El Heraldo
Luis Rodríguez Lezama
Salud

Covid-19, el huésped maldito que llegó por un descuido

Angustia, miedo y depresión fueron algunos de los sentimientos que experimenté tras contagiarme en el actual rebrote.

La covid-19 sigue más presente que nunca en nuestro entorno y cualquier descuido puede ser mortal.

Ir a un centro comercial, un bar, un encuentro con amigos o un almuerzo de trabajo nos pueden convertir en un blanco fácil de alguna de las variantes del temido SARS-CoV-2.

El primer día sentí un leve dolor de garganta, no pensé que fuese nada grave porque no me impedía comer ni hablar. Al día siguiente el malestar no estaba, pensaba que había sido sugestión.

Ver tantas noticias de contagios y muertes me hicieron creer que la mente había hecho su trabajo.

Ese mismo martes por la tarde sentí un fastidio en la nariz, pero como unos minutos antes había salido a un almacén de cadena a comprar pan, café, toallas húmedas, antibacterial, entre otros víveres, creí que se trataba de la fuerte brisa.

Ese mismo día, a eso de las 6:00 de la tarde, empecé a sentir un leve dolor en los ojos cuando los movía. Ahí decidí llamar a mi EPS, conozco mi cuerpo y estaba seguro de que algo no estaba bien.

Paralelo a eso revisé los estados de WhatsApp e Instagram de varios conocidos y en varios encontré mensajes como: “Oren por mí, estoy contagiado”, “cuídense, esto no es un juego”, “perdí el olfato”.

Luis Rodríguez.

A algunos les escribí para preguntarles cómo se sentían y cómo habían empezado sus síntomas, curiosamente todo comenzó como un resfriado, pero con la particularidad de que rápidamente presentaban pérdida del olfato.

El miércoles amanecí con congestión nasal, pero sin fiebre, dolor de garganta o algún otro indicio de que se tratara de covid-19. De igual forma consulté a mi EPS y al hablar de lo que sentía el médico que me atendió me dijo que los síntomas eran los propios de una sinusitis.

Al día siguiente, seguí con la congestión y fui a la oficina a trabajar, no me sentía del todo bien, pero los síntomas estaban mermando un poco luego de estar tomando medicamentos para la sinusitis, eso sí, siempre porté el tapaboca y mantuve distancia física. Incluso llegué a tomar un antialérgico tan fuerte, recomendado por un farmaceuta, que me causó somnolencia estando en mi puesto de trabajo, pero ya el viernes me sentía mucho más aliviado.

El sábado parecía que ya todo estaba resuelto y el domingo pasé todo el día bien. Fue hasta la noche que apareció la pérdida de olfato.

Me percaté cuando fui a comprar un perfume. Una de las asesoras me presentó la fragancia y la aplicó en mi muñeca izquierda, le dije que no sentía el aroma y que por favor me pasara otra, cuando no sentí el olor de inmediato le pedí que se alejara de mí. Ella se asustó, por suerte el contacto no duró más de tres minutos y siempre tuve el tapaboca puesto.

De inmediato fui a mi casa y llamé a la línea de la EPS para pacientes covid-19. Al manifestar que no sentía olores, me agendaron una llamada para el día siguiente que era festivo. Efectivamente, a las 6:15 de la mañana me atendieron vía telefónica y me autorizaron la prueba.

Procedí a ir al punto de atención a hacerme la prueba, frente a mí había cerca de 30 personas, muchas de ellas con síntomas. Llegué al punto a las 9:30 de la mañana.

Luego de una fila de casi cuatro horas por fin me tocó el turno. La encargada de tomar las muestras estaba cansada, eran las 2:15 de la tarde y manifestó que no había almorzado. La gente seguía llegando y el encargado de la logística dijo que la atención sería hasta las 3:00 de la tarde, por lo que algunos en la fila se molestaron. En ese momento la cola iba desde la esquina de la calle 86 hasta la de la 85.

Llegué a casa, entregué un trabajo pendiente y a eso de las 5:30 de la tarde mi temperatura estaba en 37.8 grados, era la primera vez que la fiebre aparecía. Tomé acetaminofén, solo me quedaba esperar el resultado.

Consulté con algunos médicos que me dijeron que lo más seguro era que el resultado arrojara positivo, pero que seguramente en unos días ya estaría bien, pues desde el primer síntoma hasta ese lunes ya llevaba siete días.

Luis Rodríguez

El protocolo de las EPS indica que desde el primer día de síntomas se deben contar 10 días más y la persona deja de ser contagiosa. En el caso de los que manifiestan señales por más días se debe contar tres jornadas sin fiebre, como en mi caso.

Efectivamente, mi prueba fue positiva y el martes volvió la fiebre, esta vez acompañada de una tos tan intensa que me hizo sangrar un poco la garganta. También aparecieron las dolencias en el cuerpo, para mí todo fue extraño porque ya era el octavo día y se suponía que debería estar mejorando.

El miércoles no tenía ganas de hacer nada, no me podía levantar de la cama sin sentir mareo y cansancio, la tos estaba un poco más intensa y la temperatura estaba en 38.6. La EPS llamó y le manifesté mis síntomas y la preocupación porque en vez de mejorar estaba empeorando.

La médica que me atendió ese día me dijo que si los síntomas no mermaban en un lapso de 24 horas debía ir a un centro asistencial de urgencias porque consideraba que el “transcurso” de mi enfermedad no era normal.

Me mandaron varios medicamentos para mermar los síntomas y yo estaba muy preocupado, la incertidumbre se apoderó de mí.

Decidí entonces desconectarme de las noticias sobre covid-19 y aislarme del todo, ya de por sí estaba encerrado en mi cuarto para evitar contagiar a mis familiares, quienes por suerte no se infectaron.

Me puse a ver series y escuchar música tratando de no pensar en que en cualquier momento mi salud iba a empeorar.

El jueves en la madrugada la tos me atacó y la temperatura estaba en 39 grados, no podía levantarme de la cama y pensé que ya no tenía otra opción más que ir a urgencias, pero cuando desperté mi temperatura estaba ya en 36.9, sentía el fastidio en la garganta por la tos, pero el resto de síntomas empezaron a mermar.

No me confié mucho porque ya antes había mostrado mejoría y la enigmática enfermedad me mandó a la cama.

El viernes, sábado y domingo solo sentía cansancio. La fiebre desapareció por completo y la EPS decidió darme de alta para reincorporarme a mis labores diarias.

Todavía persiste algo de tos, siento algo de fatiga al caminar y mi apetito va en aumento. Estoy sufriendo las secuelas que para mí solo estaban presentes en las recomendaciones médicas.

Un descuido mientras empezaba esta tercera ola fue lo que me hizo contagiarme. Tras más de 365 días usando tapaboca, antibacterial y conservando el distanciamiento físico, la llamada fatiga pandémica me hizo bajar la guardia.

Tal vez en un encuentro con unos amigos adquirí el virus cuando me bajé el tapabocas para tomar una bebida de esas que consumen los deportistas para hidratarse.

La experiencia me ratificó que no hay que bajar la guardia, que sin importar la edad el maldito virus podrá ser implacable con el cuerpo que contagie.

Ya dejó de ser la enfermedad extranjera, ahora está entre nosotros y parece que así será por un buen tiempo, porque aunque ya hay vacunas estas no están al alcance de todos y lo que hacen es minimizar los síntomas para evitar ir a una unidad de cuidados intensivos.

El virus es real y está ahí afuera esperando más víctimas.

Datos

La pandemia no da tregua. Según el reporte en línea del Distrito, en Barranquilla hay 6.975 casos activos de covid-19. El último informe del Ministerio de Salud indica que en la ciudad se contagiaron 1.745 personas más y en las últimas 24 horas murieron 28 víctimas. En Colombia, desde el inicio de la crisis sanitaria, se han confirmado 2.437.197 casos, de los cuales 55.547 permanecen activos. El país ha llorado la muerte de 63.932 personas por cuenta del virus y se han recuperado 2.309.356 pacientes.

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