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Bunkwarin dice que su profesión se basa en curar mediante acciones «no lesivas» a su cultura.
Hansel Vásquez
El Dominical

Bunkwarin, el médico wintukwa

Para este profesional, la medicina científica es un «bastón de apoyo» de la medicina tradicional. Según él, enfermedades como cáncer de estómago, desnutrición en los niños e infecciones urinarias, son las que más aquejan a los indígenas de la Sierra.   

Bunkwarin es un hombre imponente. Camina erguido luciendo en sus 175 centímetros de altura la vestimenta arhuaca: una manta tejida en algodón  de color hueso con franjas negras y un pantalón del mismo material. Lleva terciada, en el lado derecho del cuerpo, una mochila tejida de color marrón y sobre su cabeza un gorro o tutusoma, elemento que representa la nieve perpetua del páramo.

El hombre no es un indígena cualquiera. Es un médico general egresado de la Universidad del Magdalena  y especializado en epidemiología, profesión que, según él, lucha muchas veces con los conocimientos de la medicina tradicional de su grupo indígena.

«Tenía que estudiar medicina, mi nombre encierra el significado de ser un conocedor del cuerpo humano y quería saber más desde la ciencia convencional», dice el doctor con los ojos cargados de brillo.

Sus pacientes en la ciudad de Santa Marta lo conocen como Wilman Suárez —su nombre occidental— y asegura que siempre intenta tomar la medicina científica como «bastón de apoyo» a la medicina tradicional que dice conocer a la perfección.

Los pasos de Bunkwarin son lentos, pero firmes. El hombre de 37 años fue invitado para acompañar la misión humanitaria de la Defensoría del Pueblo a la Sierra Nevada de Santa Marta.

El doctor lleva en su espalda un moral grande verde oscuro, de esos que utilizan los montañistas, y en sus manos una bolsa verde transparente repleta de medicamentos, suero antiofídico, antidiarreicos, antihipertensivos, analgésicos, entre otros.

«Sabía que debía estudiar algo que me permitiera indagar más sobre la anatomía humana. Hubo un impulso en mi vida que selló por completo mi compromiso con querer ser médico. Mi mamá tuvo 11 hijos y siete murieron de diferentes enfermedades en la Sierra. Siempre quise entender qué los había llevado a la muerte», confiesa.

A medida que estudió medicina determinó que tres de sus siete hermanos fallecieron por un edema pulmonar asociado con el mal de altura, y «la cura era simple», dice. «Solo tocaba bajarlos a una zona donde no hubiese tanta presión atmosférica y la concentración de oxígeno fuera mayor».

La misión se detiene en un resguardo indígena kogui. Allí el doctor los chequea y revisa su estado de salud. «Esto es preventivo. No queremos que lleguen a un estado donde todo se complique más», dice.

En 2004 el hoy médico bajó de la Sierra a la ciudad para terminar sus estudios de bachillerato e iniciar su carrera universitaria. Bunkwarin en la actualidad está casado y tiene tres hijos: uno de nueve años, otro de cinco y un bebé de nueve meses.

El doctor manifiesta que su profesión se basa en poder curar y sanar mediante acciones «no lesivas a nuestra cultura».

«Para tratar la tuberculosis, por ejemplo, es necesaria la utilización de medicamentos que son muy invasivos y por eso se me hace difícil tratarla. Lo importante en mi carrera es identificar, a tiempo, qué tipo de enfermedades se pueden curar con lo occidental y lo oriental», explica el médico.

Si se llegase a encontrar alguna enfermedad incurable el protocolo a seguir está regido por una serie de pasos. «Se debe consultar la situación de la persona afectada ante los líderes espirituales y familiares quienes definen si se puede llevar al paciente a un centro médico. Los guías son muy fundamentales en todas estas decisiones», enfatiza.

A lo largo de sus 10 años como médico, Wilman ha podido indagar que las enfermedades que más le aquejan a las comunidades indígenas en la Sierra son el cáncer estomacal, la desnutrición en niños menores de cinco años e infecciones del tracto urinario.

Bunkwarin atiende a una mujer en estado de embarazo. Hansel Vásquez

En 2017 el Instituto Nacional de Salud indicó que el hacinamiento, la exposición al humo, las bajas temperaturas y dificultades de acceso a servicios de salud pudieron favorecer la diseminación de enfermedades respiratorias entre los indígenas, que en muchos casos los lleva a la muerte, sobre todo a niños y ancianos.

Con respecto al cáncer de estómago pasa algo específico, según los análisis, la mayoría de estas personas consumen agua donde podría estar presente la bacteria Helicobacter pylori. Otro factor, quizás el más importante,  es que la mayoría de los afectados residen en zonas que fueron fumigadas con glifosato.

«Este último dato lo he expresado a varias personas  intentando buscar una ayuda, pero como el tema de la fumigación es tan polémico, nadie se atreve a ayudarme para realizar un estudio más detallado».

En los grupos indígenas de la Sierra Nevada, la coca  forma parte de la vida cotidiana. «Hay quienes no entienden todavía que esa planta es utilizada por nosotros como una ofrenda y también se usa para ceremonias. No tenemos la culpa de que sea usada con otros fines por otras personas», dice Bunkwarin.

Cada hombre lleva consigo, en sus mochilas terciadas, una rama con hojas de coca, que mastican, según cuentan, para evitar algunas enfermedades. «Cuando dos hombres indígenas  nos encontramos nos regalamos varias hojas de coca como señal de respeto mutuo», explica.

Wilman o Bunkwarin dice que a futuro quiere convertirse en un mamo y obtener el respeto que ese grado jerárquico tiene dentro de los indígenas.

«Todos los días estudio y me preparo. Hasta ahora tengo claro que hay conocimientos que los hombres tienen en diferentes latitudes del planeta. Creo que si los llegamos a combinar el mundo sería mejor».

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