El debate, por tanto, no debería plantearse como minería versus ambiente, sino como minería formal versus informalidad depredadora. Sin inversión moderna supervisada, el vacío tiende a ser ocupado por la extracción ilegal, que en el caso del oro representa el 85% de la producción nacional, sin pago de impuestos, sin control ambiental efectivo y con vínculos con economías criminales.
Las Sociedades por Acciones Simplificadas sintetizó la constitución de empresas, redujo los costos de transacción y permitió que miles de emprendedores migraran desde la informalidad hacia estructuras modernas de responsabilidad limitada.
Colombia no está condenada a un apagón. Pero sí enfrenta el riesgo de una mala combinación: clima adverso + retrasos estructurales + señales regulatorias confusas. En el sector eléctrico, reaccionar tarde siempre resulta costoso que prevenir a tiempo.
La transición venezolana va a demandar banca, compliance, seguros, telecomunicaciones, educación y salud privada. Colombia puede exportar servicios si resuelve lo básico: conectividad, marco tributario estable y mecanismos de arbitraje y cobro.
Para Colombia, el mensaje es brutalmente honesto: o vuelve a ser un socio estratégico confiable de Estados Unidos, o será tratada como un problema regional más. La diferencia entre ambas opciones no es ideológica. Es institucional.
Colombia necesita sincerar esta conversación. El salario mínimo no puede seguir operando como un “interruptor maestro” que activa cargas ocultas en todo el sistema. La desindexación debe completarse, aunque para esto se requiere la bendición de un congreso que le pagan en múltiplos de salario mínimo.
Hace falta un estatuto pesquero moderno, que incentive la inversión responsable, la modernización de flotas, el repoblamiento marino y las certificaciones que permitan acceder a nichos globales de alto valor.
La modernización exige un nuevo pacto civil-militar. Un país que aspira a crecer, atraer inversión y ampliar su democracia, necesita unas Fuerzas Militares fuertes, disciplinadas y modernas, no debilitadas por la improvisación o la falta de continuidad estratégica.
La reindustrialización no será un milagro; será un diseño. En un mundo que busca producir cerca de sus mercados, Colombia tiene la posibilidad de fabricar el futuro si entiende que su competitividad no está en el subsuelo, sino en su talento humano, su energía limpia y su posición geográfica.
Es necesario pasar de una economía de subsistencia a una economía agroindustrial exportadora, integrando crédito, logística y tecnificación dentro de un nuevo pacto de propiedad rural.