Miguel Ángel Asturias, una voz libertaria

“Miguel Ángel Asturias fue el escritor de Guatemala en su época, igual que García Márquez lo fue de Colombia o Vargas Llosa el de Perú”, así describió el biógrafo Gerald Martin al escritor y Premio Nobel de Literatura de 1967.

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“Miguel Ángel Asturias fue el escritor de Guatemala en su época, igual que García Márquez lo fue de Colombia o Vargas Llosa el de Perú”, así describió el biógrafo Gerald Martin al escritor y Premio Nobel de Literatura de 1967.

*Por: Adolfo Ceballos Vélez.

Recordar a Miguel Ángel Asturias es hablar de la literatura como recurso para reflexionar acerca de la historia trágica de Latinoamérica, caracterizada por las dictaduras, la explotación de los trabajadores y el desprecio por las minorías étnicas.

Nacido en Ciudad de Guatemala el 19 de octubre de 1899 —hace 120 años—, Miguel Ángel Asturias provenía de una acomodada familia de ascendencia española. Sin embargo, como si de una novela se tratara, la vida de este inagotable escritor se caracterizó por el compromiso político y la reivindicación de la riqueza cultural de los nativos guatemaltecos. Como dirá él en numerosas ocasiones: «La literatura latinoamericana, y en especial la novela, tiene un carácter puramente de testimonio, de lucha; de combate». Por lo que su obra fue desconocida para su propio país debido a los vetos y censuras de los sucesivos dictadores —y de la clase dirigente de Guatemala—, quienes veían en su obra una afrenta (y una denuncia) a las prácticas de explotación que imperaban a lo largo del siglo XX.

En su caso particular, la horrenda dictadura de Manuel Estrada Cabrera, que duró entre 1898 y 1920, marcó toda su infancia, adolescencia y posterior juventud; así como la miseria del pueblo indígena de su país, de la cual fue testigo directo cuando debió trasladarse con su familia a la granja de sus abuelos, donde tuvo contacto con los indígenas y mestizos que trabajaban en los campos de manera miserable.

Tras graduarse como médico, viajó a Francia para estudiar Antropología en la Sorbona de París. Estando allí fue influenciado por las corrientes literarias del momento, especialmente el surrealismo, y empezó a bosquejar el que sería su libro más reconocido: El señor presidente, el cual terminó de escribir en 1933, pero que fue publicado solo en 1946 en México y Argentina. Mientras tanto, publicó un compendio de relatos sacados de la tradición maya con el título Leyendas de Guatemala (1930).

Asturias pasó parte de su vida exiliado. Primero, durante su época de estudiante en París. Allí duró diez años, tiempo en el cual desarrolló su admiración por la cultura maya y comenzó a traducir el Popol Vuh al idioma español. Regresó a Guatemala en 1933 para dedicarse al periodismo y a la publicación de algunos sonetos y cuentos. Sin embargo, en 1944, y tras el derrocamiento del dictador de turno, Asturias fue nombrado embajador, y su carrera diplomática le permitió viajar a varios países de Europa y América Latina, afianzando así su compromiso ideológico por la causa indígena: «Yo escribía sin darme cuenta de la verdadera situación de mi país —decía Asturias en una entrevista—. Pero fue durante mis visitas a los campos bananeros que me di cuenta de esta situación. Y de esta visión y de este golpe que sufrí, surgió mi trilogía bananera». Asturias hace referencia a sus obras Viento fuerte (1950), El Papa verde (1954) y Los ojos de los enterrados (1960), que describen la influencia de las compañías estadounidense sobre las plantaciones y el comercio del banano en Centroamérica.

Durante este periodo es reeditado El señor presidente, obra cumbre que le valió notoriedad internacional, pero también el repudio de la dictadura imperante, que despojó a Asturias de su nacionalidad guatemalteca y lo expulsó finalmente del país. El señor presidente hace notoria la presencia de Asturias en las letras latinoamericanas y atrae las miradas hacia Guatemala, un país pequeño y marginal del que poco se conocía. Caso similar ocurre con Hombres de maíz (1949), en el que Asturias despliega su madurez literaria al mostrar, mediante seis historias, el conflicto entre los indígenas y su visión ancestral de la tierra y el universo, enfrentados a los intereses económicos de los terratenientes, para quienes la tierra es solo un recurso de explotación con fines de lucro.

Por su parte, El señor presidente es una obra fundamental, pues en ella Miguel Ángel Asturias brinda una descarnada descripción del poder corrupto y totalitario, atomizado en la figura del dictador déspota que es mitificado por la sociedad a la que él mismo subyuga, y por sus subordinados y aduladores. La diferencia radica, por supuesto, en la forma inusitada en que Asturias lo hace, pues utiliza imágenes retóricas, onomatopeyas y todos los recursos lingüísticos para mostrar una realidad tan espantosa que, por su misma crueldad, resulta inverosímil y hasta fantástica. El sufrimiento que genera el dictador —retratado como un personaje sobrenatural— y el protagonista de la obra: Miguel Cara de Ángel, «tan bello y malo como satán», es presentado aquí mediante recursos metafóricos del lenguaje, haciendo este sufrimiento tan palmario y reconocible para el lector, que es afectado, estéticamente, en su sentido más profundo, al sentir en carne viva las desgracias de los personajes que presenta Asturias (la mayoría de ellos identificados por sobrenombres para denotar su personalidad y patetismo). Por lo que, sin proponérselo, y buscando formas estilísticas de retratar el horror, Asturias dará pie a lo que sería denominado más adelante como ‘realismo mágico’. En él, la realidad es descrita a través de medios fantásticos para que sea entendida en su complejidad y dimensión. Dicha técnica permeará los modos narrativos de escritores como Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes o Mario Vargas Llosa.

Así, durante los siguientes ocho años, Asturias vivió exiliado en Buenos Aires y Chile; pero, debido al cambio de gobierno en Argentina, se trasladó nuevamente a Europa.​ Refugiado ahora en Génova, publicó su novela Mulata de tal (1963), consolidando su reputación como autor latinoamericano y recibiendo la admiración mundial.

Posteriormente, en 1966, Asturias regresa a Guatemala, le devuelven la ciudadanía y es nombrado embajador en Francia, cargo que desempeña hasta 1970, cuando decida radicarse definitivamente en ese país. Durante esos años, sus obras son traducidas a diversos idiomas —incluidas Maladrón (1969) y Viernes de dolores (1972)—, y recibe consecutivamente dos distinciones: por un lado, el Premio Lenin de la Paz (1965), de parte de los países del bloque comunista, por su contribución a la lucha de los pueblos indígenas; y por el otro, el Premio Nobel de Literatura (1967) de parte de las naciones occidentales, en reconocimiento a su vida y obra. Fue este un hecho sin precedentes, en el que los bloques geopolíticos dominantes, comunista y capitalista, rindieron homenaje a un mismo escritor.

Con la consagración de su obra, Asturias pasó sus últimos años en Madrid, hasta su muerte el 9 de junio de 1974. Sus restos no yacen en Guatemala sino en París, en el cementerio Père Lachaise; y en su tumba hay una réplica en piedra de la Estela 14 del códice maya de Ceibal. Al respecto, el biógrafo Gerald Martin aseveró: «Miguel Ángel Asturias fue el escritor de Guatemala en su época, igual que García Márquez lo fue de Colombia o Vargas Llosa el de Perú». Actualmente, en Guatemala, se entrega el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias como máximo galardón literario, otorgado anualmente por el Ministerio de Cultura y Deportes de ese país, en homenaje a su escritor más emblemático y una de las figuras representativas de la literatura latinoamericana del siglo XX.

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