El Heraldo

Bancos y desbancos

Trimestre tras trimestre, año tras año, medición tras medición, el sector financiero colombiano sigue reportando pingües ganancias. El último reporte de la Superfinanciera indica que, a enero de 2013, el sistema financiero en su totalidad acumuló utilidades por $6,9 billones, de los cuales $5,20 billones –es decir, el 75% del total– corresponden a los fondos de pensiones, quienes desde hace rato se consolidaron como los principales actores del sector, por tener la chequera más larga. (Ver informe)

El sostenido y constante crecimiento del sector financiero contrasta con la mala situación del resto de sectores económicos (agropecuario e industrial), usualmente los que mayor empleo generan en una economía. Por ello no es coincidencia que dos banqueros colombianos figuren en la exclusivísima lista Forbes de los más ricos del mundo: Luis Carlos Sarmiento (puesto 64 a nivel mundial y 1º de Colombia) y Jaime Gilinsky (puesto 613 en Forbes y 4º de Colombia). Precisamente ya lo decía Sarmiento Angulo sin tapujo alguno, que se había metido al mundo bancario cansado de que, como constructor, el banco se quedara con la mayor parte de la utilidad de su esfuerzo empresarial.

Sarmiento es el segundo hombre del mundo con más fortuna en el grupo financiero, lo que refleja –más que su sagacidad– la debilidad de las instituciones colombianas que le han permitido durante décadas controlar, con audaces movidas y adquisiciones, cerca del 40% del sistema financiero del país. Su emporio es, en la práctica, un oligopolio que impide la competencia.

Naturalmente, no es malo en sí mismo que los bancos ganen dinero (alguien diría que precisamente para eso fueron creados). No se trata de satanizar al sistema financiero, que cumple una importante función económica de asignación de recursos. El problema surge cuando es el único sector que gana o, en su defecto, el que obtiene reiteradamente el pedazo más grande y jugoso de la torta. Y, efectivamente, en el último lustro, la economía colombiana se ha tornado dependiente de unas pocas actividades: la llamada locomotora minero-energética, que ya empieza a dar señales de agotamiento, y la actividad bancaria.

Sin embargo, una elemental lección de economía enseña que si el sector real y productivo no funciona, es cuestión de tiempo para que el sector financiero empiece a decaer. Si no hay quien pida prestado, no existe el incentivo para la circulación del dinero, principio fundamental de la reproducción de la riqueza. En este sentido, es hora ya de que las enormes ganancias que periodo tras periodo arroja el sector financiero se vinculen a los grandes proyectos de infraestructura que requiere el país. La fórmula no es nueva. Fue probada con éxito en Chile y está también siendo aplicada en Perú, países en los cuales los grandes fondos de pensiones y de administración han cofinanciado la construcción de megaproyectos que incluyen autopistas, represas, líneas férreas, e hidroeléctricas, entre otros.

En pocas palabras, se trata de poner el ahorro de los colombianos (que, según la Superfinanciera, ascienden, a enero de este año, a $237 billones) al servicio de todos y no de unos pocos afortunados.

Por Andrés Molina
aamolina5@hotmail.com

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