Barranquilla amanece distinta cuando llega el carnaval. No es solo la música que irrumpe desde los barrios ni el picó que se adueña de las esquinas. Lo que vivimos en la Arenosa es una emoción colectiva que se respira, que se hereda y que este 2026 se vive “desde la raíz”. Porque volver al origen no es una consigna sin sentido, es un acto de afirmación identitaria, un abrazo que reconoce a nuestras danzas patrimoniales, a la herencia africana, a los bailes cantados, al tambor que convoca y al hacedor que sostiene esta fiesta única con sus manos.

Bienvenidas las decenas de miles de almas que recorren las calles y colman los eventos, casi un millón de turistas nos visitarán —calculan los organizadores—, para disfrutar de este monumental jolgorio. Déjense contagiar del espíritu alegre del ‘currambero arrebatao’ que se esfuerza por enseñarles a franceses, alemanes, japoneses o gringos los pasos de ‘El Trato’ 2026, mientras los enmaicenan sin piedad, para la plena felicidad de la delegación foránea. Este cipote carnaval, que ha hecho sobrados méritos para ganarse un lugar en la historia, se adentra en sus días claves. Hasta el martes de Joselito, lo mejor está por venir. Aplauso cerrado para la monarquía de las carnestolendas que como un todo ha hecho aportes para engrandecer la fiesta, encajando pieza a pieza, como si se tratara de un engranaje perfecto.

En su centro está Michelle Char Fernández, la diseñadora de 23 años que se ganó el corazón de su pueblo. En la recta final, más que balances protocolarios, sus reflexiones íntimas compartidas por EL HERALDO le dieron un nuevo significado a lo que es encarnar el mayor símbolo del carnaval. Su reinado ha sido un puente entre tradición y presente. Insiste en que no es la misma mujer que comenzó el camino, al punto que su proceso —exigente en lo físico, abrumador en lo emocional— la obligó a fortalecerse por dentro para mantener la sonrisa cuando el cuerpo le reclamaba descanso. Lo de “cucharearse” el momento para vivirlo sin prisa fue su manera de no dejar que el vértigo le robara el sentido a la experiencia.

Michelle entendió que el liderazgo carnavalero no se ejerce desde la distancia o un pedestal. En sus gestos construyó auténtica cercanía con quienes soportan la fiesta el año entero. Su reflexión final no es grandilocuente, sino agradecida. Reconoce el privilegio, el aprendizaje y la responsabilidad de haber sido la voz visible de una celebración que le pertenece a todos.

Desde su ‘Regina Imperatrix’, una de las 18 carrozas que este sábado surcarán el “Río de emociones” en el que se convertirá el Cumbiódromo de la Vía 40, nuestra arteria industrial reinventada durante esta época como la avenida más alegre del planeta, Michelle liderará el recorrido inaugural de la fiesta grande de Curramba la bella. En esa corriente viva de memoria, tradición y creatividad participarán más de 14 mil danzantes, 73 grupos folclóricos y 180 disfraces, además de las carrozas —cada vez más altas y bellas, ahora liberadas de cables y obstáculos—, elaboradas con visión sostenible, reduciendo icopor, reutilizando materiales y demostrando que tradición y responsabilidad ambiental sí pueden desfilar juntas.

El carnaval, metáfora viva de lo que somos, está a punto de revelarnos toda su relevancia. Esta es, sin duda, la mayor puesta en escena cultural y folclórica de Colombia, impulsada por una industria creativa que moviliza talento, empleo, orgullo y sentido de pertenencia. Lo que ahora pasa en Barranquilla confirma que cada peso invertido en cultura, ojalá que cada vez sea en mayor proporción, asegura más cohesión social y proyección internacional.

Por cierto, treinta y cinco años después, la Vía 40 sigue siendo la gran pasarela popular en la que han confluido generaciones y visitantes del mundo. Hoy es un incontenible río humano que desemboca en el Puente de La María, cargado de aplausos, heredad y emoción. En paralelo, la calle 17, otra avenida carnavalera, vibra con el Desfile del Rey Momo, en el que Adolfo Maury y el Congo Grande —en sus 150 años— nos recordarán que el patrimonio es el cimiento que verdaderamente sustenta y garantiza larga vida a la fiesta.