Sociedad

El tapaboca, una prenda para subsistir y vestir

En las calles la gente reconoce la importancia de este accesorio, clave para relacionarnos y cuidarnos en la pandemia. 

Todos ya conocen la norma: hay que llevar el tapabocas por encima de la nariz y quitárselo agarrándolo desde las tiritas. No hay que dejarlo descansar bajo la barbilla, ni manipularlo tocando su parte externa o interna, ni debe quedar holgado. Tampoco hay que bajarlo para hablar o toser. Después de 24 horas hay que desecharlo, si es desechable, y lavarlo, si es lavable.

Antes de que empezara el 2020 casi nadie que no hiciera parte del personal sanitario conocía el uso estricto del tapabocas. Hoy se ha vuelto parte de la rutina diaria para salir y relacionarnos con los otros, además de un elemento que inspira desconfianzas, burlas y señalamientos: por no llevarlo, por llevarlo muy debajo, por usarlo de las mil formas en que se puede usar incorrectamente.

Difícil habituarse a él, pero hoy son más necesarios que la misma ropa interior, y su uso es obligatorio. Al tanto de esto muchas marcas de ropa lo incluyeron en sus colecciones y artistas y artesanos lo han incorporado a sus propuestas creativas.

El tapabocas —que como medida aleccionadora fue usado a comienzos de la pandemia en esculturas de Fernando Botero en Medellín o más recientemente en un Niño Dios de cerámica en México— es la prenda de uso diario que nos proporciona una dosis de calma y prevención ante el peligro y la incertidumbre de los contagios de Covid-19, que hoy golpean al mundo en otra ola de contagios masivos.

EL HERALDO habló con varios transeúntes en los alrededores de la Plaza de la Paz, quienes dieron su punto de vista acerca de la importancia de esta pieza que ya hace parte de nuestra indumentaria.

Cristina Torres dijo que con el Covid-19 naturalmente se ha vuelto común su uso y es “fundamental para todos”. Añadió que le “incomoda usarlo cuando hace mucho calor”, porque “uno suda y es incómodo” pero también “uno se acostumbra a ello”.

Natalia Buitrago considera que le sirve para hacer conjunto con la ropa y además cuidarse. “Es preventivo, además hace complemento con la ropa si lo sabes usar, y creo que cuando uno se va a acostumbrando ya no puede  salir sin tapabocas”, añadió la joven, quien también dijo que a veces le impedía respirar bien cuando camina con prisa y que el calor de Barranquilla “no ayuda mucho”.

Por su parte, Nayith Lezama manifestó que “el tapabocas se ha vuelto indispensable, algo que necesitamos como una prenda de vestir, en este caso para nuestra salud”. El hombre aprovechó para hacer un llamado a las personas para que no dejaran de usar el tapabocas “por el bien de nuestra salud, de la familia y los ancianos”.

Otra encuestada de nombre Xiomara Rodríguez contó que un día había intentado decirle a alguien que no tenía el tapabocas que se lo pusiera, y en respuesta recibió una reacción violenta: “Sólo hizo falta que me pegaran”. Por eso mismo, la mujer considera que el tapabocas es “indispensable” y que ya está “acostumbrada” a tenerlo.

Otro de los colaboradores, Iván Dahil, destacó que el tapabocas ha cambiado la forma de relacionarnos, sobre todo por el distanciamiento, pero creería que “apenas llegue la vacuna y el tapaboca sea retirado, habrá una normalidad y se dejará de usar”. Sin embargo, también dijo que “se ha vuelto una pieza fundamental con la que nos protegemos y protegemos a las demás personas, así que debemos portarla con seguridad y responsabilidad”.

En la calle
Figura de un Niño Dios con tapaboca y careta que se vende en México. EFE
La “bendición” y la “maldición”

Dos sociólogos consultados hablaron sobre la forma en que el tapabocas a afectado nuestro comportamiento. Cabe destacar que ambos coincidieron en que habría que “esperar” más para conocer si esta prenda se quedará con nosotros en un contexto sin pandemia.

El sociólogo Jorge Galindo, analista y coeditor en la plataforma Politikon, asegura que por una parte el tapabocas ha posibilitado las relaciones: “Sin tapabocas, sin haber descubierto con estudios el efecto positivo que tiene en la reducción del contagio cuando se usa bien y es de buena calidad, no podríamos ni siquiera ni vernos. Yo creo que eso es lo primero: que ha posibilitado así sea con distancia”.

También destacó que “es un instrumento relativamente accesible, en el sentido de que no es caro, aunque a algunos les cueste menos económicamente acceder a él. Pero no es un instrumental complejo ni un medicamento muy costoso”.

Por otra parte, Galindo remarca un hecho del que sólo cuenta con hipótesis: “quizá el tapabocas genera un exceso de confianza en ciertas situaciones”, y permite que creamos que es suficiente con llevarlo “así no sea de buena calidad, así no esté bien puesto o estemos en un lugar cerrado durante 5 horas”. En tal sentido, “la bendición del tapabocas es que nos permite relacionarnos hasta la maldición inevitable de que nos da exceso de confianza”.

Para responder a la pregunta de si cree que el tapabocas seguirá usándose en un contexto sin pandemia, cuenta una anécdota: una familiar suya de avanzada edad, con un historial de problemas pulmonares, ha pasado el 2020 con un mejor estado de salud que en otros años. “Nunca había estado tan sana” pues, como lo destacan sus cuidadores y personas que la rodean, todos los que se le acercan tienen tapabocas, que ella no puede usar por problemas de coordinación. “Probablemente”, añade el sociólogo, “la vacuna sustituya el tapabocas en un año o dos, pero creo que nos quedará el hábito de usar el tapabocas cuando estemos alrededor de gente particularmente vulnerable porque estamos viendo los efectos positivos que tiene”.

Por su parte, Jair Vega sostiene que en Barranquilla ha habido una “transformación” en cuanto al uso del tapabocas, que se ha usado “en la mayoría de los sectores”, sin embargo “es un proceso diferencial: hay zonas de la ciudad donde realmente se ha distensionado el tema del virus, se cree que es un problema que ya se superó y muchos no lo utilizan”.

Esta situación, añade, “depende del acceso a la compra de tapabocas, de tener los recursos. Uno encuentra zonas en donde, aunque la gente tenga un tapabocas, es uno viejo, reutilizado, que no se usa de manera adecuada, sino más bien como un convencionalismo, un formalismo, mientras que en otras zonas de la ciudad se hace de forma más consciente y se tiene con más frecuencia la posibilidad de acceder a él”.

El sociólogo y también docente de la Universidad del Norte advierte que para prevenir esto “se requiere mantener sistemáticamente procesos de prevención y promoción”.

“La gente va adoptando costumbres, formas de habituarse al tapabocas. Hay personas que dicen que durante este año no se han enfermado de gripa, comienzan a decir que será necesario seguir usándolo. Otras, que están cansadas y necesitan liberarse de eso”.

Sobre la persistencia de este elemento, dice que habría que “esperar” porque no se puede decir que haya habido una “afectación homogénea”.

“Apenas estuvo el día sin Iva, apenas ha habido aperturas, la gente sale corriendo nuevamente y se han generado nuevos picos. Entonces yo creo que la gente está esperando el momento para quitarse el tapabocas”.

Por esto, Vega considera que “deberíamos comenzar a trabajar y a pensar desde la política pública y desde la comunicación cómo comunicar el uso a futuro del tapabocas, en qué circunstancias deberíamos seguir utilizándolo y por qué es importante que se haga”.

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