El Heraldo
Víctor Serrano, quien llegó de Montería y se gana la vida como zapatero y agricultor, alimenta las palomas. Eduardo García
Región Caribe

Así es la vida en Tierralta, adonde llegarán las Farc

En este municipio cordobés, donde instalarán uno de los 8 campamentos para concentrar a las Farc cuando se firme el acuerdo final, no quieren repetir la mala experiencia de la desmovilización paramilitar.

EL HERALDO recorrió los municipios en los que se ubicarán las zonas de concentración de las Farc y constató que sus habitantes se debaten entre el optimismo y el miedo.

La esperanza de la paz vuelve a Tierralta

El sol de 12 en vez de calentar se ocultaba entre la serranía de San Jerónimo, tres horas después de que el ministro de defensa, Luis Carlos Villegas, hiciera el anuncio de que en este municipio del alto Sinú, en Córdoba, quedará uno de los campamentos para concentrar a los guerrilleros de las Farc que dejarán sus armas cuando se firme el proceso de paz con el Gobierno.

Un hombre irrumpe en el parque Santiago Canabal para echarle maíz a una bandada de palomas que vuelan alegres alrededor del busto del Libertador. Que la paz llegue a esta localidad, ubicada a 80 kilómetros de Montería, es el sueño que tienen los tierraltences desde hace más de medio siglo, por la guerra de la que han sido víctimas, de manos de las Farc, el EPL, el ELN, los paramilitares y hoy en día de las bandas criminales.

El alimentador de palomas es Víctor Serrano Gutiérrez, quien prefiere que le digan ‘el Piña’, apodo con el que llegó a esta tierra desde Montería hace 45 años, para subsistir con los oficios de zapatero, escultor y pequeñas agricultor, cosechando maíz, ñame y plátano en su parcela de 6 hectáreas cerca de la represa de Urrá.

“Tengo aproximadamente 63 años”, advierte como si lo que menos le preocupara fuera la edad, mientras se deja rodear de las palomas que lo refrescan con su aletear. En este mediodía es el único entretenimiento que tienen las  personas que a esa hora están en el parque, entre ellas unos cuantos indígenas Emberá Katios.

Serrano señala que ha sobrevivido a la guerra en Tierralta porque ha sabido “atender la ley del silencio”. Esta vez vuelve a llenarse de optimismo como lo hizo hace diez años con la desmovilización de los paramilitares, cuyo sitio de concentración fue el corregimiento Santa Fe Ralito también en Tierralta.

 

 

 

“Me siento a gusto con lo que se viene. Me imagino a Tierralta, dentro de poco, como un municipio de mucha tranquilidad, progreso y de mucha comida. El hombre no necesita dinero, necesita paz”, advierte el veterano zapatero.

Una paz de verdad

Jaime Mejía, uno de los vendedores de rifas del pueblo, aporta que “ya era hora que llegara la paz”, pero prefiere, primero, darle gracias a Dios, y después al presidente, Juan Manuel Santos.

“A pesar de que hay algunos que no están convencidos todavía, otros como yo estamos gozosos porque creemos que se dejará de derramar tanta sangre en el país y en nuestra región”, sostiene.

A pocos metros el exboxeador Remberto ‘Barilla’ Pérez escucha mencionar Santa Fe Ralito y levanta la mano para advertir que los tierraltences no quieren esa paz de hace diez años con la desmovilización de los paramilitares, que en su juicio “no sirvió”.

“Después de la entrega de armas de los ‘paracos’ no quedó sino pobreza en este pueblo, por eso queremos que esta paz sí sea verdadera, que los campesinos puedan regresar al campo, a cosechar, que haya tranquilidad en las veredas”, afirma con tono un tanto agitado.

Es la misma percepción que expresa el alcalde de Tierralta, Fabio Otero Avilez, al señalar que tras la desmovilización paramilitar la única ganancia de Santa Fe Ralito ha sido el estigma de un pueblo ‘inundado’ de paramilitares, pero dice que lo que realmente pulula son la pobreza y la incerditumbre.

Concentración en gallo

Así como Santa Fe Ralito salió del anonimato con el experimento de paz con los ‘paras’, empieza a suceder lo mismo con la vereda Gallo, donde, al parecer, ubicarán el campamento con los guerrilleros desmovilizados.

Es una población ubicada a dos horas del perímetro urbano de Tierralta y más de la mitad del viaje hay que hacerlo en chalupa, desde la represa de Urrá. Gallo tiene unas 50 familias, pero más de un centenar de necesidades básicas insatisfechas. No hay vías, no hay colegios dotados y, para colmo de males, la única importancia se la han dado los narcotraficantes, que la han utilizado como corredor para el transporte de coca.

“No queremos que esa zona en el mañana quede como corredor del narcotráfico y que este proceso nos vaya a traer más desplazados, porque el temor todavía inunda hoy las calles de nuestro municipio, por eso queremos que exista transparencia y verdad. Es suficiente con los 60 mil desplazados que tenemos, la mitad de la población, que merecen ya una recompensa después de haber vivido la guerra en todas las formas”, sostiene el alcalde Otero Avilez.

Víctimas de la guerra

Entre esas centenares de historias de sobrevivientes de la guerra está la de Arturo Fabra Jiménez, quien, con su familia de 8 personas más, fue desplazado en 1989 por un reducto de las Farc, de su finca de 35 hectáreas ubicada en el corregimiento Río Verde, a tres horas y media en ‘johnson’, desde el puerto de Frasquillo.

El mensaje para que salieran fue claro: asesinaron a Marcos Helada, el motorista del único ‘johnson’ que viaja a esa boscosa zona donde los Fabra dejaron cultivos, aves de corral, marranos y ganado. También mataron al propietario de la única tienda de abarrotes en la que los campesinos se abastecían de los productos de primera necesidad.

“Si la firma de la paz nos permite y nos garantiza regresar a esa zona, yo lo haría porque es una tierra muy bendita, maravillosa para la cosecha. Lo importante es que el acuerdo entre el Gobierno y las Farc se cumpla, que sea un hecho, así volvería, porque yo no dejé enemigos allá”, expone Fabra, mientras espera una cita en la oficina de víctimas, en la carrera 15 con calles 8 y 9, en el centro de Tierralta.

Desde que dejó su tierra a él le ha tocado dedicarse al negocio de la compra y venta de plátanos para sostener a sus cinco hijos.

En similar condición de desplazamiento, desde la vereda Baltazar, en mayo del 2001, se declaró el experimentado campesino Manuel Francisco Salgado, de sombrero vueltiao deteriorado y manos ásperas que corroboran su dedicación al trabajo de labriego.

“Cuando la guerrilla empezó a matar a los vecinos, salimos atemorizados y solo con la ropa que teníamos puesta. No quedaría mal regresar si se consigue la paz, porque la tierra es el único recurso que teníamos”, enfatiza con certeza. Para sobrevivir al desplazamiento de la guerra, él ha transportado agua en carretas para venderla en los barrios del Municipio.

Rastro de las Farc

En Tierralta las Farc ha hecho presencia con los frentes 18, 36, 5 y 58. Los dos últimos han estado al mando de Joverman Sánchez Arroyave, alias ‘Manteco’, contra quien la Fuerza de Tarea Conjunta Nudo del Paramillo (creada en abril de 2009 para combatir al bloque Noroccidental) desarrolló operaciones de combate tras su búsqueda, pero no fue posible.

Una de las acciones más sangrientas de esa guerrilla en Tierralta ocurrió en el barrio Escolar, en 1989, cuando asesinaron a 8 personas en una misma casa, entre ellos varios niños. Sin embargo, Sergio Correa, quien fue el sepulturero del pueblo durante 40 años, asegura que el camposanto Jardín de Paz San José hay cerca de un centenar de muertos que ha dejado la guerra en el Municipio.

Uno de los asesinatos selectivos, al parecer cometido por las Farc, fue el del comerciante Cesar Muñoz, el 13 de agosto de 2012, en su tienda del corregimiento el Loro.

Gente pujante

Johnny Gutiérrez, vicepresidente de la fundación Sinupaz, advierte que al margen de la historia de guerra que ha vivido Tierralta, la localidad ha querido salir adelante a través de actividades diversas que ejercen sus habitantes, entre ellas la agricultura y el comercio de todo tipo.

En las calles de la población hay almacenes de ropa, calzado, discotecas, bares, hoteles, lavaderos de vehículos, talleres de mecánica, almacenes de motocicletas, restaurantes, panaderías y muchas formas de rebusque.

“Además de esa historia que se conoce, sobresalimos porque somos un Municipio muy agropecuario, de cuyo sector devengan su sustento la mayoría de los habitantes, incluso, hay un renglón fuerte en la economía que aporta el plátano, la yuca, la papaya y el cacao, que abastecen los mercados no solo de Córdoba, sino de capitales como Cartagena, Barranquilla y Bogotá”, expresa Gutiérrez.

En nombre de Sinupaz dice que el sentimiento generalizado en la localidad es de “satisfacción con el asomo de paz”, que existe a partir de la firma del acuerdo de cese el fuego.

“Con el desarme se ha llegado a un punto importante en el conflicto, porque la guerra lo que genera es atraso para nuestra gente”, afirma, al tiempo que se muestra confiado con un segundo retorno al campo, como el que ocurrió en poblaciones como Batata, donde el campesinado volvió con el acompañamiento de la seguridad pública.

“Están dadas las condiciones para que en Tierralta se reciba con la mejor intención a los desmovilizados de esta guerrilla”, acota.

Ese mismo concepto expresa la presidenta del Concejo Municipal, Nora De la Vega González, quien considera que a los tierraltences “nos llena de esperanza que el Municipio haya sido escogido como zona de campamento”.

“Eso debe traducirse en inversión social, en progreso. Es la hora de que Tierralta reciba del Gobierno Nacional lo que tanto ha esperado: convertirse en una pequeña ciudad”, dice la cabildante.

Insiste también en que la experiencia con la desmovilización de los paramilitares no le dejó nada favorable a Tierralta; “solo perjuicios porque lo que quedó fue soledad y atraso”.

Con el mismo sol oculto en la serranía se arrima la tarde a esta localidad del alto Sinú y la soledad del parque empieza a ser remplazada por la alegría de un grupo de niños que asisten al programa de vacaciones recreativas que organiza la gestora social, Karen González Pérez.

Mientras tanto por la Carrera 15 se ve pedalear a Víctor Serrano, después de echarles una segunda porción de maíz a las palomas que en el ocaso siguen volando alegres. En Tierralta, la mayoría esperan con esperanza que se firma la paz para comenzar a construir la paz.

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