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18 Junio 2019 - 00:00

El Germán Samper Gnecco que yo conocí

El reconocido arquitecto barranquillero, curador del libro ‹Ruta Carrerá›, recuerda a uno de los mejores arquitectos en la historia de Colombia. 

Germán Samper Gnecco.

El reconocido arquitecto barranquillero, curador del libro ‹Ruta Carrerá›, recuerda a uno de los mejores arquitectos en la historia de Colombia. 

Para quienes estudiamos arquitectura en la década de los 70, nuestros referentes teóricos eran los grandes maestros de la arquitectura moderna como Le Corbusier, Walter Gropius, Ludwig Mies van der Rohe, Frank Lloyd Wright  y, entre los nacionales, los arquitectos Rogelio Salmona, Obregón & Valenzuela, Fernando Martínez y Germán Samper Gnecco. 

En esa década Germán Samper ya era reconocido nacionalmente por haber diseñado edificios que estaban cambiando el perfil urbano de Bogotá y Medellín. Proyectos de empresas privadas emblemáticas del moderno capitalismo que se abrían paso en la sociedad colombiana, como el Edificio Avianca y el Edificio Coltejer.

Poca o nada sabía yo de sus experimentos, investigaciones, proyectos  y compromisos políticos que tenía con el diseño, construcción y normalización de la vivienda popular. Sólo fue hasta 1992, cuando obtuve el Premio Nacional Corona con la propuesta «Barrio de vida urbana integral de microempresarios» (después de investigar durante 14 años),  que me enteré por boca del director de la Fundación Corona que el jurado Germán Samper Gnecco había sido el más entusiasta promotor de la adjudicación del premio a la idea de proyecto que presenté. 

Luego, el día de la premiación, me preguntó si había estudiado en el exterior, a lo que le respondí que sólo había realizado un taller internacional de un mes en diseño de vivienda progresiva en el PEVAL de Medellín y realizado una investigación sobre vivienda-taller en Barranquilla en 1985.

A continuación me empezó hablar de su experiencia en el barrio La Fragua de Bogotá en 1958, cuando junto con su esposa se empeñaron en sacar adelante un proyecto de autoconstrucción de 100 viviendas, las cuales incluían áreas productivas para el desarrollo de actividades económicas. 

En aquel momento, para un arquitecto de provincia como yo, con todo lo que eso significa de hándicap profesional, me resultó abrumador tener un  conversación tan cercana con quien era considerado uno de los padres de la arquitectura moderna en Colombia. Y más aún que hubiéramos sintonizado tan bien en la dimensión social de la arquitectura. Hubo empatía en el instante. Con él se me tornaba  real la premisa de Walter Gropius, director de la escuela del Bauhaus, cuando afirmaba que «un arquitecto no puede disociarse de las luchas y aspiraciones de aquellos que tratan de encauzar el futuro desarrollo de nuestras ciudades y pueblos por canales más promisorios, y ello demanda que ponga esta responsabilidad por encima de sus demás obligaciones y que de ninguna manera eso disiparía su fuerza artística e interferiría su verdadera tarea: la creación de la belleza». 

Ese ferviente compromiso social y político lo encontré  en Germán Samper. Particularmente me llamó la atención que un arquitecto con prestigio y reconocimiento nacional se dedicara a trabajar un tema tan complejo como lo es la vivienda popular, sin mayores réditos económicos o sociales. Mi admiración y respeto aumentaron por él.

Al año siguiente coincidimos como jurados de un concurso organizado por la Sociedad Colombiana de Arquitectos y patrocinado por la Gobernación del Atlántico (concursos que ya no se convocan). Sin mayores aspavientos y con la sabiduría que dan los años y los estudios, fue designado como presidente del jurado, una posición que no le restaba el respeto que le tenía a la opinión ajena.

En esa ocasión me comentó más coloquialmente que su segundo apellido Gnecco era de origen guajiro, por lo que quería reconocerse con una pizca de costeño. Pero en realidad era un cachaco solemne con un fino humor bogotano. De ese momento lo que más me llamó la atención  y que me hizo aterrizarlo del Olimpo de los dioses fue su mirada pícara  y discreta a las atractivas mujeres del Caribe. En fin, se le reconoce en eso también su buen gusto.

En 1995, en una visita ocasional a Bogotá, le comenté que me interesaba conocer de cerca la Ciudadela Colsubsidio, pues había leído con anterioridad que era una «ciudad dentro de la ciudad» que integraba espacios de recreación, comercio y demás infraestructura necesaria para garantizar calidad de vida. Para mi sorpresa,  me dedicó una mañana completa a recorrer todos los rincones, vías, plazoletas, diagonales, transversales y rotondas que constituyen ese trazado urbano tan particular. Me comentó que esa oportunidad de trabajar a tan gran escala no había sido regalada. Era el fruto de más de 30 años  de investigación en vivienda y hábitat urbano.  Merecida oportunidad y reconocimiento al talento, la persistencia y el compromiso. 

Posteriormente coincidimos en varios congresos de arquitectura y conversando, siempre terminábamos por afirmar que la solución al hábitat popular pasa por considerar en serio y como un reto de diseño urbano la vivienda taller. La tarea de convencer a los gobernantes aún continúa.

En el 2011, cuando el Juez Segundo Administrativo del Circuito de Barranquilla había ordenado al Distrito la demolición del edificio de la Caja Agraria, tras una acción popular liderada por la Asociación Cívica Por Amor a Barranquilla,  y una larga campaña mediática que había logrado convencer de ese despropósito a tres decanos de facultades de Arquitectura y al de Intergremial, en la Sociedad Colombiana de Arquitectos nos planteamos un reto contracorriente y organizamos un concurso nacional de ideas para el tratamiento de conservación urbano arquitectónico de la edificación. Volvimos a coincidir como jurados (él ya había sido jurado en el concurso de diseño de la Caja Agraria en 1960) y durante el proceso de juzgamiento explicaba con variados argumentos históricos la necesidad social de generar «Recintos Urbanos» (su gran tesis) acotando los espacios, conteniendo sus usos y significados, como siempre lo había hecho el Paseo Bolívar. Al final primó la cordura y el estado de derecho conservándose la edificación, aunque todavía es necesario resignificar los espacios contiguos.

Ese mismo año fuimos convocados,  otra vez como jurados, por la Sociedad Colombiana de Arquitectos seccional Bolívar para un concurso de vivienda rural patrocinado por el Fondo Nacional de Calamidades y que buscaba dar respuesta a la emergencia invernal por el fenómeno de La Niña 2010-2011 en Bolívar. Escogimos una solución práctica, prefabricada,  económica, sencilla, sin alardes ni gestos formalistas. Para mi sorpresa, cuatro años más tarde me enteré que se había logrado prefabricar y distribuir 2.500 casas en todo el departamento. Un éxito la selección. 

Tuve la oportunidad de estar en su oficina, de departir juntos con Rogelio Salmona y visitar su casa en Santa Ana de Usaquén, un apacible barrio residencial al nororiente de Bogotá, en un conjunto entre la naturaleza, distanciada de la agitada urbe. Consecuente con sus propias ideas, Germán exploró en su casa  buena parte sus tesis proyectuales: la autoconstrucción, el desarrollo progresivo y la vivienda productiva. 

En el 2014 estuvo por última vez en Barranquilla y me pidió el favor que lo acompañara a tomar fotos de sus proyectos en esta ciudad. Con tristeza vimos el estado de abandono y desidia de la antigua sede de Avianca en la calle 72, donde en los años setenta era famosa su sala de conciertos. Luego captamos unas panorámicas de la sede del Banco de la República, en la esquina de la carrera 45 con la calle 45, proyecto en el que recrea las galerías peatonales cubiertas periféricas, utiliza mármol y piedra blanca para atemperar el clima y, de esta forma, crear una imagen robusta e inexpugnable.

Al maestro y amigo, mi reconocimiento a su talento, compromiso y vocación de servicio. Ahora  en su ausencia, siento que debo asumir el relevo de seguir gestionando programas de vivienda productiva. Una manera imaginativa de proveer soluciones al hábitat popular colombiano.

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