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La ley del Montes | Decálogo antivirus

¿Qué debemos hacer todos para ganarle la batalla a la COVID-19, la peor pandemia que ha azotado al país?

1. Solos no podemos vencer al coronavirus

El coronavirus ha causado la muerte de 500.000 personas en el mundo y el número de contagiados se acerca a los 10.000.000. En Colombia los contagiados superaron los 84.000 y los fallecidos ya son más de 3.000. El departamento del Atlántico ya superó los 20.000 contagiados, mientras Barranquilla registra 11.505 casos positivos y el fallecimiento de cerca de 500 personas. Es decir, estamos en presencia de un enemigo letal que no puede enfrentarse solo con voluntad y buenas intenciones. Mucho menos solos. Para vencer al coronavirus se requiere el trabajo en equipo. Debe conformarse cuanto antes un comité interdisciplinario de muy alto nivel, integrado por científicos de las más altas calidades, que nos permitan romper la burbuja de la que no hemos podido salir. Es necesario ver modelos de ciudades que pese a vivir momentos muy críticos lograron vencer al coronavirus, como ocurrió con Guayaquil, Ecuador. ¿Cómo lo logró? ¿Qué podemos aplicar nosotros de lo que allá funcionó? La soberbia no es buena consejera en estos casos. Tenemos que oír otras voces, mucho más calificadas y expertas en un asunto delicado y complejo del que muy poco se sabe. Hay que exigirle al Gobierno nacional que también asuma su responsabilidad y deje de estigmatizar a una ciudad que lucha con muy pocos recursos por ganar esta batalla.

2. Debemos ponernos en los zapatos de los demás

Una cosa es pasar una cuarentena de cien días en una casa confortable, con todas las comodidades y con un salario garantizado, y otra muy distinta es tener que padecerla en un rancho o cambuche, al lado de ocho personas, entre adultos mayores y un buen número de menores. Una cosa es pasar la cuarentena en una temperatura agradable y un clima cálido y otra tener que sufrirla a 40 grados a la sombra. Las decisiones que se tomen sobre el coronavirus en el país deben tener en cuenta estas dos realidades. Una persona cuyo único ingreso es la venta del producido del día tiene como prioridad su supervivencia y la de su familia. Esa es su realidad. Ella vive del día a día. Por eso es muy importante que los gobiernos municipales y departamentales les garanticen a esas personas una asistencia alimentaria para que puedan permanecer en sus casas y no salgan a exponer sus vidas y las de sus familiares. Es lo mínimo. ¿Cómo se les puede exigir que cumplan la cuarentena si se están muriendo de hambre? ¿O los mata el coronavirus o los mata el hambre? Punto. El suministro de mercados para esas personas es indispensable. No podemos exigirle “disciplina social” a quienes no solo hemos mantenido siempre excluidos de la sociedad, sino que ahora les exigimos un comportamiento para el que nunca los preparamos.

3. Toda fiesta puede esperar

Una cosa es salir a la calle a rebuscarse para no morirse de hambre y otra muy distinta es salir a parrandear con los amigos. Mientras los primeros exponen su vida porque no tienen ninguna otra opción –porque ni siquiera los mercados alimenticios les llegan– los segundos lo hacen porque son irresponsables. En Barranquilla hemos visto fiestas de 15 años en las calles, partidos de fútbol en barrios, entierros masivos y parrandas en sectores exclusivos. Fiestas sociales sin el cumplimiento de los mínimos protocolos de bioseguridad solo pueden ser calificadas como una soberana estolidez. Igual sucede con los eventos deportivos masivos en los barrios de las distintas ciudades del país, incluyendo Barranquilla. Esa indisciplina social por supuesto que termina por traducirse en más contagiados y más muertos.

4. El tapabocas más costoso vale menos que una vida

El cumplimiento de los protocolos de bioseguridad es la mejor “vacuna” contra el coronavirus. El uso del tapabocas salva vidas y evita futuros contagios. El lavado de las manos con jabón y el uso del alcohol antiséptico minimizan el riesgo del contagio. Mantener una distancia prudente de los interlocutores también contribuye a evitar el riesgo de ser contagiados. Al no haber vacuna contra la COVID-19, el mejor remedio es cumplir con los protocolos de bioseguridad. Ese es –por ahora, mientras descubren la vacuna– el mejor remedio. Negarse a usar tapabocas es asumir una conducta temeraria e irresponsable que podría comprometer la vida propia y la de los demás. Nadie es inmune al virus, que se ha encargado de demostrar con víctimas que a la hora de atacar no hace ningún tipo de distinción.

5. La soberbia de algunos gobernantes también mata

En las actuales circunstancias las peores consejeras de los gobernantes son la prepotencia y la soberbia, que lo digan Donald Trump y Jair Bolsonaro, cuyos países –Estados Unidos y Brasil– lucen el deshonroso honor de ser los que registran el mayor número de contagiados y de fallecidos. Está visto que pocos saben a ciencia cierta todo lo relacionado con el coronavirus. Los epidemiólogos también están aprendiendo sobre el comportamiento del virus. Todos estamos aprendiendo sobre la marcha. Hasta la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) se ha mostrado dubitativa a la hora de marcar derroteros o definir políticas de sanidad para los distintos países. El gobernante inteligente reconoce sus errores con humildad. La testarudez solo conduce al fracaso. Los errores se corrigen y los aciertos se divulgan con humildad.

6. La ley es para todos

Nadie está por encima de la Ley, mucho más si estamos hablando del coronavirus, que ataca sin tener en cuenta estratos o condiciones sociales. En Colombia estamos acostumbrados a pasarnos la Ley por la faja, pero resulta que en esta oportunidad si no cumplimos con los mandatos de los gobernantes, como el respeto a la ley seca y el toque de queda, entonces estamos comprometiendo no sólo nuestras propias vidas, sino la de miles de habitantes de la ciudad o del Departamento. Violar la ley seca o el toque de queda es contribuir a agravar la situación. Por esa misma razón los castigos que deben imponerse a quienes así se comporten deben ser ejemplarizantes y aquellos que sean reiterativos deberán asumir las consecuencias de sus actos irresponsables. En el caso de Barranquilla estamos viendo con dolor y profunda tristeza las consecuencias de no haber asumido desde un comienzo un comportamiento responsable con la COVID-19.

7. Nadie hará por ti, si tú no lo quieres hacer

Los primeros interesados en salvar nuestras vidas y las de nuestros seres queridos debemos ser nosotros mismos. “Papá gobierno” no lo va a hacer. Nadie puede preocuparse más por nuestra salud que nosotros mismos. La salvación de nuestras vidas y la de nuestros seres queridos depende del comportamiento responsable que asumamos frente al coronavirus. “Papá gobierno” no puede obligarte a que uses el tapabocas y te laves con suficiente jabón. Depende de ti y de nadie más. Descargar responsabilidades en los gobiernos nacional, departamental o distrital es negarse a reconocer una realidad incontrovertible: tu salud y tu vida dependen de ti y de nadie más. Pero, además, de tus cuidados y tus precauciones depende la vida de miles de personas, muchas de las cuales han asumido un comportamiento responsable.

8. Educación y salud deben ser la prioridad

Si algo nos está enseñando el coronavirus con su presencia letal entre nosotros es que una comunidad que no cuente con grandes fortalezas en materia educativa y de salud corre el riesgo de ser avasallada. Educar a las personas es mucho más que llevarlas a un salón de clases para que adquieran conocimientos. Es involucrarlas en los procesos formativos como partícipes directos del destino de sus ciudades con todo lo que ello implica en sentido de pertenencia y empoderamiento social y político. Formar ciudadanos también es responsabilidad de los gobernantes. Para ello es importante definir procesos incluyentes y formativos que involucren a todos los ciudadanos. Son las personas -como protagonistas pensantes y activos- quienes tendrán que definir su propio futuro. Pero para ello primero se requiere involucrarlos en todos los procesos y dinámicas de las ciudades, no sólo las electorales. Y en lo que tiene que ver con la salud, resulta increíble que mueran personas por la insuficiencia de la capacidad instalada. Es evidente que en lo que tiene que ver con el coronavirus, la demanda superó la oferta. Ello no deja de ser preocupante, pues se supone que lo más fuerte aún no ha llegado a Barranquilla y el Atlántico.

9. Los recursos públicos son sagrados y más en época de pandemia

Es impresionante la cantidad de denuncias y hallazgos por parte de los organismos de control que involucran a funcionarios públicos con el manejo irregular e ilegal de los recursos destinados para enfrentar el coronavirus. ¡Se están robando la plata que debería servir para asistir a los más vulnerables! Y eso es un crimen. Los recursos públicos son sagrados. Quien se robe un solo peso, que debería derivar para ayudar a los más necesitados, debe ser castigado de manera ejemplar. Los recursos destinados por el Gobierno nacional o por organismos internacionales no pueden prestarse para el enriquecimiento ilícito de funcionarios públicos, como estaría ocurriendo de acuerdo con las denuncias de los organismos de control y de la propia Fiscalía General. Un peso que se roben es un peso que le quitan a quienes en estos momentos necesitan de nuestra asistencia. Tanto la Procuraduría como la Fiscalía y la Contraloría, que han hecho causa común en la lucha contra la corrupción relacionada con el coronavirus, deben emplearse a fondo para mostrar resultados contundentes en el menor tiempo posible.

10. Defendamos a los médicos y empleados del sector salud

Los médicos no son héroes, como tampoco lo son todos los empleados del sector salud. Son simples mortales que están haciendo grandes esfuerzos por salvar muchas vidas en medio de esta pandemia. Al ser “simples mortales” están expuestos todos los días a contraer el virus. La mejor ayuda que podemos prestarles es cumplir con los protocolos de bioseguridad, porque así estamos minimizando el riesgo de contagio y así evitamos que clínicas y hospitales colapsen por el ingreso masivo de pacientes. Su abnegada labor –en medio de grandes carencias en uniformes y equipos– merece el reconocimiento de todos nosotros. Quienes asuman contra ellos comportamientos hostiles, al pretender hacerlos responsables de fallecimientos de pacientes o de ser agentes propagadores del virus, deben recibir una drástica sanción social. Esas manifestaciones de intolerancia deben ser rechazadas y condenadas por la comunidad.

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