellos, buscando un precio accesible por una pantalla vieja que les permita vivir la telenovela de todas las noches.

Fusibles, antenas, cables y circuitos eléctricos son exhibidos bajo toldos manchados de polvo, en pequeños puestos de madera ubicados en el andén.

Así lucen los cementerios de televisores en donde yacen los restos electrónicos.
Así lucen los cementerios de televisores en donde yacen los restos electrónicos. Luis Felipe de la Hoz

En la carrera 39 con calle 30, en el centro de Barranquilla, a un lado del tráfico de buses, automóviles, carros de mula, carretas y personas, trabajan de 9:00 de la mañana a 6:00 de la tarde estos magos de la electrónica.

Algunos estudiados, otros empíricos, se ganan la vida reparando televisores y dispositivos electrónicos para venderlos nuevamente.

Cada mañana, como los gallos cuando levantan al capataz de la finca, los vendedores en los carros de mula anuncian la llegada de nueva mercancía. Después de recorrer el norte de la ciudad y sus barrios de edificios altos y jardines verdes, llegan al caos metódico del centro como los reyes magos en los primeros días de enero.

Entre $10.000 y $25.000 venden los televisores –o lo que queda de ellos– a los comerciantes de la zona. Cuatro o cinco horas después, luego de cirugías a chip abierto y trasplantes de pantallas y bocinas,  pueden ser vendidos hasta en $120.000, dependiendo el cliente y lo desesperado que esté por llevarse el aparato a su casa.

Los transeúntes del centro se acercan a los negocios a comprar estos aparatos.
Los transeúntes del centro se acercan a los negocios a comprar estos aparatos. Luis Felipe de la Hoz

Taller

Dentro del local, una bodega gris con las paredes de cemento, ‘Copete’ arranca su jornada cuando el reloj marca las 9:00 de la mañana.

Sentado en un banquito viejo, frente a unos cinco o seis televisores, enciende sus herramientas y se pone manos a la obra.

A pesar de las chispas y el calor que desprenden sus instrumentos, su pequeño taller de 5x5 metros se mantiene fresco. Ahí, rodeado de aparatos viejos, está como en su casa, pues ha sido su trabajo desde hace más de 40 años.

Sus manos, arrugadas, se mueven con facilidad entre los procesadores y las tarjetas internas de estos televisores antiguos. Paciente, pero certero, revisa uno a uno los equipos para determinar cómo traerlos de vuelta al mundo de los electrodomésticos vivos.

“Empecé en esto cuando tenía como 14 o 15 años, no recuerdo bien”, dijo Ernesto Rangel, conocido entre sus colegas como ‘Copete’.

“Al día nos traen como 10 televisores, pero acá se ve de todo. A veces somos rápidos y los dejamos listos en unas horas, pero en otros me demoro días si salen muy hueso (risas)”.

Algunos de los equipos, como pacientes viejos, presentan muchos problemas técnicos para volver a ser reparados, servicio que oscila entre los $20.000 y los $25.000 dependiendo del tamaño. En esos casos, cuando los televisores no tienen salvación, son disecados y saqueados para recuperar la inversión.

“Hay equipos más fáciles de arreglar que otros. Unos tienen solución, otros no, dependiendo el estado en que lo compremos. Si no se pueden reparar los abrimos y vendemos las piezas que se puedan, así le sacamos ganancia”, explicó Rangel.

Detrás de un estante de aparatos polvorientos trabaja el compañero de fórmula de ‘Copete’, Alfonso Mendoza. Él, un hombre de más de 50, lleva cerca de 30 años en el negocio, reparando televisores y electrodomésticos para vivir. Los dos, un dúo dinámico de las antenas y los fusibles, se conocen “de toda la vida”, tiempo que le han dedicado a esta tarea.

“A Ernesto lo conozco desde hace muchos años, de toda la vida diría yo. Acá en este negocio hay mejores días que otros. Por ejemplo, hay unos en donde uno arregla cuatro o cinco televisores y los vende. Eso son como $100.000 que nunca caen mal”, dijo.

En este taller de sueños electrónicos solo hay televisores gordos, como si el engordar fuera una cuestión única de los aparatos viejos. Los delgados, pantalla plana lujosos y relucientes no aterrizan en estos rincones de la ciudad, pues “esos no están hechos para estar reparados”, según rezan los reparadores.

Declive

Para ellos, con toda la llegada de las nuevas tecnologías, los aparatos están hechos cada vez para que duren menos y sean reemplazados más rápido. Es por eso que afirman que el negocio podría ser mejor, como lo era hace unos años cuando tenían mejores ventas.

“A comienzos de siglo tenía dos o tres trabajadores, lo recuerdo muy bien”, dijo Ángel María Cañizares, comerciante de repuestos electrónicos en el centro de Barranquilla. Él, electricista de la Electronic School en Estados Unidos, volvió a Colombia luego de sus estudios para dedicarse a este negocio, en el que lleva casi 50 años.

“En un día vendíamos hasta 3 millones de pesos, la gente venía mucho. Hoy, teniendo en cuenta que los aparatos están hechos para ser reemplazados y no reparados, de vaina se venden $200.000. Y eso, como dicen por ahí, bajándonos los pantalones”, dijo.

Su local, ubicado en el segundo piso de un edificio sobre la calle 38, está protegido por rejas blancas y candado. Detrás, organizados en gavetas y estantes, hay todo tipo de pequeños repuestos y dispositivos para televisores y equipos de sonido.

“Yo puedo vender piezas desde $100 hasta $500.000, dependiendo lo que necesite el cliente. Eso sí, ya no reparo, eso lo hacía cuando era joven. Desde que abrí el negocio me dedico solo al comercio, pero ya no se acerca mucha gente por acá”, manifestó.

Los repuestos exhibidos en su negocio son comprados a comerciantes como ‘Copete’ o a proveedores que los traen desde diferentes partes del mundo. A pesar de que Ángel María asegurara que el negocio ya no es igual que antes, los vendedores siguen llevándole mercancía, que se sigue vendiendo, pero en menor cantidad.

“La verdad es que me dedico a esto por costumbre, porque lo he hecho toda la vida”, dijo. “Ya a este negocio no le queda mucho tiempo. Es una lástima, pero aquí seguimos”.

Calculadora en mano, detrás del mostrador, Ángel María despacha a otro de sus clientes. El hombre, que preguntó por un fusible para su televisor, le dio las gracias y se marchó luego de pagar $1.000, una de las ventas que refleja la realidad de su negocio.

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