El Heraldo
Aspecto de las tumbas del cementerio Universal ayer, en la víspera del Día de los Muertos. Christian Mercado.
Barranquilla

Flores, nostalgia y tradiciones perdidas en el Día de los Difuntos

En la conmemoración de esta fecha, el sepulturero del Cementerio Universal afirma que la costumbre de visitar las tumbas se ha perdido. Florista dice que espera vender más hoy.

Sentado en los escalones que conducen a un paredón lleno de lápidas desteñidas, que pertenecen a muertos olvidados, Jairo Enrique Ortiz observa a sus compañeros colocarse el overol de sepultureros.

Él lleva 25 años desempeñando ese oficio en el Cementerio Universal de Barranquilla. Aquí llegó luego de trabajar como mecánico y tras superar el ritual de iniciación que se les aplica a los novatos: barrer el piso y soportar los sonidos de ultratumba creados por sus compañeros para asustar.

Con esas credenciales que exhibe con orgullo, opina sobre el Día de los Difuntos. “La verdad es que la tradición se ha  ido perdiendo”.

Jairo Ortiz se remonta a otra época aun viva en su recuerdo, en que la gente acudía en masa al cementerio. Evoca días en que veía llegar procesiones de gente a celebrar parrandas interminables frente a las tumbas de sus seres queridos, cantando y bailando las canciones favoritas de los difuntos, y bebiendo ron a mares.

Una de las razones que ha llevado a la gente a perder la tradición –dice él–, es la popularización de la cremación y la falta de costumbres.“Algunos abandonan a sus muertos”.

Cuenta que en algunos meses del año, la cantidad de gente que llega a visitar el cementerio es casi proporcional al número de muertos que ingresen. En octubre, por ejemplo –cuenta Ortiz– se sepultaron 120 cadáveres; durante el pasado Carnaval, otros 100, aproximadamente.

Según los administradores del campo santo, cada año son sepultadas allí 1.100 personas, las cuales pasan antes por las manos ásperas de Ortiz o de alguno de sus 11 colegas.

Óscar, Carmen y Jairo De la Hoz Ojeda visitan 2 veces por  semana la tumba de su madre, quien murió hace dos meses.

 

De tanto lidiar con la muerte parece que hubiese perdido su capacidad de asombro. Narra con naturalidad que le ha tocado exhumar cadáveres intactos que se resisten al pudrimiento natural.

Aunque no lo presenció,  cuenta como suyo el episodio de un señor en cuyo ataúd introdujeron los familiares dos gallos vivos, y otro de un francés cuyo cuerpo supuestamente tardó 25 años en descomponerse.

Para él(hace una pausa aclaratoria), parte de la tradición es la descomposición del muerto; que cuando exhumen el cadáver solo encuentren los huesos. “Les echan tanto formol”, dice y se queja, “que uno mira y están completos muchos años después de haber fallecido”.

Unos metros al norte del cementerio, se intensifica el olor de las violetas recientes y de las rosas marchitas. Para conservar el adorno floral que ha colocado en la tumba de su marido, Flor Forero vierte por allí un conservante para flores en una botella con  agua. Su hijo Jareth, de 5 años, intenta arrebatarle la botella de la mano para regar las flores. “Es que él mismo es quien las coloca en la tumba”, dice mientras acaricia al niño con la mirada.

Flor no es del tipo de gente que describe Ortiz. Ella  visita a su esposo dos veces por semana. Esa rutina, que le infunde la seguridad de que su marido no ha muerto, la ha llevado a no volver a su Bucaramanga natal. “Es que yo siento que lo dejo solo si me voy”, dice, y esboza una leve sonrisa.

Cada vez que visita a su marido le trae flores naturales que compra en la entrada del cementerio. En eso invierte entre 20.000 y 30.000 pesos.

Al igual que Flor, quienes también visitan con frecuencia a sus seres queridos sepultados son Óscar, Jairo y Carmen Ojeda; sobre todo Óscar, que desde que murió su madre –el pasado 29 de agosto– solo en 2 fines de semana no ha podido visitarla.

Sentados en torno a la tumba de su progenitora, los tres hermanos traen a la vida a su madre recordando sus virtudes. “Era noble; todos los vecinos la apreciaban”, afirma con orgullo Carmen, luego de acariciar los pétalos de las flores de la lápida como si fuesen las hebras plateadas del cabelllo de su mamá.

Carmen y sus hermanos (7 en total) compran flores naturales  para adornar la lápida de la “vieja querida”. En eso gastan 120.000 pesos. Es de esa forma en que hacen más ligeros sus pesares compartidos. En ciertas ocasiones, los hermanos Ojeda De la Hoz adquieren las flores en algunos de los puntos de venta ubicados en las afueras del cementerio.

Sus proveedores son otros habitantes de este lugar de recuerdos. A gente como Carmen Campo. Como si estuviera susurrando, y con algo de timidez, hay que acercar el oído a su boca para escucharle decir que espera ganarse 3 millones de pesos hoy vendiendo flores.

Con  23 años en el negocio, se aventura a arrojar ese cálculo. Dice que en “días malos” puede obtener ganancias de 50.000 pesos por esas flores que honran la eternidad.

Quizá sea una de esas flores las que adornen las tumbas de los seres queridos de Flor y los hermanos Ojeda, o la del próximo que le toque sepultar a Jorge Enrique Ortiz.

El valor de las flores que se venden a las afueras del cementerio oscila entre los 20.000 y los 60.000 pesos

 

Otros negocios
Las flores no son los únicos productos que se ofrecen en las afueras del Cementerio Universal (fundado hace 147 años).

De los muchos que se pueden distinguir, se encuentran las comidas rápidas y la venta de bebidas refrescantes. También se encuentran unos dos pequeños estancos donde se venden cervezas y se coloca música.

Se pueden hallar, de igual forma, buses de servicio especial y taxis parqueados en la reventada plaza del Parque Universal. Los vendedores y ciertos transeúntes, sin embargo, se quejan de la poca iluminación y del abandono en el que se encuentra el parque.

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